Fausto Pérez

MARIO BECEDAS | La paradoja sorites nos hace reflexionar sobre en qué momento un montón de arena deja de serlo al irle quitando uno por uno los granos. Este concepto filosófico con nombre de mote de maestra de pueblo nos puede venir al dedo para colegir en qué punto el todopoderoso Imperio blanco que siempre quiso crear Florentino Pérez ya no lo es. No es tarea fácil precisar a partir de cuántos ladrillos la obra del magnate blanco pasa de hermosa basílica a masivo bloque del extrarradio.

Todo se remonta al primer error que cometió el ser superior cuando se puso a hacer la mezcla para obtener el cemento con el que fraguar los sólidos pero agujereados tabiques merengues. Nadie le explicó a nuestro amable jefe de obra que para que la pasta salga, hay que echarle agua. Incurrir en el mismo error en el que jueves tras jueves caía el desquiciante chapuzas Benito provocaba la consecuencia lógica: se gastaban muchos sacos, pero la pared no se sostenía en pie. Aguantar luego la bronca de Manolo, en este caso Lama, le suponía al tótem de Caminos bailar en el andamio.

El dinero no da la felicidad se dijo alguna vez, y aunque tal sentencia haga temblar ahora mismo hasta a los más carpetovetónicos del lugar, el próximo eslogan de Bankia confirma que a Florentino le pasó lo del Rey Midas. Los grandes fichajes honraron el bautizo que les hizo la siempre yerta prensa deportiva, y aunque brillaron ostensiblemente, la galaxia cada vez se alejó más de la Tierra, de la que emanan los títulos. Los globos y desacuerdos intestinos ayudaron a jalear las jácaras que se montaban en el vestuario y desde que el perfil tan bajo de ese tipo con bigote que después ganó un Mundial le hizo salir por la puerta de atrás de las caballerizas, todo el hormigón, cemento y oro del hombre educado no fue suficiente para tapar el socavón en el que caían uno detrás de otro entrenadores sacados de un casting de reality show.

Tras un trienio más negro que blanco en el que un Madrid a ratos rancio, a ratos cutre y a intervalos normal se marcaba dos alirones seguidos, el aluvión de caspa que desprendía hizo que al corajudo escuadrón lo asaetearan cuando podría haber llegado a empellones hasta la orilla de Ítaca. Los húsares de Concha Espina se percataron de que no querían a un presidente que se llamaba como el estadio del vecino, entre otras cosas. Fue entonces cuando Florentino dejó sus planos y calculadoras de ingeniero sobre la mesa del estudio y el yate aparcado en doble fila en el muelle para leer con linterna y en silencio bajo las sábanas la universal trilogía de Tolkien. Si ‘Las dos torres’ para el prócer castizo fueron cuatro, el título final ‘El retorno del Rey’ suponía la revelación de la divina verdad en libro de bolsillo. Con ese mensaje ya sedente en el caletre, el emperador de la Castellana volvía de su exilio interior para celebrar primarias contra sí mismo rumbo de nuevo a la Casa Blanca.

De sobra conocido es el fracaso que un director de periódico central lechero ordeñó en torno al siempre elegante Pellegrini, el alquimista que no consiguió dar con el prurito de perfección que buscaba la testa de ACS. Viendo que el áureo metal no era suficiente, Florentino se apretaba las sienes en busca de un golpe de mano y casi de Estado. No tuvo ni que girar la cabeza hasta la bella Italia. Los aspersores del Camp Nou que terminaron su riego frente al siempre plata Robben le dieron la señal inequívoca. Al contrario que en el mejor relato que han sostenido hasta ahora las letras del Sacro Imperio Germánico, aquí fue Fausto, Pérez, quien protagonizando otra paradoja, telefoneó a Mefistófeles Mendes para hacer un pacto con el Diablo, un portugués un poco malhumorado que a todos los teólogos ha venido a confirmar que el pueblo elegido de Yahvé después de los judíos es el catalán.

Vender su alma tan blanca como su camisa al astuto sadino era el último paso que le quedaba al corbata más cortés de cara a la galería que ha ocupado la poltrona aún caliente de don Santiago para lograr la felicidad que se le escapaba cada verano entre los dedos como los granos de arena del sorites. El gran empresario que ansiaba la gloria a través del señorío tuvo que meterse a cuarteles cuando su expeditivo mánager usó las tácticas de los antiguos bandoleros de Despeñaperros para tumbar a La Masía d’Or, ciudad de celebraciones. Aunque media selección lusa siguiera el sendero Figo con todos los escudos del mundo en la bolsa hacia el fondo de la península; una Liga, una Copa y una Supercopa no han sido suficiente para el grande benefactor, quien ya ha emprendido su camino de no retorno.

Sólo la consecución de la Décima, la Margarita por la que suspira y supura el domeñado Fausto Pérez, podría salvar su ánima de las cortantes gabardinas de Mourinho. Conseguirlo pasa por ceder a todas sus pretensiones, pero no lograrlo, lo conmina a aguantar a un ídolo de la afición del que no será fácil prescindir. Haberle cortado la cabeza al Virgilio albiceleste, Valdano, puede hacer que el presidente blanco sea chamuscado ahora por las brasas de Dite en una divina comedia que poca gracia le va a hacer.

A 11 puntos del líder y ante un Glorioso que siempre fue el verdadero rival del Madrid de toda la vida, según reconoció el propio ser superior en una entrevista; la depresión latente en vestuario, grada y país le puede conducir a una marcha definitiva. Es extraño que un entrenador acabe con un presidente, pero resulta que con el Diablo no se juega. Quizá, en su futurible retiro, sin saber aún si más cerca del cielo o del infierno, Fausto Pérez caiga en la cuenta del error que cometió aquel día de 2003 en el que los árboles, o las grúas, no le dejaron ver a Del Bosque.

30/11/2012

31 thoughts on “Fausto Pérez

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