Amapolas

MARIO BECEDAS | Quizá la respuesta más certera que tengamos al perpetuo interrogante de quiénes somos la encontramos mirando fijamente al espejo nada más levantarnos el día de nuestro cumpleaños. Y posiblemente esto es lo que le pasó a Guti el pasado miércoles, cuando octubre tocaba a rebato y los Santos llamaban a la puerta. La perpetua promesa del fútbol español llegaba a las 36 temporadas mesándose la perilla frente al revelador reflejo que nos otorga el cuarto de baño y preguntándose quién era. Para esclarecer el acertijo, tuvo que tirar de memoria, ese montón, precisamente, de espejos rotos, como la definió el mágico Borges.

En cada uno de esos pedazos del vidrio, el catorce más rebelde que se ha contoneado por la historiografía de Chamartín vislumbró, intentando no cortarse con las aristas, todos los episodios de una azarosa trayectoria que empezó con el sueño de ser futbolista y que acabó con la pesadilla de dejarlo de ser por la puerta lateral, esa que no es la de atrás, pero que se le parece. En la traidora galería de recuerdos que es nuestra retentiva, la primera imagen con la que se topó José María resultó ser esa rueda de prensa que ya confirmaba que el canterano que parecía de oro por fuera, siempre fue de chocolate por dentro. Sus palabras cuestionando al plumilla de turno acerca de si dormía por las noches teniendo la conciencia tranquila por su trabajo e instando a otros cuantos a irse a recoger amapolas al campo, siguen retumbando bajo ese dorado y liso telón capilar que tantas veces se abrió en el Bernabéu para un postrero acto.

Cuestionándose si a él no le ocurriría otro tanto de lo mismo, el figurín polivalente hizo del ataque su mejor defensa esgrimiendo a cada secuencia esa altanería innata, tan sublime y espontánea como sus inconstantes asistencias en boca de gol. Este recurso ha sido siempre el velo que ha ocultado la inseguridad arquetípica de chaval al que las canteras de los grandes equipos frustran sin compasión en un tribal mercadeo. Ese trauma nunca resuelto ha hecho que, más chulo que un ocho, el flaco chico de Torrejón haya estado catorce años haciéndole el catorce a la parroquia blanca. Una conversación de palco en Padre Damián no se podía entender sin el “yo lo pondría aquí”, “tiene que jugar más retrasado”, “sólo sabe peinarse”… para rematar cada una de las veces con un lacónico “pero lleva al club dentro”.

Y una noche, sin más, llegó el primer alcorconazo, que el segundo lo ha pegado Adelson, y lo inevitable se convirtió en bandera. Ese Madrid agónico, encajonado por la formación de Anquela, puso en el disparadero a Guti, que ya entreveía con su cotidiana cara de “qué pasa contigo, eh” que el fútbol le empezaba a borrar de la pizarra como jugador y que se abría un necesario proceso en el que la parte más hagiográfica, nocturna y alevosa de su vida, no sólo tenía que salir a pasear, sino hacerlo más a menudo para no perder de vista de forma irremisible las luces de neón. Ni el taconazo de cristal que enmarcó en Riazor ante un aterido Benzema consiguió reavivar un amor ya perdido.

Esta dolorosa transición nos deparó la experiencia blanquinegra del madrileño en Turquía. Una vez aterrizado en el asiático portalón de Europa, o viceversa, su búsqueda de la pasión turca acabó peor que la de Ana Belén y desembocó en pasión kurda. Como la que pareció agarrarse el dicharachero deportista corriendo su propio rally, con todoterreno bajo los tatuajes, y frente a las salivantes cámaras televisivas que aguardando se hallaban para comprobar que después de tan temerarias maniobras el pozo del involuntario concursante de reality cantaba a etanol.

Este descenso a los infiernos de la dignidad compuesto por el mismísimo Dante, también presente en los rotos fragmentos del espejo deformador de la memoria, nos hace a muchos nostálgicos añorar esa Liga que se nos fue, que ya apenas existe, esa competición de ajos bajo los palos y de encontronazos entre presidentes. Guti suponía el último engranaje de un tipo de torneo que se ha convertido en un quiero y no puedo elegante emulador de los perfectos estadios supletorios nórdicos con los que nos tropezamos en cada Champions.

Ni espasmódicos capítulos como el apagón vallecano o la entrega de 007 que escribe, rueda y protagoniza cada semana en Valdebebas el agente secreto preferido de su majestad Mendes, Mou, Jose Mou; han hecho que se recupere ese encanto de presenciar a Jesús Gil partiéndose la cara con alguien o acariciando a su caballo tras salir de un lujurioso jacuzzi, por no hablar de las rajadas de Lopera, los fichajes astronómicos a la par que exóticos en la parte baja de la tabla de una Liga de 22, los maletines de la jornada 38, las pañoladas a Gaspart o los gazpachos a medianoche entre ‘Del Niu’ y ‘Lapuerta’.

Esa Liga es la que ha perdido su último tren con este inmortal joven que sólo quería una moto y al que le gustaban las grandes noches de fútbol, si acababan en la discoteca. Ese insumiso que se mira en el espejo, ese ídolo de cartón que ha conseguido terminar su carrera futbolística con una interrogación gigantesca y odiosa, ¿de verdad era bueno? Pero todo esto no es óbice para declararlo como pasado, y, en el último trozo de espejo por recoger, Guti retornó al recuerdo más punzante, sus palabras a aquel periodista al que mandó a por amapolas, la roja sangre de la Tierra según Juan Ramón Jiménez. ¿El por qué? Ahora es nuestro dionisíaco personaje quien ejerce la libertad de expresión en las ondas radiofónicas y se ha vuelto adicto a los 140 caracteres. Cualquiera sabe si cuando menos lo espere, es él quien tendrá que emigrar al campo, no de fútbol en este caso, a recolectar la flor más preciosa de la familia de las papaver, la sin par amapola.

2/11/2012

Foto: blogspot.com

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2 thoughts on “Amapolas

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