Tutankamón juega en San Siro

JULIÁN CARPINTERO | El 4 de noviembre de 1922 el arqueólogo británico Howard Carter hallaba en el Valle de los Muertos de Luxor la tumba KV62. Extasiado por la solemnidad del momento, el más importante de su vida, Carter descubrió que el pequeño sarcófago que tenía ante sus ojos era el de Neb-jeperu-Ra Tut-anj-Amón, uno de los faraones con más mística del Antiguo Egipto y al que la nomenclatura occidental ha bautizado como Tutankamón. Casi un siglo después, y lejos de parecerse a Indiana Jones, Adriano Galliani debió tener una sensación similar a la de Carter cuando en la primavera de 2011 viajó a Padua para ver a un delantero que está llamado a ser la piedra sobre la que se edifique la penúltima pirámide de Berlusconi.

Resulta muy tentador, e infinitamente difícil, querer escribir una de las “Historias del Calcio” de Enric González siempre que intentamos juntar palabras con el fútbol italiano de trasfondo. No obstante, estoy seguro de que si él hubiera seguido viviendo en Roma una de sus piezas habría estado dedicada a la gran sensación de la Serie A en estos dos primeros meses de competición: Stephan El Shaarawy.

De por sí, su nombre ya es mediático, y sólo su ascendencia egipcia es menos llamativa que la cresta que luce el dorsal 92 de los rossoneri. En su carácter latino —con todas las ventajas e inconvenientes que ese arquetipo conlleva— tiene mucha importancia la influencia de su padre, egipcio de nacimiento pero que vivió durante un tiempo en Venezuela para, finalmente, trasladarse a Italia y estudiar psicología. El fruto de su amor con una mujer italiana fue el pequeño Stephan, que se crió en Savona, a orillas del mar de Liguria, donde entre ola y ola descubrió que tenía un talento natural para el arte de hacer magia con la pelota en los pies.

En términos futbolísticos, el modesto equipo de su ciudad pronto se le empezó a quedar pequeño, más aún cuando llamó la atención de los ojeadores del Génova, que le ficharon para sus categorías inferiores. La precocidad siempre ha sido una compañera que ha llevado colgada del hombro y, si Tutankamón fue nombrado faraón con 10 años, cuando la máxima preocupación de un niño es que no haya acelgas para comer, El Shaarawy debutó en la máxima competición del fútbol italiano con 16, con más granos que cara pero más desparpajo que granos.

Y siguiendo la doctrina espartana, antes de ser reclutados para luchar en las Termópilas del Calcio, los niños tienen que hacerse hombres fajándose en las escaramuzas de divisiones menores, con rivales que no son Jerjes pero que igualmente salen al césped con la lanza y el escudo. Así, El Shaarawy cambió las costas genovesas para saltar por el cordón de la bota hasta el Adriático y asentarse en el Padua, una escuadra que, tras haber sido la casa de Nereo Rocco o Alex Del Piero, vagaba moribunda por la Serie C. Alessandro Callori, el míster del equipo paduano, no tardó en vislumbrar las cualidades que se adivinaban en el punta, y la decisión de colocarle en la banda izquierda a pesar de ser diestro no hizo sino potenciar todo aquello que estaba latente en él: velocidad, regate, explosividad, potencia y definición.

Con el ascenso del Padua, al que El Shaarawy contribuyó con una decena de goles, llegaría la rocambolesca —y, por otra parte, común en Italia— operación con la que pasó de jugar en campos en los que no todos los focos alumbran a atarse las botas todas las mañanas en la ciudad deportiva de Milanello.

Sin embargo, la reciente diáspora de talentos en la vanguardia rossoneri ha sido el punto de inflexión en la tierna carrera de “Il Faraone”. Cassano e Ibrahimovic ya visten otros colores, Inzhagi acaba de colgar las botas, y Pato y Robinho se han sacado un abono en la enfermería, por lo que a Massimiliano Allegri, un técnico poco asiduo a los arrebatos de valentía, no le ha quedado más remedio que darle galones a El Shaarawy. Y el candidato al Golden Boy, premio otorgado al mejor futbolista europeo con menos de 21 años, no solo ha cumplido, sino que se ha convertido en la mayor atracción milanesa gracias a su fútbol vertical y su capacidad de invención.

Decir que la vida de Tutankamón fue efímera probablemente es quedarse corto, puesto que murió con apenas 19 años a causa del mal de Köhler, una enfermedad del pie que corta el riego sanguíneo. Pese a todo, le dio tiempo a regir el destino de Egipto durante casi una década en la que instauró la paz social y el politeísmo. Más o menos el tiempo que le queda a El Shaarawy para reverdecer los laureles milanistas y ser la esperanza de la azzurra, con la que ya ha debutado, de cara a 2014. Que así sea por el bien del fútbol… Y por la pirámide de Silvio.

30/10/2012

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13 thoughts on “Tutankamón juega en San Siro

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