Shankly vs Valdano

JULIÁN CARPINTERO | Dicen los que han trabajado con él que, a pesar de haber nacido en el corazón de la Lombardía, a Giovanni Trapattoni cuesta entenderle cuando habla italiano. Y es que lo suyo no son los idiomas. Su pronunciación se torna dantesca cuando intenta dar una rueda de prensa en alemán y de poco le han servido los cuatro años que lleva entrenando en Irlanda, tanto es así que Shakespeare sentiría escalofríos si le oyera chapurrear ese sucedáneo de su lengua. Sin embargo, Il Trap es uno de los técnicos más respetados del Viejo Continente y en su currículum figuran, entre otros, los banquillos de Inter, Juventus, Bayern o la mismísima azzurra. Ningún jugador rechazaría una llamada suya para formar parte de uno de sus equipos. Salvo que el futbolista en cuestión se llamara James McCarthy y tuviera que debatirse entre la filosofía de Bill Shankly o la de Jorge Valdano.

El 2 de diciembre de 2011 se celebraba en el Palacio de las Artes de Kiev el sorteo para la fase final de la Eurocopa que acabaría encumbrando a la España de Del Bosque y Aragonés al olimpo de los equipos eternos. En el bombo 4 estaba la República de Irlanda, que ponía fin a su exilio en un gran torneo una década después, tras haber estado ausente del Mundial de Sudáfrica a causa del expolio perpetrado, al alimón, por el árbitro sueco Martin Hansson y la traviesa mano de un tal Thierry Henry. En la cabeza de Trapattoni rondaba el nombre de James McCarthy, un joven centrocampista de 21 años que se había hecho con las riendas del Wigan de Roberto Martínez en la Premier League. Pero, una vez más en la vida de McCarthy, las circunstancias le hicieron elegir.

El pequeño James nació en la fría Glasgow con todos los clichés que eso conlleva: protestantismo, catolicismo, unionismo, independencia, Union Jack, Escocia e Irlanda. Siendo juvenil, unos meses antes de firmar su primer contrato profesional con el Hamilton Academical —un equipo de la segunda división escocesa—, miembros de las categorías inferiores de la Federación de Irlanda se fijaron en McCarthy y comenzaron a buscar ascendencia irlandesa en la sangre del talentoso pelirrojo. No solo la encontraron en unos antepasados del condado de Donegal, sino que ofrecieron a la familia McCarthy la posibilidad de que su hijo jugara para la nación del trébol. Indeciso por haber vivido siempre en Escocia, sus dudas se disiparon cuando su abuelo, moribundo, le pidió que aceptara la propuesta de Irlanda. Y como a un abuelo pocas cosas se le pueden negar, McCarthy se olvidó de William Wallace.

Tras haberse consolidado en las categorías inferiores de su selección y en la medular de los latics, en la que dicen es la liga más competitiva del mundo, ya hacía más de un año que a James le había llegado la oportunidad de debutar con el equipo nacional, nada más y nada menos que contra Brasil, momento en que puso fin a las especulaciones sobre que hubiera reconsiderado jugar con Escocia.

Así pues, todo indicaba que McCarthy sería uno de los 23 hombres que Trapattoni llevaría a Polonia y Ucrania para intentar que el trébol ondeara lo más alto posible. Pero el cáncer, esa plaga que se lleva vidas y destruye familias, se cruzó en el camino de James. A su padre le habían detectado un tumor maligno y necesitaba el cariño de los suyos, una medicina más fuerte que la quimioterapia o los analgésicos y que, hasta ahora, es la única que parece tener efectos positivos. El jugador, en una muestra de madurez impropia de un chico de 21 años, llamó a Il Trap dos semanas antes de que éste anunciara la lista definitiva y le comunicó que su sitio ese mes de junio estaba al lado de Willie y Marie, sus padres, para pasar con ellos tan duro trance.

No era una decisión tomada a la ligera. ¿Cuánto tiempo pasará hasta que Irlanda vuelva a un torneo como una Eurocopa? ¿Estaba dejando pasar McCarthy la oportunidad de mostrarse a los ojos del planeta fútbol enfrentándose a España o Italia? Qué más daba… James se estaría acordando de cómo su padre le llevaba a los entrenamientos a más de 15 kilómetros de su casa o de que fue él quien le puso al cuello por primera vez una bufanda del Celtic de Glasgow.

Y es en ese momento cuando los gruñidos fabriles de Bill Shankly pierden la batalla ante la refinada retórica del discurso borgista de Jorge Valdano. El fútbol no va más allá de la vida y la muerte, sino que es lo más importante de las cosas menos importantes. McCarthy perdió el tren que le llevaba a disfrutar una experiencia única, pero atesoró momentos junto su padre. Y ese campeonato sólo se juega una vez en la vida.

06/11/2012

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