Un hippie entre la hierba

bilardo recortado (1)

SERGIO MENÉNDEZ | Hay derrotas que ni la publicidad de Unicef o la seguidilla de colegiados que, desde Obrevo hasta Stark, pasando por Bussaca y de Bleeckere, desfiló por la sala de prensa del Santiago Bernabéu la noche de autos, son capaces de justificar por sí mismas. Es entonces cuando la mayor redundancia jamás alumbrada por este deporte toma carices de postulado, dotándose de una validez absoluta cuyo único parangón reside en las leyes del cálculo que dieron forma a la propiedad conmutativa; la misma que reza aquello de “el orden de los factores no altera el producto” y se sabe tan cierta como el poder del señor Villar en la UEFA. Al menos en lo que a la elucubración de nuestro argumentario frente a la debacle se refiere, multiplicando y multiplicador reducen su número a dos y gozan ambos de una total exactitud.

En definitiva, resulta muy complejo encontrar entre las zonas mixtas de los estadios una retórica que subraye mejor la injusticia que muchas veces salpica el marcador final como la muletilla “fútbol es fútbol” y sucedáneos del tipo “esto es fútbol” o “el fútbol es así”, que si no le andan a la zaga al primero en ingenio y solidez, poco les falta. Si bien en esta ocasión la injusticia nada tenga que ver con un resultado. ¿O quizá sí?

Si existe un motivo por el que Bilardo forma parte de la historia, aparte de por el Mundial conquistado al frente de la selección albiceleste en Mexico ’86 y el subcampeonato logrado cuatro años después en tierras transalpinas, es por su fama de hombre pragmático. En ello tiene que ver la lucha conceptual que, desde principios de la década de los 70 y hasta la actualidad, le viene enfrentando a César Luis Menotti y una forma de entender el oficio de entrenador diametralmente opuesta a la suya, más romántica, donde el camino hacia la victoria parte del juego ofensivo y un buen trato hacia la pelota, no tanto de la contención y el gusto por los triunfos pírricos. De ahí que el llamado Bilardismo quedara injustamente desdibujado a ojos del respetable como una adaptación chusca y mal traída de las enseñanzas de Maquiavelo al balompié, instigadora al empleo de alfileres y las más bajas artes con tal de que nuestro plantel logre imponerse al contrario. Nada más lejos de la realidad, sin embargo, cuando el propio fútbol nos ha dado muestras de que el bonaerense se encuentra más próximo a los hippies que cualquier otro técnico en el mundo. Por encima incluso de El Flaco y esos cursis que le bailan el agua.

Y aunque su papel como cabecilla en el suministro de agua adulterada con somníferos a los jugadores de Brasil durante los octavos de final en Italia ’90 daría como mucho para considerarlo un epígono algo timorato, en la medida en que Bilardo no empleó para ello otras sustancias típicamente hippies como el LSD, existe un episodio que le habría hecho merecedor de un hueco entre John Lennon y Yoko Ono en sus encamadas por la paz. Si no ahí, junto al lema Flower Power, la ropa de cáñamo, los estampados psicodélicos o la Volkswagen Transporter como icono del movimiento.

Ocurrió en las semifinales de la Recopa de Europa de 1995 que disputaban en La Romareda el Real  Zaragoza y el Chelsea. Tras el tercer gol para el cuadro maño, anotado por Juan Eduardo Esnáider, la locura se apoderó de los aficionados del equipo inglés, agrupados en uno de los fondos del estadio. Comenzó una monumental pelea entre las 5.000 personas que allí se encontraban y las fuerzas del orden. Del otro lado de la grada, los hinchas del Zaragoza reaccionaron jaleando a la Policía, al grito de “¡Písalo, písalo!”, popularizado en su versión llana, que no esdrújula —nótese el acento porteño—,  dos años atrás por El Narigón en su primera etapa como entrenador del Sevilla al ver que un miembro de su cuerpo médico corría asistir a un rival en un partido contra el Deportivo de La Coruña. De repente, la calma se hizo en la grada, la Policía dejó de cargar y el partido discurrió sin más sobresaltos. Al día siguiente, los rotativos ingleses daban sentido a la escena: un error de interpretación por parte de la hinchada visitante convirtió lo que pretendía ser una flagrante provocación, el inicio de las hostilidades, en un ejemplo de fair play, una llamada a la cordura y la fraternidad entre aficiones. El “¡Písalo, písalo!” viajó en el aire hasta oídos extranjeros en forma de “¡Peace and love! ¡Peace and love!”.

Quedando plena constancia del (indirecto) protagonismo de Bilardo en la acción, habrá todavía quien arroje dudas sobre la validez de su herencia. Puede ser. Pero en casos como éste, donde la sucesión de los hechos hacía prever una tragedia, lo que más importa, al igual que en su fútbol, es el resultado final. Gracias Bilardo. Supiste hacer honor a tu nombre de pila. Fuiste Salvador.

30/01/2013

7 thoughts on “Un hippie entre la hierba

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