La sangre y el gol de Siria

Siria copa asiaÁLVARO MÉNDEZ | El 17 de diciembre de 2010 un joven llamado Mohamed Bouazizi comenzó a escribir una nueva página de la historia al prenderse fuego frente a la delegación del Gobierno en la pequeña localidad tunecina de Sidi Boucid. Él, un humilde ingeniero informático en paro, tan sólo pretendía ayudar a su familia con un negocio de lo más modesto: la venta ambulante de frutas y verduras. Pero no podía más. La situación económica del país asfixiaba su futuro y el régimen autoritario de Ben Ali reprimía sus ansias de libertad. Su repentina y heroica inmolación rápidamente prendió en una sociedad que, como se dice en el argot contemporáneo, había soportado al dictador por encima de sus posibilidades.

Todo el norte de África se vio sacudido por las revueltas. La Primavera Árabe brotó con fuerza en los pueblos de Túnez, Egipto y Libia que, con más o menos derramamiento de sangre, lograron derrocar a sus deidades paganas de barro. Otras naciones del Magreb se vieron inmersas en conflictos internos similares que acabaron contagiándose incluso al otro lado del Canal de Suez. Siria, que llevaba décadas anclada en un régimen dictatorial caduco representado por la familia Al Asad, se vio infectada por el virus revolucionario del norte de África y las calles se llenaron de ciudadanos que pedían el fin del absolutismo y el comienzo de una nueva era.

El resto, trágicamente, lo conocemos de sobra gracias a las imágenes teñidas de rojo que nos llegan a través de las portadas y los telediarios internacionales. Matanzas indiscriminadas en nombre de Al Asad contra multitudinarias manifestaciones pacíficas en ocasiones salpicadas por actos terroristas radicales. El último ejemplo, la sangrienta jornada de ayer en Raqqa en la que una veintena de ciudadanos perdieron la vida tras un bombardeo de la aviación militar. Así, lo que se gestó como una sucesión de pequeñas protestas pacíficas acabó transformándose en una cruenta contienda bélica entre el ejército leal al Gobierno y la oposición armada que se ha cobrado la vida de 45.000 personas.

Pero, el balón, como ha hecho tantas veces a lo largo de la historia, echó a rodar la semana pasada para anestesiar —en el sentido menos peyorativo de la palabra— a todos aquellos que sufren las consecuencias de una guerra civil en lo más profundo de sus vidas. El pasado 19 de diciembre, cinco días antes del 2012 aniversario del nacimiento del profeta Issa, la selección de Siria se impuso a Irak en la final de la Copa de Asia Occidental. Un tanto de Ahmad Saleh en el minuto 73 llevó la euforia a los hogares —pocos, eso sí— que pudieron permitirse el lujo de disfrutar del partido sin el sonido de las alarmas y los bombardeos.

Sin embargo, nunca llueve a gusto de todos. Y menos aún cuando el país entero se desangra a causa de que algunos se atrincheran en el poder. Aunque la oposición siria ha manifestado en reiteradas ocasiones que la victoria de la Selección ha sido el triunfo de todos, el bando leal a la dictadura no ha dudado en apuntarse el tanto. Quién sabe si fruto únicamente de la casualidad, sólo los aficionados sirios partidarios de Al Asad han podido acceder a los distintos estadios de Kuwait, país anfitrión del torneo. De hecho, durante la eliminatoria de cuartos de final entre Jordania y Siria, un aficionado sirio saltó al terreno de juego portando la bandera de la oposición, acto que mereció una sonora pitada por parte de los aficionados pro-régimen, que dieron rienda suelta a su fidelidad al statu quo mostrando numerosos retratos de Al Asad. Y es que la tensión ha sido la nota característica del campeonato. El odio, como máxima expresión de la irracionalidad humana, ha hecho que la guerra civil siria se haya manifestado en las calles de Kuwait en forma de agrios altercados fratricidas entre aficionados sirios anti-régimen y los partidarios de Al Asad.

Pocos son capaces de aventurarse a adivinar qué futuro les espera a los distintos países protagonistas de la Primavera Árabe. En la mayoría de ellos, las flores que una vez brotaron en busca de la libertad se han ido marchitando a causa del frío del nuevo Invierno Islamista que parece estar congelando la región con los dejes autoritarios de los nuevos gobiernos musulmanes. En Siria todo indica que la guerra continuará, amenazando el futuro de tantos niños que sueñan con ser Ahmad Saleh y llevar a su país, de nuevo, a lo más alto. Pero, esta vez, sin la banda sonora de los cañones de fondo, sin un Gobierno que se atribuya el triunfo, sin un dictador que secuestre la ilusión. Sólo el gol, las botas y la Copa. Nada más.

27/12/2012

3 thoughts on “La sangre y el gol de Siria

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  3. La primavera árabe va a mutar en otoño con caída de hojas y de valores y de conquistas ciudadanas en aquellos países. El fútbol como citas en tu artículo es una muestra del grado de descomposición de poder de la dictadura laica del Baas sirio. La guerra civil es una realidad aunque hagamos caso omiso.

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