BATE Borisov, la cara de Bielorrusia

BATE Borisov

ÁLVARO MÉNDEZ | Como si de un organismo más político que futbolístico se tratara, la UEFA ha logrado dar cabida, mediante las sucesivas ampliaciones de sus competiciones, a países que durante décadas han estado relegados a un segundo plano. Si bien es cierto que con ello se ha perdido en intensidad en las primeras rondas clasificatorias, el aperturismo ha dotado de cierta noticiabilidad a clubes que jamás se habían visto a sí mismos jugando de tú a tú ante los hegemónicos planteles de la vieja Europa. Todo sea por el espectáculo.

Cada vez es más corriente ver en Champions League a clubes de la talla del Nordsjalland, Cluj o Otelul Galati, voraces carnívoros en sus respectivos dominios, pero indefensas presas en manos de los grandes leones europeos de la sabana continental. Cenicientas, a priori, pero que pueden amargar la fiesta a más de uno. Y si no que se lo digan al Manchester United en la fase de grupos de 2011. Fuera de octavos en detrimento del Basilea. ¿Quién se lo habría imaginado?

Una de esas doncellas de zapatos de cristal que ha descendido las ebúrneas escalinatas del palacio de Michel Platini es el BATE Borisov. Durante la última década le hemos visto consolidarse en Liga de Campeones —con más pena que gloria— utilizando el elemento climático como único punto a su favor. Pero nunca nieva a gusto de todos. Sin embargo, este año sorprendió con un más que ilusionante inicio de competición con sendas victorias ante Lille y Bayern de Múnich. A su permanente presencia en las últimas ediciones hay que añadir los siete títulos ligueros consecutivos que ha conseguido en su país desde 2006. La escuadra de Viktor Goncharenko aporta además nueve jugadores a la selección nacional bielorrusa, incluido un viejo conocido del banquillo azulgrana como Alexander Hleb. Sin duda alguna, el BATE Borisov es el orgullo de todo un país.

Pero si guardamos el balón en la red, poco más sabemos de esta particular nación. Y es que en el otro terreno de juego, en el de la política internacional, Bielorrusia tiene poco de lo que presumir. Desde 1994, el actual presidente Aleksandr Lukashenko gobierna el país con mano de hierro. Una férrea garra que se deja sentir en todos y en cada uno de los aspectos de la vida bielorrusa, secuestrada por un Estado autoritario en el que las elecciones siempre están amañadas, según la comunidad internacional, para que el perenne presidente logre más del 90% de los sufragios.

Todo ello sucede ante los ojos de la Unión Europea, que ve —con una pasividad que roza, siendo caritativos, lo alarmante— cómo Bielorrusia se consolida año tras año como la única dictadura que queda en pie en todo el Viejo Continente. De hecho, sigue sin cumplir los requisitos mínimos de protección de derechos humanos y los estándares democráticos necesarios para formar parte del nada selecto Consejo de Europa. La economía, además, se mantiene en su práctica totalidad en manos del poder central de Minsk en un claro guiño a un pasado soviético que continúa estando muy presente. Ello contribuye al empobrecimiento de una sociedad que malvive en parte gracias a los favores en forma de rublos rusos y petróleo que llegan bondadosamente desde el Kremlin, su único aliado geopolítico.

Tras la fase de grupos de Champions, el modesto club de Borisov continuará su cruzada en la Europa League como premio a su meritorio tercer puesto. Un embajador del esfuerzo y el sacrificio que, sin embargo, cargará con la pesada losa de uno de los regímenes más opacos del Viejo Continente. El BATE es la cara de Bielorrusia. La cruz, tristemente, ya sabemos cual es.

6/12/2012

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