Redención

togo-funeralMARIO BECEDAS | Tres segundos. Sólo tres segundos. Esos instantes en los que todo se vuelve silencioso. La calma que precede a la tormenta, a la tragedia. Hace poco una buena amiga me escribía sobre el vacío, el momento en que todo desaparece alrededor. Hasta el gran estallido. El ruido que devuelve a la realidad. Y después, la conmoción. Tras la ráfaga de disparos, el infierno se detiene. Cristales acribillados, cadáveres sobre el aún humeante piso del autobús, los asientos teñidos de sangre y los primeros gritos de ese dolor que retiene las lágrimas en el esófago. El horror.

Así, en medio de casi 30 minutos de impactos de bala, acabó el sueño de la humilde selección de Togo aquel 8 de enero de 2010. Sólo tres años han transcurrido desde que el autocar con los internacionales del país fuese arrasado por un comando terrorista de Angola, unos locos en pos de Cabinfa, en los preludios de la última predecesora de la otrora Taza de África que comienza su lento andar estos días. La fatal emboscada, efectuada al modo en el que asaetearon a Sonny Corleone, dejó tres muertos, dos miembros de la delegación togolesa y el chófer angoleño, que pasaba el pobre por ahí; amén de siete heridos de diversa consideración, un país roto y un continente más teñido todavía de un rojo que ni con toda la blancura del balón sale. Estadísticas del choque más macabro que un equipo ha podido hasta ahora afrontar.

Transcurrido el forzoso período de confusión, llegó la sórdida letanía que muchas veces intenta colarse por delante de la obligada agonía en estos trances. En aquellas fracciones de tiempo, al veterano y por suerte no maltrecho en la partida Dossevi, delantero de pro, no sé le podía pasar por la pelleja lo revelador de sus palabras a la prensa. “Hemos sido abatidos como perros”. Esto sin saber que el verdadero trato canino vendría después. Un auténtico calvario de humillaciones y contradicciones que desgarrarían muchos corazones fuertes.

La inocente sangre derramada sobre terceros en la frontera entre el Congo y Angola aún no se había secado cuando empezaron disparos quizá más dolorosos. Las hondas horas de desesperación hacen crecer tanto la duda como la incertidumbre en las siempre frágiles cabezas humanas. Qué sencillo es soltar a boca de jarro eso de que la vida sigue una vez que la parca se ha agenciado a alguien y cuán azaroso es predicar con la oración. Que si Romao o el propio Dossevi no se sentían fuertes para jugar. Que si alguien dijo que para honrar a los muertos lo mejor era disputar el torneo y dedicarles un lejano éxito que ni por el horizonte se atisbaba.

Las  torturantes dudas no eran suficiente, la metralla cayó desde más arriba, saliendo de los despachos, proyectiles de traje y corbata. La comprensión de los extraños en el luto ajeno se vuelve acusadora condescendencia para acabar en supino y superior reproche las más de las veces. Resultó que la organización apuntaba a la propia Togo por cometer la temeridad de viajar al torneo en autobús. Cuando el equipo quiso salir al campo a lavar tanto oprobio al calor del césped, fue su propio Gobierno, llamémosle así, el que hizo regresar a la expedición “por su propia seguridad”. El grupo en el que el pequeño país iba a desplegar su diminuto balompié se quedó con 3 miembros como si aquí no hubiera pasado nada. Algunas selecciones protestaron. Dos ídolos de ébano como Sissoko o McCarthy alzaron la voz. Pero nada, un hueco inexistente. Sólo preocupaba que no peligrara el inminente mundial, el nuestro, el de la primera estrella y el primer amor. No hubo venganza ni reivindicación. El vacío otra vez.

Y como el paso entre la tristeza de la muerte y su metamorfosis a esperpento o chanza es tan liviano, la malograda Togo tuvo que tragar otra vez la quinina que su descalza baraka no pudo esquivar. El premio por los dos funerales fue la exclusión del combinado para la Copa de África en las dos ediciones ulteriores. La desazón que tuvo que suponer ponerse bajo el largo brazo de Blatter para ser readmitida no es para contarla aquí, como a la reciente viuda a la que un impoluto banco se dispone a desahuciar.

Una vez conseguida la participación para esta africana terna de 2013 y lejano ya aquel espíritu épico de la gesta que supuso llegar al Mundial de 2006, el de Beckenbauer, sólo que esta vez sin brazo entablillado; Togo tiene ahora la oportunidad de redimirse. El seleccionador, el galo Didier Six, otro caído por la gracia teutona en nuestro trofeo de Naranjito, tendrá que apelar a ese espíritu de aquella noche ochentera en el Pizjuán. Contará con el retorno de Adebayor, que desde el fatídico día, aquel en que la vida le sorprendió ayudando a sus compañeros heridos a alcanzar el hospital, se había prometido a sí mismo descalzarse las botas togolesas.

Es la purga interior que hace posible la expiación del mal. El minúsculo fútbol de los epeviers (gavilanes) tiene pocas opciones, pero sobre el campo está la única forma de arrancarse a volar y expulsar definitivamente a los fantasmas. El camino ha sido largo, extenuante, lleno de espinas. Pero al término de él, al fin, aparecen Amelete y Stan; los primeros que emprendieron sin quererlo o esperarlo este vuelo eterno. Que el balón eche a rodar porque las lágrimas ya salieron. La redención es posible.

18/01/2013

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