A media luz

MARIO BECEDAS | Lezama, 3, 4, 8, segundo piso ascensor, no hay porteros ni vecinos, adentro fútbol y pasión… El ahogado chillido del acordeón que nos hace reflexionar sobre lo humano y lo divino mientras nos digieren cada mañana las tripas del metro suena con aire de melancolía más allá del Monte Banderas de Bilbao; por el momento, la última pared que sigue escalando sin dejar el ocho cortado el ‘Loco’ Marcelo Bielsa.

El argentino que vino con la frente marchita y las nieves del tiempo ya plateadas en su sien desembarcó en la forja vizcaína para demostrar que hondas horas de dolor marcaban su retorno al verde y que un buen rosarino también puede gritar un “¡Viva Chile, mierda!” que haga tambalear a toda una señora con peineta, a la postre la más guapa, si no la única, de toda Sudáfrica aquel verano del primer amor, ese al que siempre se vuelve, como cantó Gardel junto a su cigarro. Pero ha sucedido que en este caso, Marcelo no ha resultado ser como otros compatriotas que vinieron a la piel de toro a dar el pelotazo y se fueron escaldados por pelotudos.

Este maduro poeta que hace sentadillas fijas cada dos domingos en la banda de la Catedral ha compuesto con compás de 4/4 la melodía perfecta, agresiva pero melancólica cual tango, que ha convertido la habitual comparsa del fútbol trompetero en evocadora música de bandoneón. El recital del maestro se prolonga hasta la sala de prensa, donde, además de abrir la casquería a frentazos contra el micrófono, el ‘Loco’ nos ofrece unas comparecencias de tímpano regalado, ruedas de prensa de auténtico vinilo en un escenario donde se calza los tamangos que le hacen deslizarse como si nada por la milonga.

Y es así, haciendo gala de un estilo peculiar, entre histriónico y romántico, como Bielsa recogió a una camada de crías de adusto león vascongado y les puso de pie frente a la vida, esa vieja canalla, para enseñarles que con la mirada perdida detrás de los anteojos y las manos en los bolsillos se puede ver dentro de las personas y del balón. Bailando a solas con el fútbol, como a él le gusta, a media luz, siempre a media luz, sujetando con las palmas esa sensual cintura para dibujar una cunita redonda seguida de una sacada perfectamente ejecutada.

La gloria llegó y el brillo del Guggenheim cegó a media Europa más allá de Manchester. Hasta que sobrevino la tragedia y se perdieron las batallas finales contra los de siempre, el primo y el hermano, causando una consternación que hubiese hecho llorar al mismísimo don Manuel Azaña más que cuando le arrebataron a su niñita tricolor.

Sin embargo, este huracán repentino ha desatado la tormenta cuando los acordes se han separado del acordeón. Bielsa ha querido seguir su duro laburo haciendo entender a los cachorros que el devenir es pérfido y las venganzas nunca deben empezar en una carcajada. Las pequeñas criaturas de regio animal no han querido entender y grabaciones de por medio nos han recordado que hasta que a Mufasa no le reventó una estampida de ñúes, Simba no comprendió lo que significaba llevar la corona del Rey León.

Por el momento, el albiceleste pone la oreja en el suelo esperando a la manada que se lo lleve o no por delante confiando en su taumaturgia innata y sabiendo que sigue siendo una de esas pocas personas cabales que no follan, sino que hacen el amor. Su enemigo ahora es esa anomia desbocada que se ha apoderado del vestuario del Athletic y que hubiese hecho caer de la silla al propio Durkheim cálamo en mano. El mejor exponente lo tenemos con ese delantero de raza, el efebo de áureos bucles, Llorente, que, como el joven Tadzio de ‘Muerte en Venecia’, se rebela aristocráticamente contra todo sin enterarse.

Quién sabe si el final de la partitura nos retratará a un Bielsa taciturno en la cubierta de la gabarra mientras ésta abandona la ría de Nervión en un invernal atardecer a media luz, siempre a media luz, y el genio parece hablar entrecortado con las tenues olas intentando parafrasear en lo posible a su antepasado don Quijote en el lecho de muerte: “porque viví loco y muero cuerdo.”

Foto: WordPress

19/10/2012

14 thoughts on “A media luz

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