Virtuosismo y nostalgia

Virtuosismo y nostalgiaJULIÁN CARPINTERO | Intentaré decirlo sin dilaciones: el fútbol que nos ha tocado vivir es infinitamente peor que el que se jugaba hace cinco o seis décadas. Probablemente, y después de esta entrada mamporrera, todo aquel que lea estas líneas pensará que el autor de las mismas peca de presuntuoso y osado, pues con 24 otoños recién cumplidos no ha podido disfrutar, por razones biológicas, de esa época que pretende elogiar. Y sí, seguramente me falte perspectiva y me sobre nostalgia respecto a algo que no he vivido, pero la imprescindible lectura de Galeano supuso cambiar la referencia de mi acotada memoria para buscar sentirme cómodo en el aleph del que hablaba Borges.

Normalmente no hablo en primera persona pero, sin que sirva de precedente y sin la pretensión de llegar a la Línea de fondo de Mario Becedas, me siento en deuda con las personas que se atrevieron a implantar la idea que tanto me ha hecho disfrutar, ya sea desde YouTube o en las narraciones de cualquier libro. Hablo del atrevimiento y el talento; de las botas negras, el balón de cuero y las camisolas con cordones; de la obligación moral de buscar siempre un gol más; de actitudes que hoy serían inviables.

Actualmente tildaríamos de loco a cualquier entrenador que sacara al campo a un repóker de atacantes en su once inicial. Y, aunque dudo mucho que a algún míster le haya rondado por la cabeza tal pensamiento, lo cierto es que no podría hacerlo. ¿Por qué? Porque los futbolistas ya no tienen el talento innato necesario como para asumir esos planteamientos —salvo que se llamen Andrés o Lionel, por ejemplo—. El deporte rey es tal porque se ha democratizado, lo que ha permitido que los que somos unos tuercebotas también podamos sentirnos importantes en nuestro equipo de amigos sin la necesidad de gambetear como Garrincha o golpear una naranja como si fuese un balón de playa.

Si bien es cierto que la historia solo recuerda a los que ganan, la realidad nos dice que muchos de los equipos que se convirtieron en leyenda por sus triunfos tocaron el cielo con cinco artistas en la vanguardia. Y lo que es más plausible, aquellas delanteras siguen intactas en la memoria colectiva, que las recuerda de carrerilla. Seguramente Carlos Peucelle no parió la idea, pero la Máquina de River fue uno de los primeros equipos en apostar por el concepto, en los lejanos 40, con Muñoz, Moreno, Pedernera, Labruna y Loustau. De corrido. Y eso que no llegaron a coincidir con Di Stefano, que puede considerarse un epígono del perfecto engranaje millonario.

No obstante, la Saeta Rubia no se quedó con las ganas de tener a cuatro maravillosos compinches, a los que Miguel Muñoz unió en Chamartín y con los que puso Europa a sus pies a finales de los 50. De corrido también es como se debe recitar la delantera del mejor Real Madrid de la historia: Di Stefano, Gento, Kopa, Rial y Puskas. Porque, aunque no hubiera voces altisonantes en la orquesta de don Bernabéu, especialmente importante resulta la figura del húngaro. Pancho, como le apodamos en España, venía de jugar con los Magiares Mágicos, aquella escuadra que ganó un oro olímpico, que le hizo un set a Inglaterra en el santuario de Wembley, que estuvo a punto de ser campeón del mundo en 1954 y que en Budapest está representada por cinco figuras: Puskas, Albert, Hidegkuti, Czibor y Kocsis.

Pero no se piensen que solo del Real Madrid vivía España, pues equipos como el legendario Athletic también apostaban todo al cinco. En un San Mamés que será derruido el próximo verano aún resuena la voz de Matías Prats recitando con los ojos cerrados a Zarra, Panizo, Gainza, Iriondo y Venancio. Y en la ciudad condal a Serrat no le quedó más remedio que dedicar una canción a Basora, César, Kubala, Moreno y Manchón, las cinco efigies que con sus goles dieron a luz a la leyenda del Barça de las cinco Copas. Pero la Virgen del Pilar y el Ebro también saben de quintetos. Canario, Santos, Marcelino, Villa y Lapetra, apodados los Cinco Magníficos, llevaron a los blanquillos a jugar cuatro finales de Copa y a ganar dos de ellas en los 60.

Incomparable resulta el Brasil del 70 que moldearon al alimón Saldanha y Zagallo y que jugaba con cinco genios como Pelé, Gerson, Tostão, Rivelino y Jairzinho, probablemente la mejor selección de todos los tiempos, que se coronó eterna en el Azteca de México. Igual que eterna es y será la Naranja Mecánica de Rinus Michels, que, a pesar de no ser capaz de ganar a los alemanes —siempre Alemania— en 1974,  ha pasado a la historia por su organización desorganizada y el legado y la influencia que Keizer, Neeskens, Rensenbrink, Rep y Cruyff han dejado grabada en el balón.

Sin embargo, y lejos de lo que pensaban los estudiantes de mayo del 68, debajo de los adoquines no estaba la playa, de manera que después de esos años de esperanza la imaginación fue vista como un acto de rebeldía e indisciplina que perjudicaba al grupo. La táctica y el físico ganaban la batalla a la habilidad y la improvisación. El agrio doble pivote, como un valido que envenena la mente de un rey que chochea, convencía al mismo para desterrar a los siempre joviales extremos.

Por desgracia, cuando pase el tiempo no podremos recitar de memoria delanteras como las que aquí se han citado, con cinco hombres en línea como si fueran piezas de un futbolín. Nos tendremos que conformar con hablar de éste o aquél jugador, o de tal o cual pareja, en el mejor de los casos. Sea como fuere, no es más que otra forma de adaptación a los tiempos, supongo. Pese a todo, lo siento si me pongo nostálgico…

02/01/2013

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