Feo, fuerte y formal

MARIO BECEDAS | Para aquellos que escuchamos a Loquillo como un canto a la nocturna juventud de fondo de vaso y corazón ebrio, no como artista borderline, es fácil recordar el título y estribillo de esa canción que todos los tímidos hemos sentido alguna vez como propia al llegar de nuevas a algún sitio. Y esa partitura, con bandas de trompeta por medio, es la que ha venido solfeando en los últimos 15 años un equip de primera, no se sabe si el millor, que es el Valencia.

Con el interminable Pellegrino al timón, la institución del murciélago vuelve a sobrevolar el césped buscando sus raíces más puras de las épocas doradas. En la albufera traicionera que es el fútbol, el fracaso se esconde detrás de las matas y aparece cuando más relajadas parecen las aguas. Por eso, los chés anhelan encontrar una vez más la receta de la paella que mejores digestiones les ha dado. Volver a ser ese equipo feo, pero fuerte y formal, que, sin dejarse llevar a la huerta por el cerrojazo, sabe ganar, ganar y volver a ganar, como clamaría el Sabio.

Durante temporadas, hemos estado acostumbrados a que cada vez que la canícula nos collejeaba la nuca, las películas de vaqueros no sólo se proyectasen en el salón a la hora de la siesta, sino que los revólveres también estuviesen siempre bien cargados a orillas del Turia. Estos duelos a una bala entre unos y otros, emulando al más sublime Blasco Ibañez, acababan cada gota fría con un exilado, voluntario o forzoso, embarcando en un giboso falucho y con lo puesto en El Grao, como ya hizo Prim, hacia su casa o con la brújula apuntando a embarcaderos con más pompa y presupuesto dejando en el muelle levantino una monda saca de reales.

Pero como los doblones únicamente daban para tapar las goteras y seguir contando con la inestimable divinidad de Españeta; el Valencia tuvo que hacer de la necesidad virtud o de tripas corazón, como se prefiera, y demostrar que aunque se llevaran las mejores naranjas, el árbol seguía siendo lustroso. Dilucidar quién consiguió convertir la pulpa en refinado zumo se puede convertir en ardua tarea si se tiene en cuenta que en esta fase de exprimir hubo varias manos. Y si Ranieri trajo la bandera de corsarios del Mediterráneo, fueron Cúper y sus palmadas a full en el pecho los que sacaron el arte de un galeón que ya hundía fragatas de mayor envergadura, con especial fijación en la condal, y que se quedó a la orilla de dos islas del tesoro, una por un Marqués y la otra porque a un filibustero, ahora capitán de la nave, se le cayó el loro a once metros del cofre.

Mas, si tenemos que hacer apología de un almirante, el señalado es Rafa Benítez. El hombre al que el Liverpool demostró que al final sí se puede caminar solo en esta ciencia del balompié, esculpió con un triste cincel y numerosos remiendos sobre la más dura piedra un conjunto imbatible, sin boato y cuya elegancia radicaba en no tenerla ni necesitarla. Con nombres provenientes del mercado secundario, como la deuda que no nos compra Draghi, el míster armó con sus piezas blanquinegras un planteamiento de jaque mate por resistencia. Una lección de rotaciones que después han copiado todos los Kasparov de la pelota.

El Valencia que conquistó el doblete con Mista y Angulo como máximos artilleros nos enseñó que muchas veces, como nos explica el brillante tupé del líder de Los Trogloditas en su canción, al fútbol no se viene a por amigos, pero que siempre está bien que puedan contar con uno. Y es que, tras una etapa de criogenización que comenzó con ‘las segundas partes nunca fueron buenas’ de Ranieri, prosiguió con las penas y alegrías de Quique Sánchez Flores y culminó con el pack ‘tragedia + título’ de Koeman; fue el gran vasco Emery el que logró hacer de calafateador para evitar que el líquido elemento entrase por las fugas del barco. El argonauta resultó artífice de que algo fuese invariable en Mestalla. Europa se veía más lejos, pero en suelo patrio no se bajaba del bronce. Quizá porque Benítez no había tallado en piedra, sino en metal.

Empero el gusto por las glòries de la hinchada y la mentalidad mercadoniana de Manuel Llorente provocaron la vesania colectiva haciendo que el Hulk de Fuenterrabía enfilase el camino cosaco hacia Moscú, como el oro, para traer de recambio a un entrenador de Hacendado: supuestamente más bueno, más bonito y más barato. Tras el gafe y los tropezones iniciales de la criatura que se echa a andar recién arrojada al vasto mundo, el Valencia se ha puesto castrense a espaldas de Soldado y frente al Atleti, el eterno rival por el último peldaño del podio español, así como contra el BATE en Champions, ha dejado entrever las que quieren que sean sus cartas. Ante Bayern y Madrid apareció lo feo, pero en las clasificaciones van imponiendo sus galones lo fuerte y lo formal. Ahora es Pellegrino quien, desde mucho más lejos que cuando aquellos once pasos en San Siro, tiene que demostrar que esta falla no es de cartón piedra y que si arde, no puede olvidar lo que ya moduló Loquillo, que aunque se le tache de un poco animal, en el fondo este equipo es un sentimental.

09/11/2012

Foto: Vavel

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