Cuando Bin Laden casi acabó con Beckham

ÁLVARO MÉNDEZ | El Mundial de 1998 será recordado por siempre como aquél en que la mítica Francia capitaneada por Deschamps bordó por primera vez una estrella dorada en la elástica bleu. Todo ello ante la letal Brasil de Ronaldo, Romario y Bebeto. Un hito legendario. Y es que, por muchos cabezazos que algunos quieran exponer a las puertas del Pompidou, el doblete mágico a base de testarazos con el que Zizou abrió el camino hacia la gloria será lo que realmente permanecerá en los corazones de todo un país.

Del papel español mejor no hablaremos. A pesar de los efectos del Iniestazol contra el insomnio, todavía son muchos los que se despiertan sudorosos a media noche por culpa de esa pesadilla protagonizada por Lawal, Zubizarreta y unos guantes de mantequilla. Pero lo cierto es que, a nivel general, fue un torneo memorable, muy especialmente para tres combinados: Croacia, Sudáfrica e Inglaterra.

La ex-república yugoslava, en un alarde de insolencia precoz, se quedó a las puertas de la final al poner contra las cuerdas a la mismísima anfitriona, a la que obligó a remontar en un todo o nada dramático. Un tal Davor Suker —Bota de Oro con seis dianas— tuvo la culpa de la gesta croata. Sudáfrica, por su parte, se reencontró con la participación en la gran cita mundialista tras años de exclusión a causa del apartheid. E Inglaterra… salió con vida de allí. En el sentido más literal de la expresión.

A principios de 1998, los cuerpos de seguridad europeos detuvieron a varios individuos estrechamente relacionados con el mundo del terrorismo internacional. Al parecer, el Grupo Islámico Armado de Argelia había planeado, en colaboración con Al-Qaeda, una masacre de dimensiones inimaginables en pleno Mundial. Según cuenta el periodista Adam Robinson en su obra Terror on the pitch, el gran atentado estaba planeado para el día 15 de junio, fecha en la que la Selección de Inglaterra se estrenaba contra Túnez en el Stade Vélodrome de Marsella.

Los pupilos de Osama Bin Laden lo tenían todo meticulosamente estudiado. Durante meses varios integrantes de la célula terrorista habían allanado el terreno haciéndose pasar por fieles aficionados del Olympique de Marsella —una hinchada multicultural, al igual que la ciudad a la que representa— con el objetivo de ingresar en la organización del Mundial como voluntarios para el Inglaterra-Túnez.

Los planes no podían ser más sangrientos. Una vez el colegiado hubiese decretado el inicio del choque, y con más de 500 millones de personas frente al televisor en todo el mundo, un terrorista cubierto de explosivos iba a saltar al campo para hacerse estallar en mil pedazos junto al meta David Seaman. Un atentado suicida que sembraría el pánico en el coliseo marsellés y que supondría la señal para sus hermanos integristas. El siguiente miliciano tenía por misión inmolarse junto al banquillo inglés, asesinando no solo al técnico Glenn Hoddle, sino a dos jóvenes promesas del fútbol británico como David Beckham y Michael Owen. Un último ataque situaba el blanco de los fusiles y las bombas islamistas en Alan Shearer y en el graderío que aglutinaba a los seguidores ingleses. Fuego indiscriminado. Pero la cadena de atentados que Al-Qaeda había preparado no iba a acabar ahí. Mientras el Vélodrome ardía envuelto en las llamas del odio, el macabro guión establecía que un segundo grupo terrorista explosionara el hotel de concentración de la Selección de Estados Unidos.

¿El objetivo? Acabar con los iconos de la infidelidad y de la insumisión a lo divino, exterminar el materialismo de una sociedad enferma, consumista, atea e inmoral, y pulverizar los valores corruptos de Europa y América. Un cúmulo de sinsentidos que, gracias a Dios —o a Alá—, no se convirtieron en realidad, pero que sentaron las bases de los grandes atentados terroristas que sufriría Occidente en el siglo XXI.

Afortunadamente, las fuerzas de seguridad francesas habían infiltrado a varios agentes entre las células de Al-Qaeda y del Grupo Islámico Armado de Argelia y, en un dispositivo policial sin precedentes, evitaron la tragedia. En los meses previos al inicio del Mundial se detuvo a los supuestos brazos ejecutores y se confiscaron numerosas armas y material explosivo. Entonces, el mundo del fútbol se salvó. Pero la tranquilidad tardó solo tres años, dos meses y 26 días en evaporarse, exactamente hasta aquella fatídica mañana del 11 de septiembre de 2001.

8/11/2012

7 thoughts on “Cuando Bin Laden casi acabó con Beckham

  1. Pingback: Cicatrices | Falso 9

  2. Pingback: Argentina, campeona del mundo en anuncios | Falso 9

  3. Pingback: Argentina, campeona del mundo en anuncios | Falso 9

  4. Pingback: La paradoja del Balón de Oro | Falso 9

  5. Pingback: ‘Los Fabulosos Cadillacs’ | Falso 9

  6. Pingback: Addio, Firenze! | Falso 9

  7. Cuando quieren, los gendarmes gabachos realizan ejemplarmente su misión. ¿Dónde estaría ETA si siempre hubieran actuado así?

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s