Leo Messi, un hobbit en la Tierra Media del fútbol

Messi

FIRMA DE RAFAEL AZNAR | “Hasta el más pequeño puede cambiar el curso del futuro”. Galadriel, Dama de la Luz, le transmitía esas palabras a Frodo al amparo de los bosques de Lothlorien, pero bien se las podría haber dedicado a Leo Messi, un hobbit que ha revolucionado la Tierra Media del fútbol con su calidad de fantasía. Cuando era un niño, le diagnosticaron problemas de crecimiento, que le llevaron a abandonar su Argentina natal en busca de algún club europeo que pudiera costearle el tratamiento. Una década después, y a sólo 169 centímetros del suelo, está a punto de batir dos marcas legendarias: el récord de goles del ‘Torpedo’ Gerd Müller en un año natural (lleva 84 en 2012, por los 85 que embocó el teutón en 1972) y el de Balones de Oro, pues es altamente probable que obtenga su cuarto galardón consecutivo, para dejar atrás a Michel Platini, Johan Cruyff y Marco van Basten. Si en el panorama balompédico hay algún Frodo Bolsón que haya cambiado el curso del futuro, ése es, sin duda, Leo Messi.

Es recurrente el comentario de que poco se puede decir de Messi que no se haya dicho ya. Mentira. Todas las palabras son pocas para referirse al mejor futbolista de la historia. Sí, el mejor: da igual que no haya ganado ningún Mundial. Él es el rostro del fútbol contemporáneo, infinitamente más competitivo, profesional y globalizado que en el pasado: el encanto del buen fútbol personificado no murió en Maradona, mal que les pese a los apóstoles de su religión.

Si esta web se llama ‘Falso 9’, quizás sea, en buena medida, por culpa del jugador argentino. Guardiola, un Gandalf del siglo XXI, vestido con traje y corbata, creyó con fe ciega en ese muchachito. Primero, decidió desterrar de su particular Comarca a Ronaldinho, un Gollum venido a menos, que se dedicaba a arrastrar su gloria por la noche barcelonesa, muerto de éxito, tras sucumbir al poder del anillo único. Desde ese día, y después de que el Real Madrid conquistara dos Ligas seguidas (2006-07 y 2007-08), vio claro quién tenía el potencial para cambiar el curso del futuro. Más tarde, la falta de ‘feeling’ con Mithrandir Guardiola hizo a Samuel Eto’o caerse de la función, y el míster apostó por meter una variante a su maquinaria de hobbits: un gigante, Zlatan Ibrahimovic. El órdago salió más bien mal, pero empujó al ‘Filósofo’ a inventarse para Messi una figura retórica luego convertida en mantra futbolístico: el falso 9.

La idea era sencilla. Si un pequeñín como Frodo Bolsón había sido capaz de ir desde Hobbiton hasta Mordor, pasando por Rivendel, Moria o Emyn Muil, Messi podía reinventar su posición de interior para convertirse en un ‘todocampista’ con absoluta libertad para moverse por el flanco de ataque. El terreno de juego se convirtió, desde entonces, en su Tierra Media particular, un lugar donde dar rienda suelta a su excepcional eslalon y, como si se pusiera el anillo en el dedo para volverse invisible, su capacidad para zafarse de los rivales y progresar sobre sus tarascadas, desde cualquier punto del césped. Ya lo había demostrado ante el Getafe, en un partido de Copa de 2007, en el que firmó uno de sus goles más aclamados, pero esa idiosincrasia de juego se ha afianzado aun más desde que el Barça juega sin una referencia fija en la punta de ataque.

Pese a su escualidez, la fortaleza física de Messi es la de un auténtico titán. En el imaginario del aficionado permanece el patadón con que Tomas Ujfalusi casi le descoyunta la pierna en un Atlético-Barça de 2010: al instante, el tobillo duplicó su volumen, para asemejarse más a una de las calabazas del huerto del viejo Magott que a una articulación. Se temía que el argentino fuera a ser baja durante un buen período de tiempo, pero, a las dos semanas, ya estaba jugando, igual que cuando su álter ego Frodo fue herido por el Rey Brujo de Angmar, el señor de los Nazgûl, en la atalaya de Amon Sûl o por un trol en las minas de Moria. Las espinilleras de Messi no estén hechas de fibra de carbono, sino de mithril, como la cota de malla regalada por Thorin a Bilbo Bolsón y heredada por su sobrino.

No acaba ahí el poderío atlético de Messi. En la final de la Liga de Campeones de 2009, en la que el Barça se impuso por 2-0 al Manchester United, el Estadio Olímpico de Roma fue testigo de cómo el hobbit derribaba a un gigante. Fue con el gol anotado ante Edwin van der Sar, uno de los mejores y más altos porteros de los últimos tiempos. Como si hubiese compartido con Meriadoc Brandigamo y Peregrin Tuk el agua del manantial del Entaguas, en el bosque de Fangorn, Messi pareció aumentar su estatura para rematar de cabeza un centro y clavar el balón en la red. Había bebido el agua milagrosa de los Ents.

Hoy en día, todo el mundo se arrodilla ante el Barça de Messi y los ‘pequeños’ Xavi, Iniesta, Villa o Cesc, tal y como hicieron las gentes libres del Oeste ante Frodo, Sam, Merry y Pippin, cuando Aragorn y Arwen contrajeron matrimonio en Minas Tirith, una vez destruido el anillo. En Gondor, llegaban, así, los días del rey; en Can Barça, llevan años disfrutándolos. Para el argentino, lanzar el balón a la red es como tirar el anillo único a los fuegos del Monte del Destino: su mayor objetivo en la vida. Por eso, no le llamen ‘Pulga’; llámenle ‘Hobbit’.

Rafael Aznar es periodista de la revista Hobby Consolas, así como ex de Marca y ABC

9/12/2012

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