El coro de Siem de Jong

JULIÁN CARPINTERO | La lechuza de Minerva siempre despliega sus alas con el ocaso. O al menos ese fue el dogma que predicó Hegel y con el que intenta explicar que el ser humano saca lo mejor de sí mismo cuanto más difícil es su situación. A lo largo de la historia muchos genios han visto la luz cuando la penumbra parecía apoderarse de ellos, y en el caso del compositor italiano Giuseppe Verdi tuvo que ser la muerte de su esposa y sus dos hijos lo que le alentara a escribir la ópera Nabucco, un éxito sin precedentes tras ser estrenada en La Scala de Milán y con la que recuperó el autoestima tras varios fracasos sonados. Precisamente uno de los pasajes de esta obra es entonado religiosamente por los hinchas del Ajax de Ámsterdam antes de cada partido, pues encuentran en Verdi un ejemplo para creer que pueden volver a ser grandes.

Ha pasado ya mucho tiempo desde aquel 24 de mayo de 1995. El equipo más laureado de Holanda volvía a una final de la Liga de Campeones después de que dos décadas atrás Johann Cruyff comandara a la escuadra ajacied a su trío de entorchados continentales. Dirigida desde el banquillo por los métodos castrenses del sargento Van Gaal, la enésima camada de talentos brotados desde el vivero de las categorías inferiores —Davids, los gemelos de Boer, Overmars, Van der Sar, Kluivert— conseguía vencer sobre el césped del Ernst Happel a la bestia que era el Milan de Fabio Capello. La temporada siguiente el Ajax volvería a repetir final, esta vez contra la Juventus, pero los fatídicos once metros privaron a los holandeses de revalidar tan preciado título y serían los primeros pasos hacia el exilio. Llegaba la oscuridad y con ella comenzaban a sonar las partituras de Verdi.

En una alegoría siniestramente parecida al sufrimiento que padecen los protagonistas de la ópera del compositor italiano, los aficionados del Ajax se sentían cautivos de su pasado y prisioneros de una fuerza opresora peor que la malvada reina de Babilonia capaz de arrebatarle la corona a su padre y ordenar matar a todos los judíos de Israel. En este caso, la pérfida Abigaille se ponía el disfraz de Ley Bosman, una sentencia dictada por el Tribunal de Justicia de la Unión Europea que anulaba las restricciones al número de jugadores extranjeros en cualquier club del continente. Las consecuencias fueron desastrosas para el Ajax: los equipos con más poder económico pusieron sus miras en el Ámsterdam Arena y, como aves de rapiña, se llevaron a los Finidi, Litmanen o Seedorf. Sin embargo, y de igual forma que el pueblo hebreo asumió que con sus armas no podía luchar contra los babilonios, los seguidores ajacied comprendieron que llegaban años de vagar por el desierto esperando la venida de un Zaccaria que les recordara quiénes eran.

Pero la tarea de ejercer de Mesías es complicada, pues conlleva sacrificios para el esperado en cuestión pero también para el pueblo que anhela su llegada. Van der Vaart, Ibrahimovic, Sneijder o Luis Suárez llegaron a conectar con el sentimiento de una grada apasionada, pero flaquearon ante el existencialismo y la fugacidad de la vida del futbolista, de modo que cegados más por el ansia de gloria que por el brillo del dinero continuaron la diáspora para tristeza de sus devotos. El bucle espiritual se repetía mientras rivales que antaño fueron menores se les subían a las barbas en la Eredivisie.

Pero cuando menos lo esperaban, cuando los niños que ahora van al campo no habían nacido aquella mágica noche vienesa, apareció él. Siem de Jong, un chico educado y humilde, que ha sentido el Ajax desde pequeño y que juega —y muy bien— de falso 9 por orden de Frank de Boer, se ha propuesto entonar la tonadilla con la que el coro de los esclavos de Verdi espoleó los sentimientos nacionales italianos en un momento en el que la sociedad reclamaba su unificación bajo una corona. “¡Oh, mi patria, tan bella y perdida! ¡Oh recuerdo tan querido y fatal!” dice el estribillo del “Va, pensiero”, palabras y música que han dejado de ser un simple lamento para convertirse en un himno que retumba en la arquitectura modernista del Ámsterdam Arena cuando 50.000 almas siguen el ritmo de la ópera y agitan un sinfín de banderas blancas.

Mañana, el Ajax recibe al Borussia de Dortmund en un partido que marcará el devenir de los holandeses en la máxima competición del fútbol europeo. Liderados por Siem de Jong (que suma 3 goles en 4 partidos), el coro de Ámsterdam quiere dejar de ser esclavo para volver a ser libres y pasear su música por Europa. La empresa es harto complicada, pero basta con recordar a la lechuza de Hegel: al fin y al cabo, después de su drama familiar, Verdi volvió a encontrar el amor con la protagonista de su ópera.

20/11/2012

9 thoughts on “El coro de Siem de Jong

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