Chicles y clichés

caparros-1MARIO BECEDAS | Los años nos han demostrado que el mundo del fútbol funciona al revés que el del resto de mortales. Un jugador es valioso en su primorosa juventud, mientras que en cualquier otro oficio, la valía ha radicado siempre en estar considerado un experto veterano. Hoy ya ni eso, todos somos carne de calle. El tópico de que un entrenador no se come el turrón parece haber cambiado con la crisis. Ahora los míster aguantan las Campanadas, pero no llegan a la primavera. Es lo que tienen los ERE de una sola persona.

Algo así le ha pasado al bueno de Caparrós. Antes de hacer su aparición la época de sonarse las alergias, la guadaña sujeta por las temblorosas manos de los directivos del balompié nacional ha dejado caer su filo. La cabeza del andaluz ya rueda entre los maletines de los representantes en busca de un buen acomodo. Que pase la pequeña tormenta del desprestigio y a reciclarse. El discurso del pundonor y del tener que apretar no ha valido para poner recta la ensaimada. Flirtear con el descenso ha hecho a la prestigiosa calva del Mallorca, Serra Ferrer, prescindir de un coach eficaz pero con poco glamour para una isla en la que los Duques escriben correos empalmados.

Como es habitual, se han obviado las tramoyas de la función. Hacer un equipo con restos de chatarra y mantenerse en Primera tantos años es un auténtico milagro al que debe rendirse el graderío bermellón. Consecuencia lógica de rellenar un prestigioso álbum de Colecciones Este con los cromos del Bollycao. Algún día tendrás que bajar a Segunda. Riesgo que ha propiciado otro de los hechos prodigiosos de nuestra competición; a saber, la primera destitución de Caparrós en la hasta hace no mucho considerada mejor liga del mundo. El utrerano  que descubrió lo importante que era mascar chicle en los banquillos de la doliente España se ha quedado en el paro.

Hay que agradecer a Canal Plus el que desde los primeros noventa nos hayamos fijado en la trascendencia de la goma de mascar en un encuentro de balompié. Con permiso de Irureta, maestro en el arte de masticar y saber guardar el caucho ya sin sabor, la pequeña golosina ha sido la idiosincrasia del fútbol que más nos ha representado, al margen de la infidelidad que comenzó Aragonés en Viena; el de caspa y peineta, el de recogepelotas perdiendo tiempo, el del ladrillazo al árbitro. Por eso, cuando Lendoiro presentó a Jabo con el Depor, éste se metió en la boca un Boomer que no escupiría hasta que se fue para evitar fusilar en una tapia a Diego Tristán y compañía. En el mientras tanto, el descolorido y elástico retal siempre aparecía y desaparecía de su chubasquero a la espera de que acabase el partido o de terminar de hablar con los inalámbricos. Ni cuando el Centenariazo se lo tragó. Algo que acumulando temporadas, también se aprendió al dedillo Caparrós.

Mucha mandíbula hacía falta, además de huevera para, con Monchi cogido de la mano ir de peregrino y construir un Sevilla campeón cuyos memorables partidos contra Osasuna recordaban a la mejor final de la Super Bowl. Tener de cerrojos a Javi Navarro y Pablo Alfaro era para darle dos vueltas a la llave cuando el balón se arrimaba al área, no siendo que saltasen piernas. Pero ahí estuvo la gracia, descubrir un Alves, un Baptista, un Navas o, qué narices, un Ramos, y meter en Europa a un equipo que hacía no muchas campañas casi había empeñado La Torre del Oro para ver a un cesante Maradona acariciarse la barriga sobre el Pizjuán. A pesar de los buenos mimbres que hicieron a Manolo Jiménez y sucesores pasear copas por el Guadalquivir, el mito se había forjado. Joaquín Caparrós estaba ya encasillado. Un tío amarrategui que mandaba dar caña a los de atrás, no siendo que se les fuera a escapar un gol en contra. Casi mejor que fuera en propia a que lo marcaran los otros.

El cliché acompañó al preparador en sus experiencias ulteriores. Su fiasco en un Riazor que dejó las estrellas de la UE por los tragos de Estrella Galicia para olvidar las penas y abocarse a un seguro descenso hizo recalar al nuevo hombre pegado a un chicle en la ría de Bilbao, donde se produjo el más espectacular bautizo que ha habido en una hinchada. Un sureño de pro conquistó el corazón de los adustos vizcaínos, y sin dejar de jugar con el Bubbaloo en la boca, Caparrós se ganó el cariñoso apelativo de Jokin. Darle algo de aire a un muy deprimido Athletic y convertir a Toquero en un héroe para San Mamés y para todos los que iban contra el Barcelona en esa final de Copa no rompió el cliché. Los equipos del manager de Utrera se suponía que guarreaban igual.

El compromiso, por decirlo así, político, cosa de presis de club y elecciones, conminó al saleroso Jokin a dejar el Golfo de Vizcaya justo cuando le había dado por estudiar periodismo y hacer las maletas a Suiza para fundir chocolate, no para comérselo, como Bárcenas y otros ricos del montón. Que apareciesen pistolas en el vestuario del Neuchatel provocó que esta vez Caparrós sí se tragara el chicle y regresase a España antes de que cayesen las hojas de ese otoño. La vida mallorquina nos le dejará en la memoria alzando una manita muy lisonjera al frente bético en su visita a Heliópolis. Sevillanos por el mundo, dicen.

Y ésta ha sido la historia del míster que en las ruedas de prensa se desesperaba continuamente, hasta en los buenos tiempos. Que nunca cesaba de sonreír sin abandonar esa mirada triste y lánguida, de ojos líquidos que parecen a punto de llorar. El gracejo andaluz allá donde el balón no dejase de correr. En definitiva, el chicle que acabó con el cliché. El mucílago flexible que se estira y estira hasta coger la forma necesaria que demande su equipo y llevarlo de la pechera hasta la victoria. Jugando bien, mal o peor; eso da igual. Las opiniones serán dispares, pero este errante cliché de Caparrós se esfumó hace tiempo, o mejor dicho, fue el propio fútbol quien se lo tragó.

08/02/2013

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