Diez cebollitas y el Diego

JULIÁN CARPINTERO | En el napolitano estadio de San Paolo, repleto hasta la bandera, la escuadra celeste calienta antes de un partido de Copa de la UEFA cuando un barrilete que ya era cósmico, empieza a agitarse y a bailar, inquieto, al son del “Live is life”: pie izquierdo, muslo, cabeza, hombro, tacón y otra vez cabeza. Lo que el grupo austriaco Opus no sabía es que su canción se convertiría en la banda sonora de una escena que sería la analogía de la vida del Diego: el intento por volver a ser feliz junto a ella.

Y es que, en ese momento, el Diego estaba sufriendo un déjà vu. Se le vinieron a la cabeza la Tota, su madre, y el olor de Villa Fiorito, donde con sus amigos del barrio desafiaba al sol jugando en los potreros. Y también su padre, don Diego, que seguramente se habría levantado de madrugada para ir a trabajar a la fábrica y, seguramente también, le regañaría por haberse roto los zapatos de tanto darle a la pelota. Lo cierto es que eso él ya lo había vivido muchas veces, pero, como todas las cosas de la vida, la primera es especial y no se olvida.

El Diego mamó el fútbol de verdad, el que se aprende en la calle y se juega con un trapo hasta que no hay luz, por lo que sus primeras visitas a un estadio fueron como recogepelotas. La economía familiar no daba para caprichos y bastante tenía don Diego con dar de comer a una casa con más goteras que remiendos. Ese día se jugaba en el estadio de Vélez un Argentinos – Boca, los que serían, junto a la albiceleste, los dos equipos de su vida y, como el Diego ya formaba parte de las categorías inferiores de los franjirrojos, estaba de recogepelotas. En el descanso, José Emilio Trotta, don Yayo, le tiró un balón a ese chaval moreno y con el pelo ensortijado de 10 años, que se puso a hacer virguerías más propias de un malabarista del Circo Price. El Pelusita, como le llamaba su madre, se vio en el círculo central con más de 50.000 personas que no le quitaban los ojos de encima, cuando, de pronto, llegaron de vestuarios los dos equipos y el árbitro. El Diego, que ya no cabía de orgullo en su heredado pantalón de chándal, se echó a un lado; pero el público, siempre juez, emitió su sentencia: las gradas del José Amalfitani empezaron a gritar un sonoro “que se quede, que se quede”. Magia.

Del estadio de Liniers a la megafonía de San Paolo con el “Live is life” lo único que había cambiado era que a su lado ahora estaban Careca o Carnevale, porque él, igual que una década atrás, seguía siendo infinitamente mejor que el resto de sus compañeros incluso con las botas desatadas. También se tuvo que acordar de Francisco Gregorio Cornejo, don Francis, el fundador de los Cebollitas, ese equipo que fue capaz de ganar 136 partidos seguidos y en el que el Diego formaba delantera con sus amigos Goyo y Delgado. Sin embargo, los Cebollitas, que ya eran inmortales, no podían ser eternos, y cuando la generación del 60 cumplió 14 años pasó a la novena división del fútbol argentino, que, como siempre, se empeña en poner denominaciones que confundan a todo aquel que no tenga acento porteño.

Probablemente, esa melodía musical le llevara a recordar su apartamento de la calle Argerich en Villa del Parque, el piso que tuvo cuando dejó Fiorito, y donde también vivía la Claudia, como él la llama, la que ha sido siempre la mujer de su vida, y con la que se espiaba furtivamente a través de las cortinas del salón. La canción de Opus, no obstante, no le servía para susurrar a una dama como sí lo hacía el “Yo te propongo” de Roberto Carlos. Porque, paradojas del destino, tuvo que ser un brasileño quien le diera al Diego la asistencia del tanto de su vida.

Pero si hay una cosa que no podía olvidar por encima de todas las demás eran una fecha y once nombres. El 20 de octubre de 1976 Munutti, Roma, Pellerano, Gette, Minutti, Fren, Giacoberti, Di Donato, Jorge López, Carlos Álvarez y Ovelar formaron la alineación titular de Argentinos que saltó al campo de Talleres de Córdoba. A buen seguro que, mientras el público enloquecía viéndole con el balón pegado a la frente, el Diego podía volver a sentir el escalofrío que le recorrió la espalda cuando Juan Carlos Montes le dijo que entraba por Giacoberti y que jugara como él sabía.

En ese momento, el Diego volvió a todo eso. Era feliz sin acordarse del Mundial del 82, de Goikoetxea o de la dama blanca de misterioso sabor y prohibido placer que le cantaba el Potro Rodrigo. No le había dado tiempo a añorar a Boca ni de relamerse por haber ganado su particular Guerra de las Malvinas en México. Bochini había dejado de ser su ídolo y, recién llegadas al mundo, ya adoraba a Dalma y a Giannina.

Durante los cuatro minutos y cinco segundos que dura el “Live is life”, Maradona dejó de ser el genio del fútbol mundial que dijo Víctor Hugo Morales en su memorable narración para volver a ser el Diego, el chico de 10 años que jugaba en los Cebollitas y que dormía abrazado a su pelota. Sin mancharla jamás.

23/10/2012

26 thoughts on “Diez cebollitas y el Diego

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