Bendito Naranjito

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SERGIO MENÉNDEZ | Hubo un gesto muy repetido el pasado fin de semana entre el común de los mortales. Así lo demuestran las cámaras que asistieron el sábado a la celebración del derbi capitalino, cuando pasados quince minutos del pitido inicial Cristiano Ronaldo perforaba el marco defendido por Courtois con un gol, el primero de la noche, cuyo significado en lo metafórico nada tenía que ver con la narración literal de los hechos.

¿Sería lícito entonces hablar de “golpe de efecto” viendo la forma en que la bola se dirige hacia su objetivo, sin vacilar siquiera un grado en su trayectoria, como si de un verdadero misil sensible al calor de la grada se tratase, interceptado únicamente por las redes de la portería visitante?

En cualquier caso, lo que todo el mundo parece reconocer con cierta unanimidad es que el tanto tuvo un elevado componente balsámico si atendemos a lo convulsas que habían estado las aguas alrededor de la nave blanca durante la semana. No hay más que ver la reacción de su capitán, dejando escapar un suspiro de alivio una vez consumada a la ventaja, en lo que constituye un documento que delata el clima de tensión reinante en el ambiente.

Quizá nunca le alcance en términos de popularidad a su célebre relincho en slow motion, pero a buen seguro el gesto quedará enmarcado en el anecdotario futuro de los derbis, listo para ser recordado siempre que ambos equipos vuelvan a enfrentarse de nuevo. A menos que se produzca el fatal desenlace por el que muchos otros, al igual que Casillas, suspiraban el sábado al deshojar el undécimo pétalo del almanaque y recordar los oscuros e inminentes presagios que los mayas nos deparan.

Incluso el mayor de los escépticos no puede evitar sentir cierta congoja al pensar que el próximo 21 de diciembre, fecha del solsticio de invierno, pueda ser también el día en que un asteroide nos ponga en órbita, el cielo se desplome sobre nuestras cabezas, la tierra nos trague o —ya que de posimposibles va la cosa— se falle a favor de Iniesta para ganar el Balón de Oro. No parece descabellado pues, dada la posibilidad de que tanto el fin de año como el nuestro propio se adelanten unos días, sugerir a la prensa que vaya anticipando los resúmenes y efemérides con que cada San Silvestre venían religiosamente amenizando las últimas horas del ejercicio.

Puede que las circunstancias obliguen con estos mimbres a abordar un épico relato de cuando volvimos a proclamarnos reyes de Europa frente a Italia, pero no. Toca ceder el paso a un veterano de nuestro fútbol que el pasado junio asomaba su verde tallo a la primera gran depresión de la edad adulta, la de los treinta.

Nacido en el seno de una pareja de creativos andaluces, José María Martín Pachecho y María Dolores Salto todavía se emocionan al recordar la gesta que para ellos supuso sacar adelante un hijo al que muchos intelectuales, algunos muy progres ellos, desearon ahogar antes siquiera de que viera la luz. “Futbolista climáterico vestido de obispo de Palmar de Troya” o “enemigo público número uno” son sólo dos del repertorio de lindezas que figuras de la talla de Rosa Montero y Juan Benet (respectivamente) le dedicaron en su día.

Vale que coger una naranja, someterla a un perverso cambio de género, ponerle cara y vestirla de corto al más puro estilo López Ufarte no parece fruto —nunca mejor dicho— de la cuidada estrategia de promoción que debería existir tras la imagen de todo un país a ojos del mundo. Hasta la idea original que luego cristalizó en Naranjito pareciera robada del corcho de un parvulario. Aun con todo, y llegados a este punto en que el fatal destino se cierne sin remedio a la vuelta de la esquina, conviene hacer balance y no olvidar la valiosa herencia que nuestro cítrico protagonista lleva de algún modo asociada a su oronda silueta.

Porque merchandising y espectáculos de humor a un lado, bajo el paraguas del Mundial de España se celebró el que los rockeros que ahora comienzan a peinar canas señalan, desde su particular y melómana perspectiva, como el punto de inflexión que nos colocó definitivamente en la senda hacia Europa. No hablamos sino del concierto que los Rolling Stones ofrecieron en el Vicente Calderón el 7 de julio de ese año, a tan sólo cuatro días de la final del campeonato. Un evento donde, a diferencia de lo que acaeció a Felipe II, ni los elementos que esa noche se dieron cita disfrazados de tormenta veraniega amilanaron a Sus Satánicas Majestades a la hora de conquistar un nuevo reino, someter a los miles de asistentes bajo el yugo de sus guitarras y convertir la ribera del Manzanares en primera y única opción para toda banda que aspire a ganarse el cielo de Madrid. Gracias todo, como quien dice, a una mascota otrora denostada, reconvertida hoy en verdadero icono de la cultura indie. Y todavía habrá quien se atreva, como en la debacle del 82, a culparle del apocalipsis. Bendito Naranjito…

05/12/2012

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