‘Batallón Jiménez’

MARIO BECEDAS | Cuentan las más conspicuas crónicas legadas por la pizpireta Clío que dos centurias más allá la Margen Izquierda del Ebro, así como su opuesta compañera, se pusieron en guardia contra el francés que les intentaba calar el morrión. Haciendo gala de una obstinación con escasos precedentes, la nobleza baturra se ató el pañuelo de cuadros fuerte a la cabeza y, con las baterías enfiladas desde la extinta Puerta de Sancho hasta la acribillada por las guerras del Carmen, se juró a sí misma que Zaragoza nunca más caería.

Pero la pasión se extinguió con el agua de Vichy y los Sitios pudieron con la Pilar, la Agustina, y si se apura, con todas las predecesoras de la Dolores, la de Calatayud. La feroz lucha casa por casa dejó más boquetes que paredes y una lección para España, apiñada toda ella con su mantilla en la Tacita de Plata. La sangre aragonesa sirvió para que la causa nacional no bajara los párpados y el extremo, y tan extremo, sur de la península, la Caleta, se convirtiera en la Asturias de la prima Reconquista. Este empuje y la testiculina arrogante de Wellesley, Wellington para los amigos y Velintón para los patriotas de antaño, quien, por cierto, nada tiene que ver con las chuletas, liberaron al país de las hordas napoleónicas cuando ladrillos y cadáveres ya tenían el mismo color.

Caprichoso es el devenir, y en el momento en que los disparos y cañoneos se trasladaron por arte y magia a los estadios de fútbol, los blanquillos quisieron hacer gala de la cabezonería innata que viejas glorias, además de caramelos gigantes, les había otorgado. Pero si la Virgen del Pilar detuvo las bombas rojas en su templo, con la llegada del siglo XXI se quitó los guantes y dejó de parar la sangría de misiles que encajó La Romareda. A pesar de su entente cordial con Movilla y Galletti para vengar a Del Bosque, la patrona echaba de menos la época del aldabonazo de Nayim y condenó al equipo de sus amores a una vertiginosa trayectoria de ascensor, en la cual el hilo musical volvió loco a todo el Ligallo y parte del 32.

Pocos creerán ahora que el verdadero héroe de este Sitio se llamaba Paco Flores. El denostado catalán, que llegó a llorar huevos fritos contra el Compostela cuando parecía que el último Zaragoza de Solans no volvería a combatir en Primera, fue quien consiguió, merced a fútbol de patatal y resultados gafas, que lo blanquillo, ya tendente a gris, no se pusiera negro. Desde entonces, y hasta con título de Copa y Supercopa mediante, el luminoso cartel de los Víctor, Fernández y Muñoz, Aguirre o Irureta no terminaba de conseguir que frenase el ritmo de montacargas. Episodios esporádicos de coraje demostraban que los soldados del batallón tenían su moral, pero que necesitaban un caudillo fuerte hacia la victoria, ya no contra el francés, si no contra sí mismos.

Cuando la tragedia ya anegaba el Ebro irremisiblemente, el sur vino de nuevo a salvar a la inmortal Caesar Augusta de la mano de Manolo Jiménez, el lince del Arahal, el de los cojones. Después de que la Virgen de los Reyes se le apareciese a Del Nido para decirle al oído que si echaba al míster canterano no lo llevaba a juicio, Jiménez emigró a tierras helénicas para comprobar que desde Aristóteles la crisis no ha cesado de girar. Un Zaragoza que ya era la próxima parada de Stop Desahucios, a 15 puntos de la permanencia, fue el reto que aceptó el sevillano para demostrar que, al mando de un batallón, ningún invasor le toca las charreteras y que de un único grito hubiese puesto firme a la ínclita, inclinada y ya truncada Torre Nueva maña.

La sangre caliente del Coronel Jiménez quizá le venga de su origen. Simbólico pueblo en la Historia de las inevitables vicisitudes hispánicas es El Arahal. Este sufrido municipio sevillano contempló al primer tigre de nuestra prole castrense, el iracundo Narváez, mandando fusilar a todo el populacho que se le cruzó pidiendo pan. Cuestión de ocho décadas sería que durante la Guerra Civil, el párroco del lugar, envuelto en llamas, salvase la vida incrustando jeta y cabeza en una letrina o que el alcalde de aquel inolvidable verano, un humilde y anciano zapatero, fuera ejecutado por los mismos nacionales que violaron a todo lo que encontraron por allí. Episodios de hazaña oscura como éstos son la pura idiosincrasia del valor en las gentes de corazón alborotado y sentimiento fuerte como el nuevo prócer de La Romareda.

Las increpaciones al capitán Paredes a las afueras del estadio exigían un Palafox de turno que ordenase ajusticiar a sus propias tropas si no le secundaban en los ataques y defensas. Pero Jiménez fue más pragmático. Tirando de vídeos con estética wagneriana insufló el espíritu que en su momento hizo traer de vuelta al rey felón a nuestros jardines. Los flecos los dejaba para las ruedas de prensa como aquella mítica de La Rosaleda en la que clamó sentir vergüenza y escupió los titulares oportunos a balazo limpio. Declaración que algún día se enseñará en las clases de periodismo. Con esas maniobras, a priori impropias de un señor español, moreno, adusto, de complexión años 30 y mentón de Marcelino, el del pan y el vino, en edad de ir a la Guerra; el  andaluz se creció en los parapetos y consiguió acabar la función en jota mientras los zaragocistas entonaban el nuevo himno de las Cortes de Aragón: “Manolo Jiménez, que cojones tienes”.

Aguantada esta primera embestida, Jiménez, jefe de batallón, persistió con su particular mercadillo de milagros después de acordarse de los “bocazas” tras la algarada de Getafe. Logró una renovación por 3 años, más difícil que vender un piso hoy, y sobre todo, que Agapito no acabara despeñado por los Galachos de Juslibol. Con sacos terreros y barricadas desde Portillo hasta Hispanidad, los nobles baturros se obstinan en defender su propia Independencia en la tabla. Por lo pronto, el otro día, los vigías coruñeses de la Torre de Hércules empezaron golpeando fuerte, pero acabaron con una manita en la cara. Ahora se avecina una expedición a la ciudad condal que puede acabar peor que las que probó Carlos VI. La siguiente defensa del Sitio será ante un viejo conocido, el Celta. El batallón, aunque muchas veces irregular, continúa combatiendo con orgullo de Arahal. Seguramente porque Jiménez sujeta la puerta del ascensor para que no baje.

16/11/2012

Foto: elmundo.es

5 thoughts on “‘Batallón Jiménez’

  1. Pingback: Aguirre | Falso 9

  2. Pingback: El jinete de París | Falso 9

  3. Pingback: El jinete de París | Falso 9

  4. Pingback: “Nunca invité a cenar a Seaman” | Falso 9

  5. Pingback: Marca España | Falso 9

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s