La masacre de la que Dzagoev escapó

UOWzNTb8jeoÁLVARO MÉNDEZ | “Jamás dejes que las dudas paralicen tus acciones. Toma siempre todas las decisiones que necesites tomar, incluso sin tener la seguridad o certeza de que estás decidiendo correctamente”. Quizá los padres de Alan Dzagoev nunca hayan leído este pasaje de Paulo Coelho. De hecho, es muy probable que jamás haya sitio para el literato carioca en unas estanterías seguramente superpobladas por las grandes obras maestras de Pushkin, Tolstoi o Dostoievski. Pero las decisiones coelhianas que en su día tomaron no sólo cambiaron el destino de su vástago, sino también del fútbol ruso.

Acertaron cuando colocaron un esférico a los pies de Alan. Tenía talento, inteligencia y capacidad de sacrificio, cualidades que no tardaron en dar sus frutos. Con solo 18 años, el joven mediocampista natural de Beslán, un pueblecito de la república rusa de Osetia del Norte, se convirtió en el judador más joven en debutar con la elástica de la selección absoluta. Tres años después, se confirmó en la Eurocopa 2012 como la gran revelación del torneo en la primera fase. De hecho, el mediapunta osetio fue el único haz de luz de una gris Rusia al que el papel de favorita le quedó —de nuevo— muy grande. Pero su habilidad goleadora, su innata capacidad para el último pase y su liderazgo no pasaron desapercibidos para los gigantes del Viejo Continente como el Manchester United. Sin embargo, a pesar de los rumores que se expandieron el pasado verano, Dzagoev finalmente permaneció en las filas del CSKA Moscú, equipo que comanda actualmente la Liga Rusa por delante de los hidrocarburísticos Anzhi Zenit.

Todo ello fue posible, de nuevo, gracias a otra vital decisión de la familia Dzagoev. Una decisión que, a la postre, supuso la diferencia entre la vida y la muerte. Cuando el ahora imprescindible director de la orquesta de Fabio Capello era tan sólo un crío, sus padres optaron por educarle en la Escuela Número 4 de Beslán. A priori, la guerra en la vecina Chechenia parecía controlada y no tenía por qué extenderse militarmente a su región, y mucho menos al pueblo. Cuando Alan creciera y progresara en los campos de fútbol, ya se mudarían a un lugar más seguro. Siempre y cuando, claro, la economía lo permitiese. Nadie iba a pensar que el 1 de septiembre de 2004 un comando de terroristas chechenos iba a penetrar en lo más profundo de Beslán y a secuestrar a las más de mil personas que, en un colegio cercano, acudían a la ceremonia de inicio del curso escolar.

El pánico se extendió como la pólvora a través de las calles de la otrora tranquila localidad norcaucásica. Los Dzagoev escucharon por la radio que la Escuela Número Cuatro era la que había sido tomada por los radicales islamistas. Justo. En la Cuatro. Con la preocupación propia de un progenitor que ve peligrar la vida de un hijo, el padre de Alan corrió hacia el recinto donde, en principio, el odio y la sinrazón mantenían cautivo el honor de toda una nación.

Afortunadamente, los nervios habían jugado una mala pasada a las ondas. No era la Número Cuatro la escuela secuestrada, sino la Número Uno, a escasos 500 metros de la anterior. Dzagoev, por aquel entonces un imberbe adolescente de catorce primaveras, pudo volver de la mano de su padre al hogar donde, aterrorizado, siguió el secuestro por los medios de comunicación. Al otro lado de la vía del tren, la vida de sus vecinos continuaba en manos de quienes no saben distinguir entre el bien y el mal.

Al tercer día de encierro, el Presidente Vladimir Putin tomó la firme —y equivocada— decisión de asaltar la escuela utilizando todos los medios militares posibles para liberar a los rehenes. Helicópteros del ejército, un tanque y tropas de asalto se fusionaron en la figura de un sobredimensionado elefante entrando en una cacharrería. La batalla campal que se libró a continuación sólo dejó un reguero de sangre y destrucción.

Aquel viernes negro, 334 personas perdieron la vida. 186 eran niños. Niños como Dzagoev, con sus sueños y fantasías, con sus gustos y aficiones. Niños, en definitiva, cuyo trágico denominador común fue que sufrieron la crueldad de una violenta guerra en primera persona. Pero los designios de la diosa fortuna son inexpugnables. Ocho años después, quizás sea la misma imagen de desolación de su Beslán natal lo que más haya contribuido a que el ‘10’ del CSKA y de la sbornaya se haya consolidado como uno de los zares que gobierna las estepas del fútbol patrio en la actualidad.

13/12/2012

2 thoughts on “La masacre de la que Dzagoev escapó

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