Renacimiento fiorentino

Borja Valero Fiorentina

Borja Valero con la camiseta de la Fiorentina

FIRMA DE FÁTIMA MARTÍN | Fernando II observa con fijación dos mapas. Reconquistado el Reino de Granada para la Corona de Castilla, considera que ha llegado la hora de pensar en Aragón. Los más reconocidos cartógrafos de la época representan con forma de bota el territorio en el que el Rey Católico clava su ambiciosa mirada. Levanta la vista para ver cómo su esposa sigue estudiando el proyecto de un tal Cristóbal Colón. El intrépido navegante pretende viajar más allá de los confines de la Tierra en busca de los lujos asiáticos que embelesan a la nobleza castellana. Fernando se siente incapaz de convencer a Isabel de que abandone esa locura, ni siquiera recurriendo a lo más granado de su arsenal persuasivo. Y aún menos si es para tratar sobre las cuitas aragonesas. La reivindicación de la Península Itálica habría de ser asunto suyo.

Poco podía imaginar entonces el ávido monarca lo desacertado de su apuesta. Jamás llegaría a gobernar al norte de Nápoles. Ninguno de sus descendientes lo haría más allá de los Presidios de Toscana. A apenas 150 kilómetros quedaba la exquisita Florencia, ciudad esplendorosa donde las haya. Cinco siglos después, donde no fue capaz de llegar ni con sus mejores ejércitos, España se ha hecho fuerte con un balón como única arma. En la cuna por excelencia del Renacimiento, la Fiorentina vive hoy su particular resurgimiento con tintes de inspiración ibérica. Preciosismo y toque para devolver a un grande del fútbol italiano al lugar que le corresponde en Europa, y a la batalla abierta contra las potencias del norte y las escuadras de la capital. Pero no es solo una cuestión estética. Los resultados hablan por sí mismos: al comienzo de la decimotercera jornada de liga, la Fiore ocupa plaza de Champions y encadena siete partidos sin conocer la derrota.

Pero antes de volver a la cumbre, el equipo atravesó su particular vía crucis. El comienzo del milenio cubrió Florencia de sombras. Las deudas acosaban al equipo, obligándolo a mercadear con emblemas como Gabriel Batistuta o Francesco Toldo. No tardaron en aparecer también los problemas deportivos, certificándose su descenso a la Serie B en 2002. Los maltrechos cimientos del club se mostraron incapaces de encajar el golpe y la Viola, quebrada, desapareció.

La bella Florencia, que alcanzó su máximo esplendor por lo fecundo de su comercio y lo prolífico de su cultura, se quedaba sin fútbol por un puñado de oro. Sin embargo, como es menester en cualquier historia florentina, aparecería un importante mecenas para patrocinar el rinascimento de la escuadra. Fue Diego Della Valle, opulento hombre de negocios y bon vivant que evoca Italia hasta en los andares. Polo opuesto al bunga bunga berlusconiano, el dueño de la firma de zapatos y accesorios de lujo Tod’s ha emprendido su particular cruzada por salvar los buques insignia de la cultura italiana: la Scala de Milán, el Coliseo de Roma, Pompeya… y, por supuesto, la Fiorentina.

El humanista Della Valle refundó el club en la Serie C2 –cuarta división-. El retorno a la Serie A hubo de esperar hasta 2004. Tras una temporada de transición, el proyecto quedó en manos de Cesare Prandelli. Romántico del Calcio y rara avis de los banquillos italianos, al actual seleccionador azzurro le importaban los resultados, pero aún más el decoro. Talento y técnica por delante de fuerza y físico. Fútbol de ataque antes que deslucido catenaccio. Esquivando con donaire una sanción por el Calciopoli, el conjunto púrpura volvió a exhibir orgulloso por Europa la flor de lis de su escudo -un guiño al blasón de la ciudad y al de la familia Medici-, cayendo en semifinales de la UEFA 2008 por penaltis y en octavos la Champions 2010 ante el Bayern por el valor doble de los goles en campo contrario.

Primero Luca Toni y Adrian Mutu, más tarde Daniel Osvaldo, Riccardo Montolivo y Stevan Jovetic fueros los estandartes del equipo; pero el verdadero arquitecto era su carismático técnico. En mayo de 2010, la Federación Italiana se hizo con los servicios de este nuevo Brunelleschi para emprender una profunda reforma en la Nazionale, dejando huérfana a la Fiore. Un fuerte revés del que tardaría un bienio en reponerse.

El regreso y consolidación en la zona noble del fútbol continental significó cumplir con una de las reivindicaciones históricas de la hinchada viola. Sin embargo, no era la meta última. Un club con dos Scudettos y seis Copas de Italia en sus vitrinas se ha ganado el derecho a aspirar a algo más. El toscano, que puede vanagloriarse de ser el primer equipo italiano que conquistó un torneo UEFA -la Recopa de 1961- y uno de los únicos trece del Viejo Continente que ha jugado finales en las tres grandes competiciones europeas, merece aspirar a lo más alto sin temor a que sus alas se derritan como las de Ícaro en su imprudente vuelo hacia el Sol.

Las gradas del Artemio Franchi, que han disfrutado de mitos como Amarildo, Giancarlo Antognoni o Roberto Baggio y que erigieron un monumento a la leyenda de Batigol en la Curva Fiesole, no puede menos que ambicionar la gloria. ¿Por qué no extasiar a los amantes del fútbol como lo hace la Galería de los Uffizi con miles de turistas que ven colmados de belleza sus sentidos y sufren el conocido síndrome de Stendhal? Otra vuelta de tuerca al proyecto acercaría a la Fiorentina al hegemónico arquetipo del balompié español.

Un papel protagonista en este último gran paso estaba destinado a Eduardo Macià. Formado en el Valencia hasta que Juan Soler –una especie de Rey Midas que convertía en ruina todo lo que tocaba- posó su mano sobre él, el secretario técnico llegó a Florencia el pasado verano para formar parte de la nueva estructura deportiva viola que lidera Daniele Pradè. Con carta blanca para emprender reformas en el armazón de las categorías inferiores, Macià resultó esencial en la contratación de un nuevo cinquecentista para el medio campo: Borja Valero.

Rodeado de artistas como Aquilani, Pizarro, Cuadrado, El Hamdaoui o Ljajic; el ex del Villarreal es, sin discusión, el Michelangelo de la actual Fiore. Con su depurada técnica y extensa paleta de recursos, el spagnolo traza con pulso firme el rumbo del equipo, acapara el esférico y dibuja los más exquisitos lienzos que transforman en dianas el díscolo Luca Toni y el idolatrado Jovetic. El alegre e intrépido Vincenzo Montella dirige desde el banco a tan celestial orquesta al compás del 3-5-2 sin que ningún tifoso ose recordar a Prandelli con nostalgia.

Amanece a orillas del Arno. El alba comienza a dibujar en el horizonte el Duomo de Santa María de Fiore y la Torre de Arnolfo. Una ciudad comienza a bullir. Se despereza el Ponte Vecchio: toca ponerse guapo, hoy vienen visitas. Se engalanan también las galerías de la Academia y los Uffizi para recibir con los brazos abiertos a miles de turistas. Abre sus puertas el Giubbe Rosse mientras los primeros rayos de luz comienzan a calentar la Piazza de la Repubblica. Se acicala el Estadio Artemio Franchi, reluce su torre de maratón en lo más alto. No es un día cualquiera. Juega la Fiorentina. Y Florencia, vanidosa, sonríe descocada.

Fátima Martín es periodista ex del diario MARCA y futmi.com

25/11/2012

5 thoughts on “Renacimiento fiorentino

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