El grupo de la muerte

ÁLVARO MÉNDEZ | Bélgica, Croacia, Serbia, Gales, Escocia y Macedonia comparten grupo de clasificación en busca de un billete directo hacia el Mundial de Brasil 2014. Sólo el mejor combinado volará seguro en primera clase, mientras que el segundo se verá forzado a viajar con Ryanair y no aterrizará en el país de la samba salvo mediación divina.

A simple vista, no parecen existir razones objetivas que puedan relacionar la trayectoria futbolística de cada uno de estos combinados con el titular del artículo que nos ocupa. Entre las seis selecciones apenas coleccionan dos terceros puestos y un subcampeonato entre Eurocopas y Mundiales, méritos que pertenecen al siglo pasado. ¿Por qué hablamos, entonces, de “grupo de la muerte”?

Por la historia reciente de tres de los protagonistas: Serbia, Croacia y Macedonia. La guerra de los Balcanes constituyó el último gran conflicto bélico de la Europa que conocemos. La desintegración en 1991 de Yugoslavia, impotente y huérfana tras la dramática desaparición de la URSS, supuso el triunfo de las fuerzas secesionistas que buscaban dotar de una identidad nacional a cada uno de los pueblos que hasta entonces vivían bajo el manto del poderoso imperio eslavo. Sin embargo, la independencia de las repúblicas yugoslavas —Eslovenia, Croacia, Bosnia Herzegovina, Serbia, Montenegro y Macedonia— poco tuvo de parecido con el amistoso divorcio de terciopelo que se vivió en la vecina Checoslovaquia.

Desde 1991 hasta 2001, los Balcanes se convirtieron en una carnicería en pleno corazón de Europa. Serbia consideró como una agresión las aspiraciones nacionalistas de las diferentes pueblos de la región y los conflictos armados brotaron de la nada. Cerca de medio millón de personas perdieron la vida en un sinfín de batallas que generaron además un drama humano colateral de cuatro millones de refugiados.

Durante años las hostilidades políticas, militares y sociales se repitieron sin solución. Croatas contra serbios, bosnios contra croatas, serbios contra bosnios, serbios contra kosovares… una maraña de enemistades que no cesó hasta la intervención de fuerzas internacionales de pacificación y la mediación de diversos organismos e instituciones como la Unión Europea y las Naciones Unidas.

Los contactos y acercamientos entre los nuevos países que surgieron de entre los escombros del conflicto encontraron su personificación no en los despachos ni en las trincheras, sino en el terreno de juego. El mejor ejemplo de la reconciliación balcánica lo encontramos en dos figuras que compartieron vestuario, deseos, hambre y demarcación. El croata Davor Suker y el montenegrino Pedrag Mijatovic.

El mago de Osijek y Pedja fueron, por separado, las estrellas de dos equipos, Sevilla y Valencia, que, en la primera mitad de la década de los 90, todavía estaban labrando su candidatura a alternativa de los todopoderosos Real Madrid y Barcelona. Pero cuando ambos llegaron al Santiago Bernabéu su compenetración en la punta de ataque merengue resultó decisiva. Paradójicamente, mientras sus camaradas dejaban fluir sus odios en las cunetas de las carreteras balcánicas, Suker y Mijatovic formaron una dupla de ensueño que devolvió el prestigio al club de Chamartín en el Viejo Continente con la consecución de la ansiada Séptima.

Un imperio político se disolvía. Uno deportivo se forjaba. Desafortunadamente, todo ello con ex yugoslavos como protagonistas de dos películas con desenlaces radicalmente opuestos.

18/10/2012

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10 thoughts on “El grupo de la muerte

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  9. Cierto, los hinchas radicales croatas exhiben propaganda fascista y xenófoba, en tanto que los hoolingans serbios son ultranacionalistas y herederos del comunismo yugoslavo. Hasta ahora el fútbol no los ha conseguido domesticar, porque hay todavía antiguos paramilitares en sus filas.

  10. Desgraciadamente parte de los odios siguen vivos; todavía tenemos cascos azules de los nuestros en Mostar, aunque el puente se haya reparado,… ¡Quizá Davor y Pedrag nos enseñen el verdadero camino de que unidos conseguiremos mucho más!

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