El oro de San Petersburgo

ÁLVARO MÉNDEZ | Si hubo un equipo capaz de sorprender a media Europa en el pasado mercado de fichajes, ése fue el Zenit de San Petersburgo. Tras un verano marcado por la austeridad, tanto en la economía como en el fútbol continentales, el club de la ciudad de los zares demostró ser la única entidad, junto al PSG de Al Thani y el Chelsea de Abramovich, capaz de tirar de billetera para sobrepasar la nada desdeñable suma de 100 millones de euros en nuevas adquisiciones.

El increíble Hulk y Axel Witsel cambiaron las soleadas costas portuenses y lisboetas por la desembocadura del gélido Neva con un objetivo elemental: poner el broche de oro a un conjunto que, por plantilla, debería aspirar a todo. Y es que, en el último lustro, a la directiva meshki no le ha temblado el pulso en lo que al áurico elemento se refiere. Sin embargo, a diferencia de los grandes equipos europeos, la solidez económica del club nada tiene que ver con su trayectoria histórica.

Durante la etapa soviética, el Zenit –entonces de Leningrado– jamás estuvo a la altura de los hegemónicos clubes de la capital moscovita como el Spartak o el Lokomotiv ni, por supuesto, del Dinamo de Kiev del mítico Valery Lobanobski. Solo la consecución del campeonato liguero de 1984 bordó una estrella en su modesto currículum vitae. La desintegración de la URSS y la posterior crisis económica y social contagiaron el rumbo de un Zenit que vio impotente cómo perdía la categoría al tiempo que el imperio soviético se derrumbaba como un castillo de naipes.

No fue hasta finales de la década de los 90 cuando el club petersburgués, ya de vuelta en la Premier League Rusa, consiguió una mínima estabilidad. Con los ilustres Byshovets y Davydov en el banquillo, el Zenit estrenó el nuevo siglo instalado en la zona noble de la clasificación y con su primera Copa de Rusia en sus vitrinas.

2005 supuso un punto de inflexión para las arcas del club. El gigante energético ruso Gazprom, patrocinador y propietario de parte de las acciones del Zenit, se hizo con el control total de la entidad. Hablar de Gazprom es hablar de la mayor productora de gas natural del mundo. Controla el 18% de las reservas del planeta y factura cerca de 60 mil millones de dólares al año. Pero hay más. Como empresa estatal, supone un instrumento más de la política exterior rusa que el Kremlin utiliza para mantener su posición oligopolística en materia de hidrocarburos, especialmente respecto a Europa.

Por mucho que el presidente de la Federación Rusa, Vladimir Putin, haya intentado en los últimos días negar que la compra de Hulk y Witsel se haya producido con dinero público, lo cierto es que la relación Gazprom-Gobierno es tan estrecha como evidente. Viktor Zubkov, actual presidente de la compañía, es a la vez viceprimer ministro. Casualmente sustituyó a Medvedev al frente de Gazprom cuando éste llego al Kremlin.

Por lo tanto, la fortaleza económica del Zenit de San Petersburgo reside en el mullido colchón de rublos que le ofrece Gazprom, un poderoso guardaespaldas que, a la vez, asegura la supremacía de Rusia como potencia energética mundial. Así se entiende la facilidad con la que, desde 2005, el club ha sido capaz de reclutar en su ejército a nombres como Dick Advocaat, Luciano Spalletti, Bruno Alves, Aleksandr Kerzhakov o Domenico Criscito, a los que hay que añadir el del astro brasileño y la joven promesa belga.

En total, una inversión de 350 millones de euros en siete años que ha dado sus frutos y que ha convertido al Zenit en el nuevo zar que gobierna los terrenos de juego rusos con mano de hierro. Tres títulos de Liga, dos copas de Rusia, una Supercopa Rusa, una UEFA y una Supercopa de Europa configuran un palmarés que, ahora sí, nada tiene que envidiar al de los dictatoriales Spartak y Lokomotiv de la era soviética. Y para más regocijo, un nuevo palacio. El nuevo jardín de Peterhof, el imperial Gazprom Arena, culminará un proyecto bañado en oro ruso para disfrute de la corte celeste.

El Zenit quiere pasearse por sus dominios como Pedro I el Grande por la Europa del siglo XVIII. Si la indisciplina no se adueña del vestuario petersburgués, su glorioso presente no tiene por qué verse amenazado. Puede que el dinero no ayude a dar la felicidad, pero en el mundo del fútbol casi asegura ilusión y títulos.

4/10/2012

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