Ligarse a Wesley

Drogba-y-Sneijder-colorJULIÁN CARPINTERO | Fue Antonio Gala quien nos dijo que todo es pasión una vez que se pasa al otro lado del Bósforo. Y lo cierto es que algo tendrá la misteriosa Estambul cuando consigue embaucar con sus encantos a las más bellas y curiosas damas del planeta. Del mismo modo que Ana Belén caía rendida a los pies del exótico Yamam en la película de Vicente Aranda, en las últimas semanas el Galatasaray se ha puesto guapo con la intención de ligar en cualquier fiesta de Europa en la que consiga colarse.

El pasado lunes 21 de enero se produjo un colapso de unas horas en el Aeropuerto Internacional Atatürk. No. Ni los controladores aéreos del país se habían puesto en huelga ni Ryanair había empezado a operar en Turquía. El motivo de que cientos de aficionados del Galatasaray se congregaran en el aeródromo de Estambul con sus camisetas y bufandas amarillas y rojas era el aterrizaje del flamante nuevo fichaje del club: Wesley Sneijder. En una operación relativamente rápida, el club más laureado de Turquía se había hecho con los servicios de un futbolista mediático, con experiencia en torneos importantes y que está llamado a aportar el plus de calidad necesario para volver a ser grande en Europa. Pero lo llamativo del fichaje no es únicamente el nombre, sino lo barato que, a priori, les ha salido el bueno de Wesley, regañado con Moratti y Stramaccioni en el Inter y al que la mano que mece la cuna en esto del fútbol (hablamos del omnipresente Mou, no de Jorge Mendes) había recomendado mirar al este del Mediterráneo.

Justo después de que se enfundara su nueva elástica, el bravo Sneijder —al que las discotecas de la ciudad pueden ir sacando el pase primavera-verano— realizó las típicas declaraciones que suelen hacer los futbolistas con un ojo en el micrófono y otro en la grada que le jalea desde hace cinco minutos: “Tenía otras ofertas, pero si he elegido este club es porque es un grande de Europa y sigue vivo en la Champions League”. Es obvio que durante el vuelo que le llevó desde Milán le dio tiempo a pensar algo con lo que quedar bien delante de sus nuevos jefes, pero la realidad es que, en este sentido, el centrocampista holandés estuvo de lo más atinado. Porque quizá no en las últimas temporadas, pero a principios de siglo el León de Asia era una escuadra temida en todo el oeste del Cáucaso.

Arsenal y Real Madrid, por ejemplo, pueden dar cuenta de ello. En mayo de 2000, el Galatasaray derrotaba en la tanda de penaltis a los gunners en la final de la ya extinta Copa de la UEFA para desgracia de un Nick Hornby al que ya no le quedaban transistores que romper ni páginas que escribir en su febril delirio por Arsène Wenger y su cuadrilla de intelectuales francófonos. De esta forma, el Galatasaray se convertía en el primer equipo turco que ganaba un trofeo continental, un título cimentado en un bloque de futbolistas nacionales (Bülent, Suat, Hakan Sukur, Arif) y del este de Europa (Popescu, Hagi) experimentados dirigidos por Fatih Terim, un técnico con aspecto de mafioso y métodos marciales que dotó al equipo de un carácter extremadamente competitivo.

Como poseedores de la Copa de la UEFA, en agosto de ese mismo año la banda de Terim se plantó en la glamurosa Mónaco para enfrentarse a un Real Madrid campeón de la Champions al que en verano había llegado Florentino Pérez y al que ya le había salido su primer diente galáctico. Pero el ocho veces campeón del continente se volvería de los dominios de Grace Kelly sin la Supercopa de Europa, un trofeo que se le seguía resistiendo, y con Del Bosque al frente del equipo, pues era pronto para que al Ser Superior le chirriara su bigote. El tanto de Raúl fue neutralizado por un doblete —el segundo en la prórroga— del brasileño Mario Jardel, que había llegado desde el Oporto semanas antes. Al amparo del Ali Sami Yen, paradigma del infierno turco, la afición del Galatasaray había vivido dos títulos europeos en cuestión de tres meses inolvidables.

Pero esa generación de futbolistas, que dos años después serían la columna vertebral de la Turquía que alcanzó el tercer puesto en el Mundial de Corea y Japón, estaba dando sus últimas bocanadas. Después del maravilloso inicio de década, la escuadra de Estambul entró en un periodo de regeneración que le llevó a perder peso en su propio país ante Besiktas, Fenerbahçe e, incluso, Bursaspor. Hasta que, a golpe de billetera, ha conseguido volver a rearmarse con jugadores de la talla de Burak Yilmaz, Muslera o el español Albert Riera, con los que se ha colado en octavos de la Champions League.

Sin embargo, la llegada de Sneijder no es sino el penúltimo complemento del traje que Terim y los suyos quieren lucir en el Viejo Continente. Ayer mismo oficializaban el fichaje de Didier Drogba, que, atraído por la mística brisa de los dos continentes (y por los siete millones que va a cobrar por temporada, vamos a decirlo todo), ha firmado por un año y medio cuando parecía que el alto nivel se había terminado para el elefante marfileño. Ahora sólo falta esperar un par de semanas para ver si este equipo con aire de tronista bohemio es capaz de pasarse por la piedra a las señoritas más refinadas de la Champions. Invitando a copas seguro que lo tiene más fácil.

29/01/2013

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