‘El increíble Jémez’

increible-jemezMARIO BECEDAS | Arriesgado aunque muy humano es juzgar a nuestros semejantes por su mayor o menor cercanía a la caricatura. Cuántas veces las gráciles expresiones o formas de un rostro nos han hecho encasillar a su portador en una infame y subjetiva categoría. Cuando la diana a la que apunta nuestra mirilla es de público arraigo, la aprobación común del supuesto rasgo dicta sentencia sobre dicho personaje. En el ecosistema propio del fútbol, esto sirve para que desde las tribunas se analice la labor de un entrenador por sus caretos en la rueda de prensa o sus muecas en la banda durante un partido.

La evidencia ha demostrado que esta referencia tan icónica como superficial suele incurrir en el error. Un hombre plano, que no dice y parece que no hace nada, que colocaba a los jugadores buenos como cromos sólo para que no se enfadaran, resulta que gana dos Champions con el Madrid, un Mundial con España y le dan un Balón de Oro que agradece pidiendo limpieza en el mundillo de la pelota. Salvado con Del Bosque este extremo caso del peligro de dejarse llevar por la apariencia externa y gestual, en nuestra siempre coqueta Liga encontramos un caso clamoroso en el que el boceto se sale del papel y cobra vida.

Que cualquiera que vea dos fotos de Paco Jémez firme en el tapete de Vallecas vigilando con sus implacables retinas todos los lances del juego pueda reconocer ahí al tío Malauva no es algo que deba escandalizarnos. Esa efigie áspera, fornida, con cara siempre de pocos amigos, más tiesa que una vara y cuya cabeza acaba en un perfecto y brillante afeitado, nos parece un sargento próximo a explotar. El personaje de Mortadelo y Filemón al que le salen las nubecitas de humo de la testuz. Un jefe al que es mejor no cabrear. La férrea disciplina hecha carne humana.

Y hete aquí que la plancha de Ibáñez se nos hace realidad y trae a un increíble vestiglo que con una carpa de circo remendada ha construido todo un mausoleo del fútbol. A diferencia de Hulk, ‘El increíble Jémez’ no tiene un lado amable y risueño que abandona cuando hace su aparición lo verde. Su terrible expresión cejijunta de pastor enfurecido que empieza a blandir con nervio el bastón no abandona al cincelado míster ni el salón ni en la cocina. Toda una olla a presión a la que queda poco para reventar, esquivando la tarjeta roja a cada levantamiento de extremidad.

Al contrario que Simeone, quien desde su tercer aterrizaje en el Manzanares lucha tenazmente contra su yo interior para no mandar todo y a todos al carajo puntapiés mediante, cosa que han evitado los resultados y un tigre que sólo muerde en el campo, el Sansón del Rayo no esconde su verdadera faz. Si el colchonero quiere transmitir una calma y paz interior lejos de esa rabia que ni el negro de sus camisas esconde, nuestro robusto y descomunal portento no pierde el sueño por demostrar que al contrario que a su homólogo bíblico, con la pérdida del cuero cabelludo  gana vigor.

Quizá intuyendo esta colosal potencia, el humilde equipo que tuvo que decir adiós a su sístole Sandoval y a su ventrículo Michu, se echó en brazos de este Superman que tan espectaculares despejes coleccionó en la Romareda, que de puro milagro no acabaron con los balones de la antaño LFP en el Ebro. Cada 90 minutos se puede el aficionado deleitar contemplado a este maravilloso e iracundo tagarote de mármol vistiendo corbata y americana con coderas a punto de estallar, semejante a un Guardiola saturado de proteína. Como si de un momento a otro, cuando el partido lo necesitara, fuera a rasgarse las vestiduras con su puro músculo y a modo de Clark Kent, pero con algo menos de bisoñez, salir a devastar con fieros rugidos el juego de sus enclenques pupilos.

La pura fibra del buen Jémez ha conseguido que la escuadra vallecana no se descentre y cope puestos europeos, hazaña que se remonta a los tiempos en que el siglo XXI se estrenaba con la abeja de Rumasa clavando el aguijón al siempre casquivano Inter en la terna continental de segunda fila. Por desgracia, no se puede obviar que más difícil que llevar a cabo sus 12 trabajos o separar las columnas del Plus Ultra va a resultar para el Hércules de la Liga mantener el hocico entre los punteros de la tabla.

Pero por el tenue romanticismo que queda en el balompié, esperemos que el hombre con aspecto de puerta de discoteca al que esquivamos nada más ponernos el sello en la muñeca las ebrias noches de viernes siga con sus trazas de Elmer Gruñón, apuntando pero sin llegar a disparar. Las carteleras de Vallecas no quieren dejar de proyectar el taquillazo moral que ‘El increíble Jémez’ les supone cada semana. Que tronando desde el área técnica, su tan descomunal como adusta fuerza continúe espoleando la ilusión de los de la franja roja. No descarten, que en este caso, el trueno haya llegado antes que el Rayo.

11/01/2013

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