The golden rebel

Michael Owen

JULIÁN CARPINTERO | Cada fin de semana ocurren cosas excepcionales en los estadios del Reino Unido. El pasado sábado se escenificó en las postrimerías del Swansea – Stoke City, uno de esos partidos que pasan por ser anodinos, cuando menos, para cualquiera que pueda vivir sin pintas y fish and chips. Cuando el encuentro agonizaba y los valerosos galeses que bailan al ritmo Michu ya tenían los tres puntos en el zurrón, los potters colorearon un poco el tanteador al colocar el 3-1 definitivo con un gol del denostado Michael Owen, un ángel caído que pelea día a día en los infiernos del olvido para no arrastrar el lastre de haber muerto joven y tener que seguir viviendo.

Un córner que la defensa no acierta a despejar, un centro de Jerome y fin. Un año, dos meses y 25 días sin reencontrarse, una auténtica condena para una pareja que no podía vivir el uno sin el otro, como una q sin su u. Sin embargo, la historia del que fuera apodado Golden Boy en los últimos años tiene más complementos de bisutería que del áureo material, y resulta dramáticamente familiar comprobar la forma en que una ascensión prematura no es sino el prefacio de un destino errante como si de Ulises en busca de Ítaca se tratara. Otro James Dean de tantos…

Igual que el ídolo adolescente de las jovencitas americanas, Michael Owen aprendió a interpretar el fútbol en el Actor’s Studio del balompié. El Liverpool era la academia inglesa más importante de formación de jóvenes valores, por lo que ni siquiera el pasado evertoniano de su padre —ex futbolista toffee— le hizo titubear a la hora de elegir padrinos. Pequeño y descarado, el tradicionalista Roy Evans le fue incluyendo en sus guiones como un prometedor secundario hasta que, junto a su amigo Steven, pasó de ser un actor revelación a un cabeza de cartel en las producciones de Anfield.

Y fue entonces cuando le llegó su particular “Al este del edén”. La película con la que Dean se convertiría en una estrella del celuloide la interpretó Owen en los octavos de final del Mundial de Francia de 1998. Ante Argentina, con todas las connotaciones que ese duelo implica, Michael se puso en la piel de Cal, el joven que lucha contra viento y marea para derribar los tabúes de su pasado, y destrozó a la defensa albiceleste con una exhibición de pegada e inteligencia. Pero como en la película de Elia Kazan, el final fue trágico e Inglaterra se fue a casa en los penaltis; no obstante, su presentación en sociedad hollywoodiense ya estaba hecha.

Su siguiente film tendría mucho de reivindicativo. En 2001, Michael Owen condujo a su Liverpool a ganar la Copa de la UEFA en una final que aún escapa a las razones de la lógica para los más viejos de Mendizorroza. En base a este taquillazo futbolero, el internacional inglés fue premiado con el Balón de Oro, el Oscar que nunca pudo ganar el actor de Indiana por su “Rebelde sin causa”. Y es que un gran sector de aficionados vio a Owen como el Jimmy Stark que había arrebatado a Raúl, de forma injusta, un galardón que al español le correspondía de iure; no obstante, lo realmente inmerecido fue el linchamiento al que se vio sometido el delantero red por haber cuajado el mejor año de su incipiente carrera.

En ese momento lo tenía todo: era querido por The Kop, tenía el reconocimiento de su país, acumulaba premios y todos los grandes le reclamaban para sus superproducciones. De esta manera era cuestión de tiempo que el George Stevens del Paseo de la Castellana le pasara su servilleta intentando convencerle para que viniera al Bernabéu a compartir cartel con un Rock Hudson que hacía ruletas y controles imposibles y una Liz Taylor que no tenía los ojos violeta pero sonreía y posaba como una top model rubia. Le prometieron ser “Gigante”, pero, relegado al ostracismo del banquillo, Michael empezó a sentirse como Dean cuando era un niño, es decir, violado por un tipo con pinta de predicador brasileño que se llamaba Vanderlei. James y Michael empezaban a compartir un trauma que les acompañaría de por vida: un abuso que no habían merecido.

Tuvo que ser en Newcastle donde Owen encontrara su particular Porsche en forma de lesiones que se repetían una y otra vez. Sir Alex Ferguson intentó rescatarle para la causa cuando todo parecía perdido, pero tres años después el que fuera considerado mejor futbolista del mundo se vio sin equipo y sin la esperanza, como James Dean aquella mañana de septiembre, de seguir haciendo lo que más le gustaba. Hasta que Tony Pulis le lanzó un salvavidas en forma de contrato para subirse al Brittania.

Por eso, el hecho de que el sábado saltara al césped en el minuto 85, cuando su equipo no tenía ya ninguna posibilidad de arañar algún punto del Liberty Stadium, y en el descuento conectara un cabezazo que acabó tocando las redes, sólo se puede entender como un acto de rebeldía. Fue un gol intrascendente en el resultado, sí, pero supuso una victoria personal, la posibilidad de recordarle al mundo que un día fue el mejor y que sólo su cruel destino le impidió seguir siéndolo. A fin de cuentas, la película de su vida tiene que seguir y en la de Dean ya salió el the end.

22/01/2013

5 thoughts on “The golden rebel

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