Noche de vino y rosas

SERGIO MENÉNDEZ | Tres meses de competición le han hecho falta a Real Madrid y Manchester City para afrontar el que puede convertirse en el primer match ball de la temporada para ambos equipos. Curioso, teniendo en cuenta que desde la dirección general de sus organigramas se trabaja con vistas a que ese momento no llegue hasta bien entrado el mes de mayo, quizá con algún título ya matemáticamente logrado a esas alturas. Cualquiera que a mediados de agosto hubiera insinuado que merengues o citizens podrían quedar apeados del camino hacia el más importante de cuantos títulos se disputan a lo largo de la temporada, ahora que los turrones y el ponche de huevo apenas si han empezado a acechar, habría pasado por loco. Bienaventurados ellos, que esquivan de nuevo un duro golpe a cargo de la realidad.

Más allá de sus rimbombantes presupuestos y estelar nómina de jugadores, los clubes presididos por Florentino Pérez y Mansour bin Zayed Al-Nahyan guardan algún que otro parecido adicional. Tras haber conquistado Liga y Premier la campaña anterior, los dos son equipos cuya gran esperanza para el presente curso reside en hacer valer sus opciones de ganar la Champions League. Más aun en el caso de los primeros, que, en palabras de su máximo mandatario y ser superior, “lleva en su ADN la palabra Europa”. Frente al recién llegado Manchester City, Mourinho y los suyos se enfrentan a la que viene siendo obsesión de la parroquia blanca desde que en 2002 se alzasen con su última “orejona”.

Hablando de semejanzas, y aprovechando que los técnicos salen a relucir, es al girar la vista hacia el banquillo cuando las coincidencias entre los planteles se ponen de total manifiesto. No ya sólo por el hecho de que el luso y Mancini compartan pasado nerazzurri, o porque su forma de plantear los partidos en según qué ocasiones les haya valido para ser nombrados —prensa y aficionados mediantes— cofrades de la orden del puño cerrado. Ni siquiera por el show que, entre inocentes preguntas o literalmente ocultos tras la careta del segundo de a bordo, ambos han protagonizado alguna vez en sala de prensa.

La cuestión es que tanto uno como otro forman parte de ese enigmático grupo de caballeros donde la frontera que permite distinguir entre la seguridad en uno mismo y la altivez permanece bastante difusa. Apodados Il Bello y The Special One, las guías de estilo desgranan sus modus vivendi en pos de la extinta masculinidad, puede que oculta en el labrado albiceleste que recubre el cuello del trasalpino o los sugerentes polos de lycra tan fetiches de Mourinho. Si a ello le sumamos su reconocida pasión por el arte, la música, el cine, el teatro (del bueno), no cabe la menor duda de que nos encontramos ante dos auténticos bons vivants.  Hedonistas de los que todos imaginamos envueltos en seda, reposando a media tarde junto al fuego con el codo apoyado en el reposabrazos del sillón, agitando en círculos uno de los mejores tintos de El Médoc.

Siempre una copa de vino entre los dedos. Tal y como sucede al término del encuentro en el Etihad Stadium.

Porque antes de que el olor a petróleo comenzase a impregnar las gradas del otrora City of Manchester, ya existía en el coliseo citizen una costumbre tan arraigada en la identidad del equipo como los propios hermanos Gallagher. Sea cual sea el marcador, por encima incluso de lo injusta o dolorosa que haya sido a derrota, el entrenador local está obligado a convidar a su homólogo visitante a un trago de vino una vez concluido el choque. La cata, de hecho, debe efectuarse en la sala que los túneles de vestuarios tienen concebida para tal fin, en lo que representa una singular muestra de sibaritismo para una cultura acostumbrada a otros elixires con más dosis de cebada que bouquet.

Queda por ver qué les deparan suerte y talento a Manchester City y Real Madrid. De ello, al menos, depende  la actitud con la que sus respectivos preparadores afronten el brindis postrero. Un esperado alivio dará paso al vino en el ganador después de apurar su copa. Puede verse también al derrotado, por su parte, hilando una ronda con la siguiente mientras ahoga sus penas y maldice su mala estampa, a la espera de que la botella agonice o las luces del estadio se apaguen, lo que antes venga. ¿Quién sabe si, al igual que le ocurre a Jack Lemmon en el filme de Blake Edwards, superado por la adicción del momento, el sueño del perdedor se desmorona por completo tras esa copa? Imposible acertar. Las fuerzas están igualadas. Puede que Mourinho cuente con mejor artillería, pero el de Jesi tiene a la casualidad de su lado. Al menos, Henry Mancini, compositor de la banda sonora de la película, le ampara.

21/11/2012

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