‘Més que un club’, ¿un emirato?

ÁLVARO MÉNDEZ | Eran otros tiempos. Con sus diferencias y semejanzas respecto al de hoy en día, el FC Barcelona de entonces se paseaba por los grandes coliseos europeos con la elástica de la solidaridad. Ganaba con su juego, enamoraba con su magia y ejemplificaba con su imagen. La prometedora primera década del siglo XXI acababa de rebasar el ecuador y ahí estaban Ronaldinho, Eto’o o Deco luciendo en el pecho lo que antaño fue motivo de orgullo para muchos aficionados culés: las siglas de UNICEF. Lo romántico parecía superar a lo deportivo. Era como si las estrellas del firmamento balompédico descendieran a lo más terrenal para alumbrar a aquéllos que aún permanecían en el oscuro olvido de nuestra hipócrita sociedad.

El club de la Ciudad Condal rompía con su noble tradición de no ensuciar la zamarra azulgrana con vacuos patrocinadores para promocionar al Fondo de Naciones Unidas para la Infancia. Una honrosa actitud con la que el Barça perdía la oportunidad de ingresar suculentas cantidades de dinero, pero que a la vez suponía una inteligente maniobra de marketing empresarial para publicitar a la entidad más allá de las fronteras del Viejo Continente. Así, un 0,7% de los presupuestos anuales tendría como destinatario a UNICEF. Caridad, altruismo y humanidad. Todo un salto cualitativo que convertía al Barça en més que un club.

De repente, la burbuja onírica de la lealtad culé al solo patrocinio de los colores estalló. De una u otra forma, la crisis económica afecta a todos, y a finales de 2010 se hizo público que el FC Barcelona había llegado a un acuerdo con Qatar Sports Investment por el cual 170 millones de euros aterrizarían en el Camp Nou a cambio de cinco años de publicidad en el frontal de la camiseta. En base a este millonario trato bañado en petróleo, dicha empresa nacional qatarí se hizo con los derechos de patrocinio, y UNICEF quedó relegado al reverso de la casaca barcelonista. El pecho de Messi, Iniesta y Xavi estaría grabado por Qatar Foundation, una herramienta de public diplomacy en manos también del pequeño emirato del Golfo Pérsico que pretende publicitar la educación, la ciencia y el desarrollo del país.

Hasta hoy en Can Barça se había logrado desviar la atención del acto de renuncia a la historia que aquel contrato supuso. Al fin y al cabo, Qatar Foundation era, como su nombre sugiere, una fundación sin ánimo de lucro con objetivos que pueden ser calificados incluso de loables en cierto modo. Pero, como si de un manipulador de marionetas se tratara, Qatar Sports Investment decidió la semana pasada sustituir el patrocinio de Qatar Foundation por Qatar Airways, la aerolínea estatal. De repente, el FC Barcelona ha pasado de ser un embajador de UNICEF a verse convertido en un instrumento de propaganda de un país que, bajo su apariencia de ejemplaridad, oculta algunas disfunciones nada coherentes con la política de valors y principios que siempre ha pretendido defender el club blaugrana.

Cierto. El poder en Qatar no se ejerce de la misma manera que su vecina Arabia Saudí y el radicalismo islamista no goza de tanta simpatía como en Ryad. Pero no deja de ser una monarquía absoluta en la que toda la vida gubernamental del país, incluida Qatar Sports Investment, permanece en manos de la dinastía Al-Thani. De facto, el emirato funciona bajo los esquemas de una recia dictadura sin elecciones en la que todavía prevalece la sharia —la ley islámica— para juicios familiares y criminales, y en la que, según la ONU, los derechos humanos son violados con frecuencia. Por si fuera poco, el lujo y la opulencia de las élites qataríes que vemos desde Occidente se sostiene gracias al trabajo realizado —a veces en condiciones infrahumanas— por el 80% de la población que es inmigrante.

Y en medio de este mar de contradicciones se encuentra el FC Barcelona. Por un motivo económico, la entidad presidida por Sandro Rosell puede haberse convertido en el cartel publicitario de un país autoritario, aunque por otro lado no deja de ser verdad que continúa donando 1,5 millones de euros a UNICEF y colaborando con diversas causas contra la pobreza, la malnutrición infantil y la violencia de género. Pero ya no parece ser lo mismo. Como dijo Groucho Marx, “estos son mis principios; si no le gustan, tengo otros”. La sangría financiera de comienzos de la presente década obligó al mejor equipo del siglo XXI a cambiar su loable tradición publicitaria por los petrodólares del Golfo Pérsico. Al fin y al cabo, como tantos otros clubes.

Ahora bien, si la idiosincrásica sonata ética que siempre ha acompañado al equipo a lo largo de su historia reciente ha tocado inexorablemente a su fin, ¿merece el Barça seguir autoproclamándose algo més que un club?

22/11/2012

11 thoughts on “‘Més que un club’, ¿un emirato?

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