Ave, César

lendoiro900x300MARIO BECEDAS | Por seguro que el buen Gibbon se levantaría de su ancha tumba tronando y maldiciendo si descubre que aquí un servidor de ustedes se vale de la siempre vasta y fértil historia del Imperio Romano para hablar de un barco que ha encallado frente a la Torre de Hércules, pero que no es aquel armatoste oxidado que se vendió por una moneda de esas que representaban a la mejor compañera que pudo haber en cualquier tiempo pasado, la peseta.  La Coruña vive estos días apostada en la carretera de entrada a la ciudad con las manos en el delantal suspirando con pavor por la llegada de ‘la concursal’, un ente abstracto que hace recordar escenas de ‘Bienvenido Mister Marshall’, pero con el humor ya navegando mar adentro.

De facto se puede considerar a César Augusto el primer emperador de verdad que tuvo la prolífica Roma. Un tío con tantos cojones que convirtió un villorrio en Imperio sin mamar las ubres de ninguna loba, que al menos fuera estatua. Poco se podía imaginar el hombre al que otorgaron el mes más caluroso del año que un par de milenios después, calendario arriba calendario abajo, un más rollizo que fornido patrón de Corcubión le iba a hacer la competencia en nombre y proyección. Con el sustantivo a la inversa y un toque ibérico de por medio en el mismo, Augusto Joaquín César Lendoiro cogió por allá cuando los ochenta se suicidaban las riendas de un pequeño histórico para salvarlo de unas garras que pensó que nunca volvería a presenciar.

En este caso, el primer estandarte romano que portó el amo gallego fue el stik de hockey. Un Liceo que iba a ser la niña bonita de Europa patinaba al son de los éxitos mientras su vecino futbolístico se despeñaba ya por las piedras de Muxía. El emperador de traje y corbata fue impelido a salvar la situación, empresa que en un principio se negó a afrontar. Pero cuando el sillón senatorial del Depor pedía un trasero nuevo que lo calentase con tremebunda inquietud, nuestro protagonista hizo su requiebro de prohombre latino y sacándose el SPQR de los calzones y otro poco del colchón, se hizo con una brava y parcheada legión con la que llegó a conquistar la península y si le dejan el cacho más cotizado del vetusto continente.

Buscando en lejanas provincias, un Brasil por descubrir, a lo mejor por las semejanzas entre gallego y portugués, el nuevo César se puso el morrión de conquistador y se trajo a lo más puro de la región amazónica para sus batallas próximas. Con un Bebeto, un Mauro Silva o un Donato embutidos en unas faldas y sandalias romanas, Lendoiro emprendió con poco dispendio su firme calzada hacia el éxito. Valerosos hombres como el sempiterno once de la casa, de toda la vida, Fran, inmortal con su puro a cada celebración, fueron los artífices de gestas imposibles de olvidar. Los comienzos no fueron fáciles o difíciles, simplemente sucedieron, o si se prefiere, se dejan en un lacónico “depende”. La cosa es que recibiendo sólo 18 goles en contra en toda una señora Liga, Cruyff le ganó la mano a los soldados de Riazor porque uno de los coroneles, el que ahora cura la pulmonía en Valladolid, falló un penalti de futbolín. Djukic se hizo famoso.

Este trágico acontecimiento cayó como un diente de leche para dejar paso a unas muelas más fuertes que harto más duramente iban a morder.  Y es que el camino hacia la victoria no está exento de avatares, por lo que un gran estratega militar tiene que echar mano a todo para vencer. Por eso, si eminentes nombres como Napoleón proveían a sus ejércitos de todas las coimas que precisaran para no dejar ningún detalle en olvido, Lendoiro le confió la preciada bola de cristal a un brujo, de Arteixo concretamente, que perdió sus poderes al verse de blanco tiempo después. El siguiente hito en el banquillo coruñés tras Arsenio Iglesias sería todo un profesor, un metodista, un filósofo, un hombre al que el chubasquero de Joma suponía una prolongación del traje, Jabo Irureta. La llegada del que fuera rojiblanco en todas sus vertientes con esa semblanza de maestro de la II República hizo que, desde su espiritual e inamovible habitación del María Pita, la entrada al siglo XXI fuera un espectáculo pirotécnico de luz y color con unos petardazos que hacían temblar a toda Europa y con fichas adquiridas en el mercado secundario.

Los chicos de Feiraco y luego de Fadesa, con permiso del desliz con Dreamcast, ganaron su primera Liga llevados en volandas por las supersticiones y el chicle de 38 jornadas de Irureta. Conseguido el logro, lo demás vino solo. Que si unas veces Makaay, que si otras Tristán, quizá Luque o por qué no Fran, siempre con el baile de Valerón detrás y el hormigón de Mauro Silva en guardia, los sucesores del primer Rivaldo y del portento de ébano Songo’o empezaron a ganar como si nada en bastiones como Old Trafford o San Siro. La cena del Centenariazo que se marcaron los deportivistas a costa de la salud de Di Stéfano en el Asador Donostiarra fue la prueba evidente de que el Super Depor ya rozaba el Ultra Depor. Molina aplaudía acordándose de las jornadas de algarabía de Djalminha y sin saber que Birindelli les iba a empezar a despertar con un buen trabucazo. Recibir ocho goles en el Principado de Mónaco por culpa de un tío que se llamaba Dado estaba claro que no era sólo un capricho del azar.

Y como se expresa en un inolvidable fotograma de ‘La vida de los otros’, llegó la hora de las amargas verdades. La remontada frente al Milan con esos 4 goles que hicieron blanquiazules a todos, mientras Kaká se sacaba el rosario, para luego acabar defenestrados por el de siempre, el portugués de Concha Espina, el tocayo según celuloide Cerezo del presidente del Celta; fue el principio del fin. Las disensiones con Irureta propiciaron una situación límite que Agusto César no pudo sujetar. Sus agónicas negociaciones que comenzaban en la cena y terminaban en el vermouth del día siguiente tras una bohemia madrugada eran tiempos lejanos. Los saldos ya no funcionaron y la fragata bajó a Segunda, donde le esperaba su Caín o su Abel, como prefieran, celeste.

El regreso a la élite no ha podido ser más duro. Siendo colista, es recurrente pensar que la pax que se ha disfrutado durante el Imperio se ha ido al garete por la crisis. Qué cosa tan rara. Que los hombres de negro estén echando anclas en el puerto coruñés tendría que preocupar a un Lendoiro que debería perder peso si quiere correr más que Hacienda, esa hembra ponzoñosa que le persigue a él, a su club y a media España, sobre todo a la más pobre. El mensaje de tranquilidad lanzado a sus jugadores es el mismo que oímos cada semana desde la Carrera de San Jerónimo. Que venga ‘la concursal’ y en vez de leche en polvo como Marshall traiga lodos y lágrimas, puede convertir la historia del gran Depor en todo un revival de ‘Los gozos y las sombras’ pero sin los grandes Poncela y Larrañaga. Mirando de reojo a los idus de marzo y consolándose en que ya es difícil que le asesine el Senado, Augusto César quizá tenga que repetir antes de Navidades las últimas palabras que pronunció en el lecho de muerte su ancestro romano, el gran César Augusto: “Acta est fabula, plaudite”. Entre nosotros: “La comedia ha terminado. ¡Aplaudid!”.

21/12/2012

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