El hombre que siempre estaba ahí

Foto Jackson Martínez

JULIÁN CARPINTERO | El luminoso del Afonso Henriques casi marcaba las 11 de la noche del pasado sábado cuando Douglas, el humilde portero del no menos modesto Vitoria de Guimarães, recreaba una escena de lo más almodovariana al recoger, por cuarta vez, el balón de su portería y preguntarse amargamente qué había hecho él para merecer aquéllo. El motivo de su desdicha no era otro que la tortura a la que, en forma de goles, le había vuelto a someter un delantero silencioso y despiadado al que había intuido pero al que sólo reconoció cuando leyó su nombre en la camiseta.

Habría que preguntarle a los hermanos Coen si Jackson Martínez tendría hueco en alguna de sus películas. Parece evidente que el delantero del Oporto no se acercaría, ni de lejos, a Billy Bob Thornton en lo que a capacidades interpretativas se refiere; sin embargo, su compleja personalidad podría encajar en el personaje al que dio vida el que fuera marido de Angelina Jolie. Callado, educado y aparentemente inofensivo pero, al mismo tiempo, ambicioso y sin escrúpulos cuando se trata de conseguir lo que cree justo.

Corría el mes de agosto de 2011 cuando Nuno Pinto da Costa, esa suerte de Shylock shakespeariano que preside el club de Do Dragão, se frotaba las manos ante la oferta que entre Jorge Mendes y Miguel Ángel Gil le habían hecho llegar desde Madrid para que su Tigre cazara en los cotos privados de la ribera del Manzanares. 45 parecían muchos millones por un jugador que, si bien había hecho una temporada excepcional, aún tenía que demostrar su nivel en la considerada mejor liga del mundo, de manera que, la sensación general fue que el máximo mandatario del Oporto había vuelto a hacer un negocio redondo obteniendo una rentabilidad que ya quisiera para sí la deuda pública alemana.

No obstante, los cambios de cromos que tan bien le habían salido siempre a Pinto da Costa le sirvieron, un año más, para ser el primero de Portugal en terminar el álbum, aunque con más dificultades que otros años. Así las cosas, y puesto que el tierno Kléber no terminó de convencer ni a los aficionados ni al míster Vitor Pereira, el presidente blanquiazul decidió repetir la fórmula y se marchó a hacer las Américas en busca de otro goleador con denominación de origen colombiana. El elegido fue este ariete con nombre de estrella del pop que, por aquel entonces, jugaba en los Jaguares de Chiapas mexicano y al que Arsenal e Inter habían echado el ojo.

La película de Jackson estaba lista para estrenarse en Europa y, lo cierto, es que sus referencias invitaban a pensar en un taquillazo. A pesar de todo, algunas voces vaticinaron que le podría la presión de tener que coger el testigo de un hombre capaz de hacerle frente a Cristiano Ronaldo y a Messi; pero nada más lejos de la realidad, pues, disciplinado y sutil, Cha Cha Cha contestó donde lo hacen los grandes jugadores: en el campo. O, mejor dicho, en el área. En su primer partido con los dragões, cuando el choque exhalaba su último aliento y la prórroga parecía inevitable, el atacante de ébano conectó un cabezazo con el que otorgaba a su nuevo equipo la Supercopa de Portugal y dejaba al Académica de Coimbra con la miel en los labios. “Veni, vidi, vinci”, que diría Julio César.

Desde entonces, su tránsito por la ciudad de los puentes ha sido un plácido paseo en barca por las aguas del Duero. Jackson no sólo se ganó rápidamente el respeto de compañeros y rivales, sino que también se propuso escribir su nombre en la historia del club portista con la ruptura de una marca que ostentaban ilustres de la talla de Lisandro López, Hulk y el propio Falcao al convertirse en el primer debutante en marcar 11 goles en las 12 primeras jornadas. A los tres meses de haber llegado, Jackshow Martínez —como le apodó el periodista João Ruela— ya había dejado impresos sus pies en el paseo de la fama de la Primeira Liga de Portugal. Ahora bien, su mayor reto está por llegar, ya que en apenas dos semanas el Oporto se medirá al Málaga en los octavos de final de la Champions League, un enfrentamiento que supondrá una verdadera reválida para el ariete colombiano más en forma del momento —lo siento, Radamel, son sólo datos.

Y es que cuando el marcador del estadio de Guimarães, ya inmutable, certifica el 0-4 para el Oporto, el héroe del encuentro le pide el balón al árbitro para que sus compañeros se lo puedan firmar como recuerdo de otra gran noche. Es entonces cuando el pobre Douglas se marcha al vestuario, negando con la cabeza, pensando si podía haber hecho algo más para evitar el hat-trick casi perfecto (le faltó anotar con la zurda) que le hecho en poco más de 45 minutos el delantero silencioso y despiadado, callado y educado, al que había intuido pero no visto. Y eso que él, como Billy, siempre había estado ahí.

05/02/2013

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