El norcoreano que cruzó el paralelo 38

Jong tae se 4ÁLVARO MÉNDEZ | Poco más de un año ha pasado desde que la muerte de Kim Jong-il, ex presidente de Corea del Norte, conmocionase a medio mundo. Y no precisamente por el cariño que desde Occidente se profesaba hacia el sádico dictador. El cortejo fúnebre rápidamente se vio saturado por decenas de miles de ciudadanos que se agolpaban en las calles para dar el último adiós al Querido Líder bajo el solo ritmo de una lacrimógena coreografía imaginable únicamente por el más macabro y trágico de los compositores postrománticos. Una oleada de exagerados llantos, apocalípticos gritos de dolor y desmayos entendibles exclusivamente bajo el prisma de la alienación.

Curiosamente, otra de las imágenes del opaco país asiático que quedará para la posteridad es la del delantero Jong Tae-se en el Mundial 2010. Pocos norcoreanos por aquel entonces podían imaginar que el pilar en torno al cual habían edificado el sentido de sus vidas se vendría abajo un año después, pero el delantero de la Selección dejó frente a las cámaras una exacerbada muestra de su sentimiento nacional. Millones de personas pudieron ver en directo cómo el fornido ariete se echaba a llorar durante la interpretación del himno patrio previa al estreno ante Brasil.

Curiosidades de la vida, Jong Tae-se nunca ha vivido en Corea del Norte. Sin embargo, desde su tierna infancia en las calles de la localidad japonesa de Nagoya, se crió con un especial apego al régimen comunista de ‘su’ nación. De padres norcoreanos confesos, el pequeño Jong creció en el seno de la comunidad zainichi junto a otros compatriotas llegados al país del sol naciente tras las invasiones niponas de la península de Chango y recibió una educación estricta basada en la filosofía juche. Fue entonces cuando interiorizó los fundamentos y valores de lealtad al líder de la Revolución y defensa a ultranza del régimen comunista radical de Pyongyang.

Pero como en Japón la política no lo es todo, las innatas habilidades balompédicas de Jong Tae-se no pasaron desapercibidas para el Kawasaki Frontale, que le fichó para apuntalar su delantera. Sus prolíficas cuatro temporadas en la Primera División nipona en las que anotó 47 tantos y su liderazgo en la Selección norcoreana en el Mundial de Sudáfrica le valieron un pasaporte para Europa.

En el Viejo Continente, la vida cambió sustancialmente. Primero en las filas del Bochum y después en las del Colonia, el delantero fue forjando su imagen de figura mediática. Lejos de la opacidad y el hermetismo orwellianos del régimen que siempre ha defendido, Jong Tae-se adoptó una actitud más propia de la de Cristiano Ronaldo que la de cualquiera de sus paisanos que se dejan la piel en los campos de arroz. Sus peinados a la última, su iPod y su Nintendo siempre en el bolsillo, y su sueño de casarse con una de las Wondergirls —algo así como las Spice Girls coreanas— hicieron que la prensa le llamase ‘el Rooney del pueblo’.

Pero ahora le tocará afrontar uno de los momentos más controvertidos de su carrera. Incluso de su vida. Jong Tae-se ha decidido retornar a Corea. Pero no al norte, la tierra en la que siempre deseó nacer, sino al sur del paralelo 38, esa delgada línea que separa a la masa de lo individual, la opresión de la libertad, la involución del progreso, el comunismo salvaje del capitalismo surcoreano. A lo mejor el hijo pródigo no ha querido ver a su verdadero padre en el pobre que vive en una chabola —pero que le educó y crió— sino en el rico desconocido del lujoso chalet de al lado. En unos días, Jong Tae-se se enfundará la elástica del Suwon Samsung Bluewings para competir en la K-League. El único embajador del régimen norcoreano, convertido en icono del fútbol capitalista de su némesis política.

Atrás quedará la nostalgia juche, las fotografías y las estatuillas de Kim Jong-il y quién sabe si las lágrimas al escuchar el himno nacional. Quizás ahora, cuando viva en Corea del Sur y salga de la burbuja europea del glamour, alguien le contará a Jong Tae-se que su Querido Líder dejó morir a dos millones de hermanos norcoreanos en las terribles hambrunas de los años 90 por preservar la autarquía del régimen, que a causa de ello un tercio de la población sufre raquitismo o que se exterminan opositores y cristianos sin piedad. Quizá ahora se dé cuenta de que no hay razón alguna para adorar a la dictadura más cruel del planeta. Quizás ahora entienda que en política, al igual que en el fútbol, el fin no justifica los medios.

10/1/1013

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