El Capital del Bayern

Kroos-Müller

JULIÁN CARPINTERO | Ocurrió en Bruselas. La consolidación de la capital belga como centro neurálgico de Europa no ha sido cosa del volátil euro, los parlamentos y comisiones fantasma para el ciudadano de a pie o del Van Rompuy de turno. Fue en la ciudad del Atomium donde a mediados del Siglo XIX dos camaradas alemanes redactaron y difundieron una obra que cambiaría la historia de la Humanidad. Casi doscientos años después, otra pareja de jóvenes amigos teutones con unas ideas renovadoras se ha propuesto dar un giro a una ciudad y un equipo que anhela las glorias futbolísticas continentales desde hace más de una década.

Proletarios de todos los países, uníos”. Con ese imperativo terminaba el tratado que Karl Marx y Friedrich Engels habían estado cocinando durante más de dos años y que vio la luz, en alemán, el 21 de febrero de 1848 en la fabril Londres, centro mundial de la industrialización. Previo encargo y aprobación de la Liga de los Justos, una organización secreta de izquierdas, y con la inestimable ayuda de Jenny Von Westphalen —la esposa de Marx—, el Manifiesto Comunista veía la luz con la forma de un ciclón dispuesto a barrer el Viejo Continente de la opresión de los gobiernos despóticos y el propósito de demostrar a la sociedad que había otra forma de vivir más allá de la alienación y las ataduras.

No obstante, la actual Alemania poco se parece a la concepción romántica de su Prusia que albergaba la imaginación de estos dos amigos. Sin rastro de cualquier atisbo comunista, Baviera es el länder con mayor extensión geográfica del país y vertebra su vida en torno al Oktoberfest, las óperas de Wagner y el Bayern de Múnich. Y si por algo se caracteriza el pueblo bávaro es por estar orgulloso de su típico traje regional y de un equipo que históricamente ha tiranizado la competición doméstica e infundido un tremendo terror cuando salía de viaje y dejaba atrás las fronteras de la extinta RFA.

El vivero de Schwabing nunca ha dejado de producir jóvenes talentos, contraviniendo a la lógica impuesta por las guerras y las crisis. Breitner y Rummenigge, Schwarzenbeck y Maier, Beckenbauer y Hoeness. Todos ellos se criaron bajo los dogmas que, como un catecismo, impartían en la academia muniquesa: fuerza, instinto y coraje. Para ganar hay que apretar los dientes y romper los muros, si es preciso, a cabezazos. El césped es un tablero y, como dijo Stefan Zweig, nunca nadie ganó una partida de ajedrez riéndose. El hincha no se alimenta de espectáculo, solo de victorias. ¿Acaso Otto von Bismarck fue capaz de reunificar el país embelesando a sus adversarios? Quizá en otro club sí, pero no en el Bayern.

Esta fórmula, unida a la incuestionable valía futbolística de los antes citados, reportó grandes éxitos al club de Múnich. El Káiser y sus socios estaban lejos de ser un equipo simpático, de los que arrastran a legiones de groupies femeninas allá por donde van y hacen calendarios para causas benéficas, en las Antípodas del Ajax de Cruyff o el United de los Busby Boys. Pero pese a su aspereza y monocromía ganó tres Copas de Europa seguidas en los 70 y salió vencedor en su particular duelo ante el Borussia Mönchengladbach, némesis futbolística y estilística.

Sin embargo, la primera década del nuevo siglo le trajo un difícil tránsito por el desierto después de su entorchado continental de 2001. Con una crisis de filosofía y unos entrenadores y plantillas que no supieron adaptarse al cambio, el gigante de Baviera no solo se convirtió en una comparsa en Europa, sino que perdió el ritmo del baile en su otrora sala de fiestas privada, la Bundesliga.

Fue el denostado e injustamente infravalorado en España Louis Van Gaal quien, como la Liga de los Justos con Marx y Engels, instara a dos jóvenes a coger la pluma y empezar a escribir la historia moderna del Bayern. Thomas Müller y Toni Kroos (que tuvo que salir un año cedido al Leverkusen para coger minutos) representan la amplitud de miras de una institución que a sus valores tradicionales ha incorporado la capacidad de imaginación y el gusto por el fútbol de toque. Con 23 y 22 años Thomas y Toni, amigos desde su paso por las categorías inferiores, ya han sido semifinalistas de un Mundial y una Eurocopa con la Mannschaft y saben lo que es jugar una final de Champions. No hace falta ni que se miren para que Thomas sepa dónde está Toni —y  viceversa.

A los ojos de la Historia, la sociedad compuesta por Marx y Engels es entendida como indisoluble, en una especie de tanto monta al más puro estilo de los Reyes Católicos y no se entendería el uno sin la influencia del otro. Juntos iniciaron un proceso que cambió la historia, de la misma manera que Müller y Kroos han puesto la primera piedra de la esplendorosa nueva etapa que se vive en Múnich. No solo tratan con delicadeza al balón, sino que además son guapos, rubios y simpáticos: el Bayern sigue ganando, pero ahora le persiguen las chicas.

11/12/2012

One thought on “El Capital del Bayern

  1. ¡Genial! Perfectamente redactado. Aunque frustra un poco leer como siguen sonando como unos “casi” (semis y finales pero aún sin títulos) se nota que lo que está creciendo en el Bayern actual va para mucho y con una cara tal vez más “comercial” que la de otras épocas. Es decir, si tienen la simpatía y además siguen por el camino que van, podrían hacer historia, tanto en el club como en la selección. Esto promete.

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