La ópera de Zeman

Tenores

JULIÁN CARPINTERO | Roma, 7 de julio de 1990. Mientras en Pamplona miles de personas de todo el mundo gritaban “¡Gora San Fermín!” de blanco inmaculado y pañuelo rojo a la garganta, en la capital transalpina tenía lugar un acontecimiento que supondría el renacimiento de un género musical que parecía anclado en Puccini y Bizet. Como conmemoración a la final del Mundial que disputarían Argentina y Alemania al día siguiente, los Tres Tenores ofrecieron su primer concierto juntos en las termas de Caracalla. Dos décadas después, tres jóvenes han sustituido las partituras por el balón para cantarle al mundo que el fútbol italiano es una tarantela y no una tragedia.

Enfermedad neoplásica de los órganos formadores de células sanguíneas, caracterizada por la proliferación maligna de leucocitos”. Con esas palabras define la RAE la leucemia, un tipo de cáncer que sometió a un juicio sumario a José Carreras en 1987. Los diagnósticos de los médicos no fueron muy halagüeños con el tenor de La Traviatta, quien, tras un trasplante de médula, volvió a nacer. Una vez recuperado, Carreras creó una fundación para ayudar a las víctimas de la enfermedad que él acababa de superar, a través de la cual pudo limar asperezas con dos gigantes como Plácido Domingo y Luciano Pavarotti que, impregnados de la fragancia de los tiranos y héroes que interpretaban en sus óperas, estaban ávidos de gloria y ego y se negaban a descolgar el teléfono si la propuesta abordaba una actuación en conjunto. El resto es una historia cuyo primer capítulo se escribió en la città eterna aquella noche estival. Sin embargo, el prólogo que da sentido a la trama corrió a cargo del productor italiano Mario Dradi, el mecenas al que se le encendió la bombilla de juntar a tres voces superlativas en un marco imperial.

Es complicado saber si Zdenek Zeman estuvo presenciando aquella noche la primera actuación de los Tres Tenores. Por aquel entonces, el polémico entrenador checo apenas llevaba un año en la región de Puglia entrenando al modesto Foggia, una escuadra liderada por Giuseppe Signori que asombró al principio de los 90 por su descarada propuesta de ataque. El caso es que, habiéndose deleitado o no los oídos, el romántico Zeman se ha pasado los últimos veinte años recorriendo cada rincón de la Península Itálica, con sus luces y sus sombras, pretendiendo que Fígaro tuviera sangre azul en vez de ser un simple barbero.

Y debe ser que a este antaño balonmanista la brisa de las costas adriáticas le despeja las ideas, porque en la ciudad de Pescara encontró un laboratorio con tres probetas a estrenar. El equipo celeste y blanco, que llevaba desde 1993 sin probar el tiramisú de la Serie A, confió su suerte al talento de tres adolescentes descarados e irreverentes. Como abanderado del 4-3-3 Zeman dio carta blanca a Ciro Immobile, Lorenzo Insigne y Marco Verratti para hacer trizas las defensas rivales y la lógica que decía que tres chicos de 20 años, que no llegan al 1’70 y que saltan al césped con pincel y acuarelas consiguieran que los grandes de Italia bajaran al sótano para ver la claridad que les faltaba en sus lofts.

Diez meses después del órdago a triples que se marcó Zeman sin arquear las cejas, el Delfino Pescara regresaba a la máxima categoría del fútbol transalpino gracias a la pandilla de pillos que merendaba pan y chocolate. Pero, como era de esperar, la misma brisa del Adriático que inspiraba al míster en sus tácticas quijotescas derrumbó el castillo de naipes sobre el que se apoyaba el Pescara. Immobile, que había sido cappo canoniere con 28 goles, fichó por el Genoa; Insigne volvió al Nápoles para sustituir a Lavezzi; el ostentoso PSG pagó la cláusula de rescisión de Verratti; y las arias que llegaban desde el Coliseo terminaron por seducir a Zeman, que, de esta forma, regresaba a la Roma.

Cesare Prandelli es, seguramente, el hombre que ejemplifica el golpe de timón futbolístico que ha dado Italia en los últimos años. De todos es sabido el gusto del actual entrenador de la azzurra por el fútbol de toque, por lo que era cuestión de tiempo que el tríptico de vanguardia que había maravillado en el Pescara se enfundara la elástica nacional; así, Insigne y Verratti ya han debutado e Immobile no debería tardar mucho.

Al día siguiente del concierto en Caracalla, Andreas Brëhme marcaba de penalti para Alemania el tanto que proclamaba a los germanos tricampeones mundiales en una de las finales con menos brillo que se recuerdan. Todos los aplausos que el público del Olímpico le negó a ambas selecciones se los habían llevado Carreras, Domingo y Pavarotti con la esplendorosa interpretación del tema que, durante muchos años, fue el plato fuerte de sus conciertos. Y es que si ningún espectador pestañeaba cuando sonaban los primeros acordes del “Nessun dorma” de Puccini, nadie debería dormirse ante los tres barítonos de Zeman que, más pronto que tarde, acabarán siendo tenores.

18/12/2012

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