Diez años de soledad

MARIO BECEDAS | Muchos años después, frente al punto de penalti, Joaquín había de recordar aquella mañana remota, hora peninsular, en que Camacho le hizo tirar el cuarto lanzamiento. España era entonces una selección que ya apuntaba ramalazo de buen balompié con un cuarto de veteranos y mitad de jóvenes promesas que tardarían casi un lustro en salir del capullo. El fútbol en Corea era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre, y al robo de partidos lo llamaban gran victoria nacional en tan exóticos lares.

La analepsis por excelencia de la literatura universal, que nos quedó grabada por sindéresis en los corazones con la tinta del imperativo García Márquez, sirve de exordio para encuadrar la década más ominosa que prodigiosa vivida por el Bart Simpson de El Puerto de Santa María desde que fuera el 17 más letal que haya cabalgado por Heliópolis hasta su segunda adolescencia malacitana, en la que su rasgueo de guitarra se escucha más alto que el himno de la Champions.

Los diez años de soledad de Joaquín echaron a caminar un 22 de junio de 2002, con el 22 precisamente a la espalda. Aquella fecha se tornó tan negra como el siniestro atuendo del egipcio que dejó a Hierro sin ceceo, a Helguera cogiendo el testigo de El Empecinado como héroe nacional y a muchos con un nudo gordiano en la garganta como desayuno antes de ir a la piscina. El gaditano era ese jugador joven, rebelde y veloz; modelo ideal de la escuela balompédica andaluza. Fútbol de baldosín, de revoluciones y sístole, buscando siempre la cal y el recorte. Fue la filigrana del puñal diestro la que le había colocado en un Betis de Primera y la que le hizo entrar en la leva de José Antonio para el Mundial.

Esa misma temporada, en la que el Valencia había ganado la Liga por la mano tirando de Baraja, el pisha empezó a dibujar por toda la geografía española regates de ángulo recto y una eterna sonrisa que nunca abandonada al chiquillo rubio que corría al viento con los cordones por fuera del pantalón. Todo para catapultar a un Betis siempre voluble. Pronto llegaron las bengalas y los resultados. Después de arrodillar al gran Zidane y afianzarse en el mástil de la tabla, la tripulación de Juande Ramos encontró la barrica de ron de la mano del siempre dicharachero Benjamín y se embarcó a celebrar en modo pirata la noche de todos los Santos, aunque de éstos no hubiera ni gota. La aparición de Lopera, perdón, don Manuel, a las 4 de la mañana exclamando con su aire de torero demacrado por los siglos el “ni truco ni trato” tratando de desmontar tamaño muladar, pilló a Denílson defenestrándose y a Joaquín pensando en que la vida es guasa, y la guasa, guasa es. Hasta que en el siguiente equinoccio, donde el bien y el mal se besan, la lacerante zarpa de Woon-Jae nos dejó al tierno bético congelado y a solas para todo un decenio, con una carrera cortada de raíz por la patria. Cardeñosa se abatía de nuevo en todos nuestros televisores.

Ni las noches de calor, camiseta pegada y sonido de chicharras que acompañaron al excelso juego de Víctor Fernández pudieron devolver al recortador su gutural y continua carcajada. Su fotograma aplaudiendo ese gol de Varela que sigue despertando cada noche entre sudores a todo un campeón del Mundo como Puyol quizá sea la última reminiscencia del niño travieso verdiblanco que ya iba dejando de serlo. Aquella velada en la que el 7 y el 17 del Betis mojaron metiéndose en la cama de toda la historia defensiva del barcelonismo, desde Migueli hasta Frank De Boer pasando por Alexanco, superó en efusividad incluso a la Copa del Rey que los andaluces ganaron a Osasuna y a la clasificación para Champions de ese mágico 2005. Pero estos efluvios duraron lo que un amor de madrugada y el estilete derecho quiso salirse de los sevillanos cuadros de Murillo para probar el arroz y las aguas de la Malvarrosa. Antes de zarpar, Lopera el Grande volvió a ponerse contumaz y a parar las rotativas amenazando a Joaquín con una descacharrante cesión al Albacete por dejar de catar la dominical empanada del Villamarín. A pesar de que el jugador salió picando espuelas Mancha adentro para figurar, al punto se corrió hacia Levante aprovechando el barlovento y buscando naranjas sin navajas en la faja.

La aventura ché fue tan tenue como los atardeceres mediterráneos entre la genista de Serrat, y tras un mucho de acíbar y un poco de azúcar, la brújula del ya de todas todas anacoreta sin dicha volvía a apuntar al otro lado de Despeñaperros. En éstas se tejía la madeja cuando un día inesperado, como en la novela cumbre de Gabo, apareció Pellegrini, el anciano Melquíades, al que todos creían muerto por peste blanca, y con el cheque del jeque en mano rescató del fondo del mare nostrum al devaluado camarón de la eterna juventud. La profecía del nigromante chileno se mostró inversa a la del libro y la estirpe de Joaquín, condenada a diez años de soledad, ha tenido una segunda oportunidad sobre la Tierra. Fallando el penalti contra el Milan, al igual que cuatro días antes frente al Valladolid,  el diestro respiró tranquilo de nuevo porque sabía que iba a rematar la suerte sin necesidad de otro pelotón de fusilamiento. Gwangju y el abrazo de Hierro envolviéndolo eran un recuerdo lejano. Su gol postrero y decisivo delataban junto a su mueca risueña que el portuense ha vuelto con la intención de soñar una vez más y quién sabe si de recoger la guasa del fondo de la maleta. Europa sigue en standby, esperando ansiosa allí arriba. Será que para hacer bien el fútbol, hay que venir al sur.

Foto: Notifutbolweb

26/10/2012

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7 thoughts on “Diez años de soledad

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  6. Mario Becedas, la décima parte de la categoría de Gabo, con el pretexto del pisha.. No obstante, sigue siendo muchísima altura literaria, quizá propia del Planeta o de un Príncipe de Asturias de las Letras. ¡Enhorabuena!

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