Un buen castigo

Olympiacos

JULIÁN CARPINTERO | El pasado domingo el Olympiacos ganaba por 3-0 al modesto Veria en el partido de la jornada 16 de la SuperLiga griega. El triunfo que, sin morderse las uñas ni un poquito, vieron los espectadores que acudieron al Georgios Karaiskakis estuvo acompañado de los inevitables chascarrillos con los que, con sorna, los rojiblancos se mofan semana tras semana de su vecino y eterno rival, el Panathinaikos, un equipo antaño temido pero que hoy camina haciendo eses por la imperial Atenas ebrio ante su falta de identidad y de rumbo.

Es una obviedad afirmar que Grecia es el país que más está sufriendo las consecuencias de la pandemia de la crisis en Europa. La sociedad que vio nacer a la democracia ve cómo la suya propia se tambalea por culpa de políticas que confundirían al propio Pericles y que, en más de una ocasión, han estado a punto de recrear las Guerras del Peloponeso con manifestantes y antidisturbios como contemporáneos soldados. Las exigencias que la troika europeísta ha impuesto sobre el país heleno ha mermado el bienestar de un pueblo que ha visto cómo en cuestión de un par de años iba retrocediendo en el tiempo al tener que prescindir de los servicios más básicos.

Porque, puestos a tirar de tópicos, en pocos países el fútbol se vive con tanta pasión como en la Península de los Balcanes y sus islas. El homo futbolístico griego está dispuesto a vivir sin una educación de calidad, sin la certeza de que recibirá una pensión cuando se jubile y hasta sin una sanidad de garantías. Pero no sin fútbol. Así, el balompié heleno, que se hizo un adosado en el Olimpo con su increíble triunfo en la Eurocopa de 2004, ahora vive en un diminuto apartamento en el Tártaro por culpa de sus precarios medios e infraestructuras.

A pesar de haberse clasificado para los tres últimos grandes torneos, la Ethniki —selección nacional— ha sido eliminada en la fase de grupos y se encuentra sumida en un relevo generacional poco esperanzador. La SuperLiga es incapaz de enganchar al espectador foráneo y, cada vez más, le cuesta fidelizar al autóctono, que empieza a mirar a los pabellones de baloncesto. Sin estrellas de relumbrón por la falta de recursos económicos, el Olympiacos es la única escuadra griega que sigue viva en las competiciones europeas, después de no haber sido capaz de llegar a los octavos de final de la Champions League. Y por si todo este panorama no fuera lo suficientemente negro, a la Grecia futbolística le han arrebatado el derbi de los eternos enemigos, el punto culminante de un show al que la audiencia penaliza y ya no se emite en prime time.

Hasta hace unos meses, el Estadio Olímpico ateniense y el Georgios Karaiskakis acogían uno de los partidos más calientes de todo el planeta. Panathinaikos y Olympiacos, enemigos irreconciliables, ofrecían un espectáculo de lucha y pasión —muchas veces llevado al extremo por los radicales— en el que las bengalas y los tifos eran la guinda final de ese ambiente que siempre ha tenido el apelativo de infierno griego. Sin embargo, nada queda ya de esa rivalidad entre verdiblancos y franjirrojos, iconizados respectivamente como la clase alta de Atenas y los trabajadores obreros del puerto de El Pireo, pues las deudas del Pana han provocado la fuga de sus mejores jugadores (Ninis, Gilberto Silva, Djibril Cissé) y la humillación de solicitar a la Federación y a las televisiones jugar sus partidos en horario diurno ante la imposibilidad de hacer frente a las facturas de la luz de su propio campo.

El equipo que, entrenado por Férenc Puskas, fue capaz de llegar a la final de la Copa de Europa de 1970 frente al Ajax de Cruyff no es hoy más que un viejo monumento propio de la Acrópolis que lucha por mantener en pie los escombros que aún no se han venido abajo. Apenas superado el ecuador de la competición, los de El Pireo ya tienen 22 puntos más que los capitalinos y 8 más que su inmediato perseguidor, el PAOK de Salónica, por lo que parece inevitable que los de Leonardo Jardim ganen su tercer campeonato de forma consecutiva.

No obstante, ganar sin pelear no sabe tan bien. En mayo, si Olympiacos finalmente acaba ganando la SuperLiga, tendrá la misma sensación que Fito y los Fitipaldis, antes de que todas sus canciones sonaran igual, cuando decían aquello de “tú no eres sin mí, yo solo soy contigo”: sin su némesis —y leitmotiv al mismo tiempo— faltará algo. Pese a todo, extrayendo la esencia de la canción, podrán pensar que cuidar de las estrellas puede ser un buen castigo.

08/01/2013

6 thoughts on “Un buen castigo

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