“Apache Gate”

tevez recortado (1)

SERGIO MENÉNDEZ | No deja de ser curioso que unas mismas categorías encajen tan bien al mismo tiempo en el léxico de dos disciplinas que, a priori, nada tienen que ver entre sí, como lo son el fútbol y la fabricación de automóviles. Versatilidad, rapidez, potencia, equilibrio… Son muchos y muy parecidos los estándares de calidad a completar para hacerse un nombre en sus respectivas áreas. Nunca mejor dicho, cuando en lo concerniente al deporte rey hablamos de un delantero. Pero no uno cualquiera, que aquí hasta el más palomero se las da de estrella por empujar de seguido un par de balones a la red. Tan sólo de los merecedores del título que en Maranello han dado en llamar coloquialmente macchina.

Todas esas prestaciones las podemos ver hoy personificadas en arietes de la talla de Rooney, Ibrahimovic, Forlán o Drogba; permanecen frescas en nuestra memoria cuando pensamos en Ronaldo, Weah, Cantona o Van Basten; y constituyen rasgos inherentes a las figuras de Maradona, Pelé y Di Stefano. Nombres que generan vibraciones parecidas a las del motor de un Ferrari aproximándose a nuestra espalda, un escalofrío que ralla el orgasmo. Incluso a algo tan potencialmente humillante como caer de culo sabrían conferirle la majestuosidad de un deportivo derrapando sobre sus ruedas traseras. En realidad la ligazón entre hierba y asfalto ha sido siempre tan evidente y estrecha que hasta El Quinto Beatlede Old Trafford citó a los coches, junto al alcohol y las mujeres, como una las mejores cosas en las que invertir el dinero, en lo que representa una de las lecciones de vida más importantes que jamás se hayan impartido desde el mundo del balompié.

Y es precisamente allí, en la fabril Manchester, donde la semana pasada tuvo lugar el último de los patéticos episodios que, una vez más, han vuelto a salpicar la tortuosa relación que los jugadores residentes en la ciudad mantienen con el volante de sus “utilitarios”. Antiguo militante de las filas que otrora engrosara George Best, en las que recaló en 2007 tras una temporada jugando en el West Ham de Londres, nuestro interfecto decidió un par años más tarde hacer las maletas e irse con sus goles a casa del vecino y eterno rival. Dos ciudades, tres clubes y el honor de superar a Gustavo Poyet como el futbolista sudamericano que más goles ha anotado en la Premier League. Es decir, un total de seis años en los que Carlitos Tévez, también conocido en este caso como El Apache, y al que basándonos en un rústico parecido con Anthony Kiedis podríamos llegar a considerar el eslabón perdido del funk rock, no ha sido capaz de desarrollar la destreza suficiente en la lengua de Shakespeare como para contestar a las cartas que desde las fuerzas del orden —o constabulary, por emplear el término exacto que el propio jugador alegaba no entender— le remitieron en más de una ocasión instándolo a pagar dos multas por exceso de velocidad todavía pendientes. Nada que no se arregle con la retirada del carné de conducir durante seis meses.

Resulta inaudito, sin embargo, lo conseguido por Tévez. Porque puede considerarse hasta cierto punto normal ver a delanteros y bólidos desafiando constantemente las leyes de la ciencia merced a la velocidad de sus virajes, cambios de marcha imposibles y un agarre tal que ni la más furibunda racha de viento o Sergio Ballesteros podría hacerlos volcar. Lo que ya no se antoja corriente es que unos y otros se sirvan entre sí para tirar por tierra uno de los postulados más universales que existen en lo referente al comportamiento humano, el cual viene a decir que “el hombre es un animal de costumbres”.  ¿Cabría pensar, por el contrario, que nos hallamos ante esa excepción que siempre confirma la regla?

Quizá sea la composición del asfalto de Manchester la razón de tanta algarabía. Un alquitrán demasiado fuerte podría aún hoy seguir despertando efluvios parecidos a los que causaron el embotamiento de Cristiano Ronaldo cuando dio con la carrocería de su Fiorano en aquel túnel. Casi parece como si el movimiento Madchester o Pier Nodoyuna, el perro Patán y el resto de Los Autos Locos de Hanna-Barbera hayan traspasado los límites de la música y la ficción, haciendo a las calles rehenes de sus desvaríos.  Sólo así alcanzaría uno a explicarse excentricidades como la del histriónico Mario Balotelli, quien hace poco sorprendió acudiendo a entrenar en un Bentley pintado de camuflaje. Aunque, bien pensado, puede que no se trate del mejor ejemplo. Bien es sabido que a veces la chifladura, como el mechero de un coche, viene de serie.

23/01/2013

5 thoughts on ““Apache Gate”

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