La menina de Ipanema

Scolari

JULIÁN CARPINTERO | “Los de afuera son de palo”. Con esa peculiar proclama intentó tranquilizar Obdulio Varela, capitán y líder de Uruguay, a los diez compañeros que junto a él iban a saltar al césped de Maracaná aquel 16 de julio de 1950 para disputar la final de la cuarta edición de la Copa del Mundo. Horas después, el mismo Varela, borracho, comprendió que el país del orden y el progreso puede permitirse tener la deuda externa más importante de Sudamérica, pero en ningún caso perder un Mundial en casa. Ahora, cuando falta un año y medio para que el torneo más importante del mundo vuelva a Río, en Brasil confían en un viejo flechazo para  desempeñar el trabajo más importante de todo el país.

El celebérrimo Maracanazo tuvo las mismas consecuencias sobre el estado anímico de la sociedad brasileña que un tsunami. Después de una profunda desolación, que algunos llevaron al extremo suicidándose, nada volvió a ser igual en el fútbol carioca. El uniforme blanco con el que la Seleçao jugó el partido nunca más volvió a utilizarse, pues se le colgó el cartel de gafe y se abrió un concurso en un periódico para decidir cómo sería la nueva camiseta, que a partir de entonces se convertiría para siempre en verdeamarela; Ary Barroso, el locutor que había retransmitido el partido por las ondas, no volvió a narrar un encuentro de fútbol hasta su muerte; y Moacir Barbosa, el portero que encajó los goles de Schiaffino y Gigghia, sufrió el resto de su vida las iras de los aficionados, que le hicieron responsable de los tantos celestes.

Sin embargo, los tres entorchados que ganó Brasil en apenas una década parecieron cerrar la herida que un grupo de insolentes uruguayos habían abierto en lo más profundo del orgullo carioca. Pero dentro de las complejidades de la idiosincrasia brasileña, el papel del seleccionador empezó a exigir una serie de requisitos no al alcance de cualquiera. Devorador de personalidades y anestesista de egos, la persona que dirigiera a la Torçida desde el banquillo debería reunir una serie de características que muchas veces chocaron con los grupos de influencia del país, ya fuera desde la opinión pública, los medios o el propio Gobierno.

Fue João Saldanha quien expresó que “el fútbol brasileño se juega al ritmo de la música”, y es que está muy extendido el pensamiento de que el juego que despliegue la selección es la representación de Brasil a los ojos del mundo. Existen muchas conexiones entre la pelota y la samba, la capoeira y el sol, elementos que confluyen en la figura del malandro, una expresión popular que hace referencia a un joven negro, que vive en las favelas y tiene que luchar para burlar a la policía, pero que a pesar de todo siempre se las arregla para salir airoso. Los equipos que hasta ese momento habían hecho campeona del mundo a Brasil estaban formados por malandros: Didí, Pelé, Garrincha, Jairzinho, Rivelino

Pero cuando Brasil pierde con Alemania en 1974 se empieza a generar un debate entre tradicionalistas –representantes de la cultura del regate y el juego ofensivo–,  y modernizadores –abogados de la disciplina y de imitar el modelo alemán–, una discusión que se ha extendido con el paso de los años sin que hayan conseguido saber a ciencia cierta cuál es la fórmula del éxito. En vistas de las decisiones de la CFB la batalla parecían haberla ganado los segundos, ya que salvo la excepción de Telê Santana en 1982, casi todos los seleccionadores brasileños se han caracterizado por la rigidez de sus sistemas, sin malandros: Lazaroni, Zagallo o, más recientemente, Dunga. No obstante, ni tradicionalistas ni modernizadores han sido capaces de ganar la preciada copa, pero una ecuación que sí que ha dado buenos resultados al fútbol brasileño ha sido la del pragmatismo espontáneo de Carlos Alberto Parreira o, el hombre del momento, Luiz Felipe Scolari. Laissez faire con peros.

El pasado miércoles, Mano Menezes era despedido como entrenador de la Seleçao tras sus fiascos en la Copa de América y los Juegos Olímpicos. Desde algunos medios brasileños especularon con la posibilidad de que fuera Guardiola el nuevo inquilino del banquillo de la canarinha, en un anhelo por volver al jogo bonito, pero pronto la hipótesis cayó por su propio peso: para ser seleccionador hay que entender la cultura y el pensamiento brasileños, motivo por el cual nunca un foráneo ha ocupado tal puesto. El siguiente en ser descartado fue Muricy Ramalho, el técnico que llevó al Santos a reconquistar la Libertadores, pero su posibilidad también se desechó por su poca preparación académica y la falta de dicción para expresarse ante los medios.

Es entonces cuando en la CFB se acordaron de la chica de Ipanema, esa cuyo balance es más que un poema que decía Caetano Veloso, aquella que su simple recuerdo dibuja una sonrisa en la boca. Y sonrieron al recordar una mágica noche de 2002 en el lejano oriente, en la que dos malandros como Ronaldo y Rivaldo hicieron doblar la rodilla a la sobriedad teutona de Oliver Kahn. Allí estaba Felipão. Y sintieron el dolor de la cicatriz que Varela y sus compinches le habían hecho a todo el país, sabiendo que si ganan en casa, el Maracanazo solo habrá sido un mal sueño.

04/12/2012

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