SOS en Gazza

paul_gascoigne

SERGIO MENÉNDEZ | Toca lección de historia. El motivo que nos convoca a este humilde campus virtual del fútbol es la disertación sobre una guerra más o menos reciente. Hablamos de una lucha que, si a estas alturas parecía haber dejado atrás sus más cruentos episodios, ha demostrado en los últimos días encontrarse más viva que nunca. Ese silencio alrededor, que muchos quisimos interpretar como inequívocas muestras de mejoría, la empresa de un camino que había de llevar hacia la consecución de una paz definitiva, no era sino el síntoma de una poderosa latencia. Y ahora, para nuestra sorpresa, una desesperada llamada de socorro vuelve a encender las alarmas de una zona atenazada por un permanente conflicto interior.

Conviene, sin embargo, antes de proseguir con la clase, realizar alguna que otra matización previa. A riesgo de que el desconcierto empiece a cundir en el auditorio, diremos antes de nada que ni israelíes ni palestinos gozan aquí de protagonismo alguno; que la sucesión cronológica de las hostilidades entre ambos contendientes viene dilatándose mucho más de Seis Días. Se trata de una guerra civil, de acuerdo, pero la batalla se libra en este caso lejos de las fronteras de Oriente Próximo, fuera del influjo de Hamás o Al-Fatah. Basta echar un segundo y certero vistazo al asunto de la ponencia para darse cuenta de que la política nada tiene que ver en esta historia. Prueben mañana. Hasta entonces, “Operación Plomo Fundido” o “Flota de la Libertad” son nombres en clave sin apenas significado. El único alias verdaderamente crucial hoy es el de Gazza. Nótese la doble “z”. Paul Gascoigne.

Incluso entre el ruido mediático generado por el exabrupto en forma de salivazo de Amaya sobre Diego Costa pudo oírse el llamamiento que el agente de Gascoigne, Terry Baker, realizaba a la comunidad futbolística en busca de “ayuda inmediata” para salvar a su apoderado de una adicción que podría enterrarlo para siempre. Un idilio con poco de espiritual y mucho de espirituoso, que lo asió de sus partes blandas mucho más fuerte que Vinnie Jones en aquel WimbledonNewcastle de 1988. Y no lo suelta. Abre de vez en cuando la mano a través de tímidos intentos de desintoxicación, pero vuelve a apretar con más intensidad si cabe en ulteriores recaídas que lo han ido degradando por dentro y también por fuera, transformando su fisionomía a golpe de lingotazo. Tony Montana resucitaba por momentos en Gazza, mientras él, como ignorando los efectos suicidas de su etílica servidumbre, vendía cuerpo y alma a un diablo que dirigió su senda tras los pasos de Johnnie Walker. Se abandonó.

La bebida no constituye, pese a su fama, ni la única ni la primera de las inclemencias que han sulfatado las pilas de este juguete roto. Cuando aún se le conocía como Paulie, se vio condenado a sobrellevar el fallecimiento de su padre y un precoz trastorno obsesivo compulsivo, hechos ambos que marcarían a fuego su futura conducta. Urgía hallar para el pequeño un pasatiempo que le permitiera evadirse del cruel día a día. Después de varios flirteos con el mundo del hampa, Gascoigne descubrió esa válvula de aire palpando el balón. Despuntó primero en St James Park, donde la destreza con el balón en los pies, un potente disparo e incontables destellos de técnica hicieron olvidar sus incipientes michelines y frecuentes salidas de tono. Cuatro temporadas vistiendo de urraca y el Tottenham lo encumbraría como en el traspaso más caro de la historia del fútbol inglés, previo desembolso de dos millones de libras. Poco tardaría en hacerlos valer cuajando una brillante participación el Mundial de Italia a las órdenes de Bobby Robson, y sirviendo de inspiración a todo un fenómeno de masas. Eran los años de la Gazzamanía.

Tan alto volaba Gascoigne por entonces, que así de aparatosa resultó la caída. Sucedió precisamente en la final de FA Cup de 1991, frente al Nottingham Forest. Una imprudente entrada del número 8 de los Spurs dejó el ligamento cruzado de su propia rodilla hecho trizas. Y con él, su carrera profesional.  Fue ahí cuando el niño prodigio de la última gran generación de futbolistas patrios empezó a dejar de lado el fútbol y a ahogar en licor las penurias de una vuelta que jamás llegaría a producirse. No, al menos, en las mismas condiciones. Game over. La retirada fue sólo el paso definitivo hacia degradación, con agresiones físicas a miembros de la prensa, la tangana protagonizada junto a Liam Gallagher en un pub de Londres —sofocada literalmente por éste último tras rociar a Gascoigne con un extintor— o las denuncias por malos tratos interpuestas por su mujer e hijos, entre otras muchas y vergonzosas anécdotas.

Lejos queda 1998, Francia y la canción con que Baddiel, Skinner & Lightning Seeds pedían a los suyos la vuelta a casa del trofeo Jules Rimet. Entonces existía ya el ferviente deseo de ver un Gascoigne “as good as before”. Era simple cuestión de tiempo que su imagen pasara a ilustrar la portada de esa lista confeccionada por Rubén Uría y repleta de hombres que, de haberse mantenido dueños de voluntad, pudieron reinar. Maldita seas, valida traidora.

06/02/2013

2 thoughts on “SOS en Gazza

  1. Pingback: Best’s friend | Falso 9

  2. Pingback: Hillsborough, ‘hooligans’ y Thatcher | Falso 9

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s