David K.

MARIO BECEDAS | Con el eco ya sordo del último Clásico es fácil que se hayan perdido, entre cerveza y cerveza en los anales de cada tertulia de bar, así como en cada corrillo de oficina o en cada página de rotativo, las sombras que en este caso escondieron los grandes focos que iluminaron desde La Plata o desde Funchal a 400 millones de almas. Pero no ha sido así, porque en todos los mentideros posteriores al evento se ha departido sobre una de las bombillas de ese escenario de Broadway, con poca incandescencia ahora y no barata en su día, a la que se le terminó de romper el filamento. Y no por el estruendo de la ofídica senyera, sino porque los claroscuros del deporte rey son caprichosos, y lo que un día brilló más que la blanquísima dentición de Artur Mas en el palco, otras jornadas se queda como la zamarra de los trencillas, o como su habitual actuación, instalada en la negrura sotanesca del vodevil de cada semana.

Es suponible saber cuántas retinas se fijaron en la desaparición de la esparterista perilla del Barça sobre el tapiz. Peregrino es que en la pradera rectangular pase algo que no esté premeditado o que no se suponga de antemano, exceptuando el golazo de turno que se clava el jugador menos técnico de la plantilla, esa necesaria prolongación del muñeco de futbolín que se cuela entre los profesionales. Por eso, la ausencia de David Villa sobre el tapete fue, por desgracia, y no sólo para él, un mensaje demasiado revelador. Esa dichosa verdad que todo el mundo ve, pero que uno mismo se resiste a creer. Como si el Guaje expirase un lastimero “todavía me quiere” en pos de la dama ligerísima de cascos que es la pelota. Es posible que nuestro campeón, con un puñado de gomina en cada mano, se siga arrastrando detrás de esa diva insolente que busca el músculo más joven para aferrarse a ella una última vez y conseguir no desprenderse de su estrategia perfecta, la de la fortuna, esa anciana a la que  Galdós tachó inefablemente de vil prostituta.

No aconsejan los psicólogos enquistarse en la autocompasión o el victimismo. “La suerte está con los campeones”, ha clamado siempre el pueblo soberano. Hasta que la crisis nos ha hecho hincar la rótula y agachar la cerviz. Y es que sin ventura enseguida le pelan a uno la corambre. Puede ser el caso del siete astur. Que Tito Vilanova no le concediese los minutos del honor en el Clásico deja patente que el acaso ya no acompaña al delantero. Seguramente el futbolista se crea preso de un horrible sortilegio del que no se puede sacudir por muchas patadas que dé al aire.

Es, por tanto, suculenta la tentación de trazar un oportunista paralelismo para enlazar la tragedia griega del asturiano con la del santo Job. No obstante, echaremos el freno, y a pesar de que ya quisiera el estafermo bíblico la providencia de Villa para sí, es más consecuente extrapolar la baraka del malogrado ariete a otro personaje con un sufrimiento menos intenso, pero más latente y oscuro, verbigracia Joseph K. El atribulado héroe de Kafka, ciudadano modélico y puntual, se ve envuelto en un litigio judicial digno de la España de Fernando VII del que no tiene salida en el fundamental papel que es “El Proceso”. Ninguna actuación suya es reprobable, ninguna culpa emana de él, pero sin embargo, la fatalidad le persigue sin que ésta se levante la falda y enseñe el final del camino. Esos lúgubres pasillos de burocracia son los que atraviesa el hombre que se pateó medio Sudáfrica para ponernos una estrella encima del corazón; o quizá, mejor, un corazón debajo de la estrella.

Desde las atalayas antagónicas se ha querido hacer un estilete causa-efecto digno de Hegel para explicar el Pecado no tan original del ex puntal de Mareo. El gol que le metiste al Zaragoza con el Sporting, el que clavaste al Valencia con el Zaragoza, la humillación a Valdés con los cuartos traseros cuando jugabas con los chés y finalmente el quitarte la bandera de España de los tacos. Todo ese condumio ha generado una masa compacta y agria que se ha instalado como una borrasca sobre la mejor flecha que ha tenido España en la última década. Muchos vudús rivales han conseguido que el granizo de tamaña nube le haya partido una pierna, le haya quitado la titularidad contra un chileno muy cachas o, directamente, le haya hecho ser el fámulo del pequeño argentino indomable.

Fuera de tanta metralla, David K. tiene que seguir siendo firme en su proceso porque no puede recurrir a una instancia superior a pesar de ser español. Ni Garzón podría arrastrar semejante causa. Al Sísifo de Tuilla le toca continuar la agotadora subida piedra en ristre a la penúltima colina y pensar que su gol apurando el descuento en Nervión demuestra que muchas guerras, las mejores, que son las más crueles, las perdieron los que tenían razón.

En consecuencia, ahora David K. sólo puede confiar en el único abogado del Diablo que le queda. Ese magnánimo senador romano que ha terminado de levantar un Imperio desde la humildad, pero que tiene estómago para ir al coliseo a ver cómo los leones devoran a todo el que roza un esférico, Vicente Del Bosque. El seleccionador nacional dará otra vez la oportunidad a Villa de recrearse en su propia Bailén y derrotar al francés cambiando la Historia one more time, como en anteriores años pares acaeció.

Ganar esta batalla puede darle la llave para obtener la victoria, que laureles ya le sobran, en esta guerra de la Independencia. Independencia de su cabrona bambarria. De momento, David K., nuestro delantero estrella, tendrá que tragarse todo el Danacol que pueda y coger las defensas suficientes para apostar en este juego de ruleta que es el fútbol todo al rojo, o mejor dicho, a la Roja.

Foto: Sportyou

12/10/2012

16 thoughts on “David K.

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