La cosmética y el fútbol

Denilson Lopera BetisFIRMA DE MIGUEL ÁNGEL MONTOYA | “El fútbol de antes ya no es lo que era”, dicen con retranca los que han vivido más. Razón no les falta para pensarlo. Los futbolistas se cuidan más, juegan a la velocidad de un avión, las botas son de los colores de los plastidecor y suceden tantas cosas alrededor de un terreno de juego que, a veces, lo importante pasa desapercibido o ni siquiera ocurre.

Hay tertulias y portadas que recrean formatos de otro periodismo. “Fútbol deluxe” donde importan más los escarceos, las intrigas y las declaraciones que el propio juego. El fútbol, como espectáculo ha tenido que crear un star system que parece retroalimentarse de cotilleos, incendios dialécticos y anuncios de las grandes marcas. Como cantaba el grupo Mecano “sombra aquí y sombra allá, maquíllate, maquíllate, un espejo de cristal y mírate y mírate”

Puro marketing y fútbol televisado de lunes a domingo. Venta de camisetas y otros complementos. Los estadios, a medio gas. El negocio y la venta de su producto busca engullir al juego y a su humanismo. Parece, como decía Menotti en una entrevista concedida a El País, que “el fútbol se lo están robando a la gente”.

La globalización ha llegado al deporte rey. Nos imitamos unos a otros, los peinados, las posturas… Todos queremos jugar a lo mismo. Como si sólo existiese una verdad universal. Hay menos calle y más academia. A veces hay miedo a apostar por lo diferente y sólo se cree en el talento que entra por los ojos, jugadores que convencen por su talla, fuerza o postureo.

Por suerte, una vez que la pelota echa a rodar la única verdad se pone en juego. Una cosa es la que nos venden y otra la que vivimos. Como espectadores, las emociones. Como jugadores, la imaginación y el esfuerzo hecho filigranas, asistencias de gol, tiros por la escuadra y algún cruce providencial. La cosmética y el fútbol.

Volviendo a recordar al ‘Flaco’ Menotti, él definía este deporte como tiempo, espacio y engaño. Es lo que le hace diferente y nunca ha cambiado. Se gastarán minutos de radio, frames televisivos y se picarán textos en los periódicos versando sobre la polémica que, al mismo tiempo, el mundo se seguirá deteniendo en las genialidades y, más tarde, se querrán imitar. Quizás ya no en un descampado o en un parque con los abrigos marcando los postes de una portería imaginaria; posiblemente sí en un polideportivo. Ya no sólo los niños, sino que los los adultos perpetúan su infancia jugando al fútbol.

En la pachanga de los jueves, el panadero se viste de blaugrana e imita a Iniesta amasando el balón con la suela de sus botas de color amarillo fosforito. El joven repartidor que trae los refrescos al bar, engominado y peinado como Cristiano Ronaldo, surca la banda como zig-zagea con la furgoneta por la M-30 y sus piernas en cada regate emulan el juego que hace con los pedales entre acelerador y embrague. El  abogado cuarentón se quita el traje y la corbata pero mantiene su elegancia y muestra los dientes vestido como su ídolo Fernando Hierro, con la mítica camiseta blanca de España en el Mundial de USA ’94… Da igual la edad, de qué generación seas: trabajo en equipo, héroes y villanos detrás de un balón.

Mientras, los sábados en cualquier campo donde los niños compitan podemos ver a un pequeño con alma de 10 recibir el balón, levantar la cabeza y ponerse a driblar hasta marcar gol. Otros se dedican a hacer lo más fácil, dársela al mejor colocado, sin egoísmo, de forma espontánea, sin miedo a equivocarse. Siempre hay algún portero al que terminan dando abrazos cuando finaliza el partido. Se viste de forma diferente y juega con las manos, no se da importancia, es decisivo aunque, para sí, piense que ha cumplido con su cometido: dejar la portería a cero.

El fútbol ya no será lo que era pero la pasión persiste. Cada fin de semana el F.C. Barcelona recrea los partidillos en el patio del colegio. Los más dóciles y perspicaces de la clase se pasan la pelota entre ellos hasta que encuentran el hueco para cederle el balón al de más ingenio, al mejor, él, Messi, que cada balón que toca hace una jugada de gol. Otros como Cristano Ronaldo no se detienen hasta sacar matrícula de honor y, después de entrenar con el equipo, da sesiones de apoyo con un preparador físico particular, cada día de 5 de la tarde a 9 de la noche.

Entretanto la grada de Vallecas ruge a los acordes de The Final Countdown, la afición del Rayito se funde en un glorioso abrazo con un montenegrino llamado Delibasic que a 2.700 kilómetros de distancia de su casa es considerado parte del barrio tanto como el grupo de música Ska-P. En el periodismo como en el fútbol siempre quedará algún Falso 9 para el que jugar sea lo más serio, con ganas de contar o cambiar la historia.

Miguel Ángel Montoya es periodista de Perarnau Magazine.

03/02/13

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