‘No te rías, que es peor’

MARIO BECEDAS | Es casi imposible averiguar a ciencia cierta si allá por la lejana campaña 94/95, cuando sólo unas manzanas más abajo a Cruyff se le empezaban a deshacer los Chupa Chups, el recién aterrizado en Sarriá Mauricio Pochettino gustaba de sentarse antes de los entrenos frente al televisor y contemplar el hispánico humor de chicharra que Televisión Española nos otorgaba con una poderosa Miriam Díaz-Aroca al frente.

Contemplar la locuacidad del señor Barragán o Marianico ‘El corto’ frente a las cámaras de ‘No te rías, que es peor’, más o menos la misma que campa en los debates políticos de nuestras amadas Cámaras, le puso al aún tierno murfense en disposición de hacer caso al título del programa y no sacar a relucir las blancas fundas por nada del mundo. A ello pudo ayudar que en vez de apagar la reina catódica, el gaucho periquito se quedara prendado de un tal Pedro Reyes, cuya gracia patética radicaba en no emular a esa Mona Lisa que lleva siglos riéndose de nosotros.

Tan rebuscada que por descuido casi puede aparecer en los pergaminos de Freud, el primero que llamó ciencia a eso de estar cachondo, la idea de que la mejor manera de provocar la carcajada es permanecer estoico ante el buen o mal hado pronto encontró acomodo en la mente de Pochettino. Concretamente ese día en el que siendo aún niño decidió que quería ser entrenador de fútbol. En ese instante mágico en el que sol deshizo las nubes que cubrían Murphy y los pájaros empezaron a gorjear, el acaso se presentó con forma de claro en el cielo para decirle al pequeño argentinito que si quería ser coach, tenía que dejar fuera del rectángulo a papá y a mamá, porque la decisión de a quién quería más era entre Clint Eastwood y Buster Keaton.

Por la cosa de no ser descortés y tras una no brillante pero sí compacta carrera de corto, el otrora capitán tomó su resolución y optó por arrimarse a Harry ‘El Sucio’, el de Hollywood, no el Príncipe inglés. Hecha esta elección, el sheriff de Newell’s quiso imitar al indispensable Aragonés en eso de hacerse mayor cambiando de pantalones, las calzonas por los largos, sin salir del banquillo. Pero el melancólico ex jugador tuvo que esperar a que le expidieran el carné y pasar la prueba ante las periquitas para saltar a la plaza demostrando su valía y tomar la alternativa.

El fatídico episodio de Jarque fue mucho más de lo que el pobre recién míster pudo esperar. Imbuidos en el siempre presente espíritu del dorsal 21, capitán que prácticamente no pudo llegar a serlo, el fénix periquito desplegó sus alas y picoteó con fuerza a todos los curiosos que asomaron el morro hasta su nueva jaula, Cornellà-El Prat. La tristeza paulatina y el consecuente duelo se convirtieron en la mandíbula dura y arisca de Eastwood. Pochettino pensó que así el vestuario estaría tieso como una vela y las comisuras del éxito no se cerrarían.

Con actitud de lobo de mar distraído y absorto, entre nostálgico y pesaroso pero con esporádicos conatos de sonrisa frente a los objetivos, el seductor argento hizo recuperar al Espanyol su esplendor en la hierba. Pochettino se transfiguraba en Warren Beatty logrando que una identidad propia desembarcase entre la intifada blanquiazul. Regresaban esas épicas noches de Sarrià, los goles de Marañón, ese inmortal partido con el Leverkusen que debiera visionarse en los colegios. Pero a diferencia de con los berberechos, Dani no supo mantener el estado de estas conservas. Construir un esqueleto por sí mismo, sin necesidad de parapetarse en la vacía hostilidad del rico vecino más catalanista y sólo un poco más burgués,  volvía a ser un sueño.

La estantigua del gol de Tamudo al Barça se revolvía en el pasado anunciando con acierto el eterno retorno de Nietzsche  y el plantel se transformó una vez más en parodia, con zapatiesta incluida en su cúpula directiva. A estas alturas, la cara de Pochettino ya es la de Buster Keaton. Jurándose que ya no sonreirá en una rueda de prensa,  adquiriendo ese patetismo lívido e impávido del cómico en blanco y negro que sí ha provocado risas, pero al otro lado del tifón espanyolista.

El periplo francés tampoco le enseñó al hijo de La Plata esa ardua disciplina de hacer el humor, que el amor lo hacen hasta los mediocres. Pudiendo atesorar las lecciones de uno de los inventores del agresivo slapstick, el ilustre galo Max Linder, sólo se quedó con la faceta del maestro tras los fotogramas, una murria triste que le hizo ser desbancado, como a tantos otros acaeció, por un pequeño tirano, que sin dejar de reír, se ganó el corazón, y la propia dentadura, de todos. Se llamaba Charles Chaplin. Y a más de uno en un banquillo de primera le han llamado payaso por no perder la sonrisa ni en los momentos más afilados. Todo se reduce a arquear un poco hacia arriba los labios frente a los ajenos, pero sin dejar de apuntar a los propios. En tales latitudes cabe la posibilidad de que Pochettino ya esté condenado a no reír, porque si no, será peor, aún.

23/11/2012

Foto: grada360.com / EFE

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