Las voces de Hillsborough

hillsborough recortada

SERGIO MENÉNDEZ | Su bufanda lo delata. Restos de metal desvencijado y una pila de vallas publicitarias perfilan la magnitud del fenómeno. Ni tan siquiera sus lágrimas, líquido y universal elemento que salpica los momentos de gloria y hiel, constituyen en la imagen una pista fiable. Tan socorridas en la derrota, llorar representa también la mejor vía de escape hacia la realidad en medio de ese éxtasis llamado victoria. Y aunque difícil, hay que saber encontrar el remanso de paz donde uno coincide con su yo primigenio, cierra los ojos, se abstrae y espera a que los recuerdos se agolpen en la retina. La inmediata necesidad de expulsar la tensión que toda gran empresa lleva consigo, hará el resto. Sigue, no obstante, sin ser el caso.

La clave reside, como al principio, en el labrado que nuestro protagonista sostiene contra su cara tratando de esconder la tristeza, sin permitir a las gotas del rocío salado que agita su mirada posarse sobre la hierba. Mientras, impotente, se pregunta cómo The Liver Bird, teórico guardián y protector de la ciudad de Liverpool y sus habitantes, mitológica figura que anida en el extremo de su bufanda, pudo haberles abandonado el día que más falta les hizo su ayuda.

Resulta complejo dar con una instantánea que ilustre lo ocurrido horas antes de esa escena sin despertar cierto morbo o incurrir en el sensacionalismo. En ese sentido, y aprovechando lo ilustrativo de la foto, si el once titular elegido por la FIFA como el mejor del año pone de manifiesto una insultante superioridad de la Liga española frente al resto de las competiciones domésticas que se juegan en el planeta, el fútbol inglés, si no los que mayor número de víctimas mortales han desencadenado, protagoniza desde el punto de vista mediático las dos peores tragedias jamás retratadas en las gradas de un estadio. Dos episodios donde la suerte fue especialmente injusta al cebarse con el Liverpool, que tan sólo cuatro años después, sin apenas tiempo de reponerse de Heysel, veía cómo la tragedia se cernía nuevamente sobre el club un 15 de abril de 1989 en que murieron 96 aficionados reds.

Poco se puede decir que no se sepa a estas alturas de lo ocurrido en los prolegómenos del las semifinales de FA Cup que enfrentaban en Sheffield a  Liverpool y Nottingham Forest. Corrían tiempos donde ser hooligan significaba algo tan típicamente inglés como lo habían sido siempre el humor fino, la puntualidad o el mismo fútbol. Era como si ambos representaran la cara y el reverso tenebroso de una misma moneda que siempre caía de canto al lanzarla por los aires, como si ambos estuvieran condenados a entenderse. Un cóctel molotov, al fin y al cabo, que sacudía cualquier partido que se disputara, fuese cual fuese su importancia, Aquella mañana de primavera, sin embargo, estuvo lejos de prender su mecha.

Tal era el miedo de las fuerzas de seguridad a un posible enfrentamiento por parte de ambas hinchadas que decidieron aislar a los aficionados del Liverpool —considerados los más problemáticos del país— en el fondo de Leppings Lane, a todas luces insuficiente para albergar a la ingente marea roja que se extendía a las puertas del estadio de Hillsborough. Si a esa mala gestión del espacio le sumamos las prisas del público por entrar al campo, lo precario de los accesos y un inoperante dispositivo policial, obtenemos una grada convertida en ratonera, miles de aficionados luchando por levantar los brazos para que desde las gradas superiores los liberasen de morir aplastados y un sinfín de escalofriantes testimonios que incluyen camillas improvisadas a partir de la publicidad estática que la gente iba arrancando con sus propias manos para evacuar a los heridos.

Si bien el Informe Taylor concluyó que la culpa fue de las autoridades, lejos de depurar responsabilidades, la Policía trato su justificar su labor alegando que actuaron ante lo que creyeron una caso de violencia hooligan, lo que supuso una excusa perfecta para que Margaret Tatcher emprendiese la ofensiva que tanto tiempo llevaba por entonces rondando su férrea cabeza: acabar con el fútbol en Inglaterra.

Menos mal que la reapertura del caso Hillsborough llevada a cabo por el también conservador David Cameron el pasado mes de octubre, demuestra la utilidad de iniciativas ciudadanas como la Hillsborough Justice Campaign o la más reciente He Ain’t Heavy, He’s My Brother, la versión del tema de The Hoolies que Paul McCartney y Robbie Williams (entre otros) grabaron a finales 2012 para remover conciencias durante la Navidad y recaudar unos fondos que serán destinados a la causa de las 96 víctimas de Hillsborough y sus familias. Celebremos pues que el deporte supo encontrar a través de la música la forma de hacer del oportunismo algo constructivo. Aplaudamos, en definitiva, que por fin se vaya a hacer justicia.

09/01/2012

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