Founding in translation

JULIÁN CARPINTERO | La llegada de Brendan Rodgers al banquillo del Liverpool el pasado 1 de junio supuso el último peldaño de la escalera que desde la zona noble de Anfield se han propuesto subir para modernizar a uno de los clubes más laureados del Viejo Continente. Sin embargo, la transición no está siendo fácil para una afición que, si bien no desdeña la propuesta futbolística del nuevo técnico, siente que está vendiendo su alma al diablo cuando le tocan la camiseta y el estadio.

Existen pocos clubes en el mundo cuya comunión con sus seguidores vaya más allá de la mística. El Liverpool es uno de ellos. A lo largo de su centenaria historia ha ido desarrollando una idiosincrasia que sus aficionados han interiorizado poco a poco, consiguiendo que estos paradigmas traspasen las generaciones. Paisley, Keegan, The Kop, Carragher, Souness, Estambul. Los viejos recuerdan y los jóvenes aprenden. Precisamente uno de los mayores mitos reds, Kenny Dalglish, fue el penúltimo capitán de este navío, otrora imperial, que lleva años navegando a la zozobra por el Mersey.

Mayo de 2012. Una temporada más, el Liverpool no solo no se alza campeón de la Premier League, sino que ni ha estado en condiciones de pelearla ni ha entrado en puestos de Champions. Su dueño, el yanki Tom Werner, encandilado por los malabares que un norirlandés había llevado a cabo con el modesto Swansea, optó por darle el timón a Rodgers, en quien creyó ver una versión contemporánea de Bill Shankly.

De un plumazo, el Liverpool refinaba su paladar eligiendo la canela y el azúcar en vez de la pimienta y la sal, una elección de gourmet siempre que se tengan los ingredientes para llevar a cabo la receta. Anfield podía despedirse del áspero get it forward para volver al passing game que revolucionó las islas en los 60.

Durante el verano, Maxi Rodríguez, Dirk Kuyt y Craig Bellamy, todo corazón, impetuosos y apasionados amantes, aunque toscos y desconsiderados con su  redonda enamorada, hacían las maletas para dejar paso a Joe Allen, Nuri Sahin y Fabio Borini, finos estilistas, caballeros delicados que en vez de empotrarla la acarician. De momento el romance parece tambalearse. No obstante, como en todas las relaciones, primero hay que conocerse…

Sin embargo, el acostumbrarse a ver el balón por el césped y no volando de un área a otra no es el motivo de los desvelos de los devotos aficionados del Liverpool. El miedo a la despersonalización persigue a los más reflexivos, que temen que las nuevas generaciones crezcan con la idea de que su equipo siempre vistió esta –horrenda- camiseta rojo pasión, manchada por las libras de un vil banco y con un escudo vintage que no es más que un vano intento por satisfacer a los más nostálgicos. ¿Dónde quedaron las sencillas zamarras que diseñaban al alimón Candy, primero, y Carlsberg, después, con Adidas? Como tantos otros recuerdos, se los llevó la crisis.

Pero es que todavía existe un elemento emocional que turba a los hinchas del Liverpool del mismo modo que un foco de luz a un anciano que lleva años dentro de la caverna de Platón: la marcha de Anfield. No hay nada más duro que dejar tu casa, en la que has gritado, sufrido, reído y llorado; a fin de cuentas, donde has vivido. Y aunque hace ya una década que se aprobó el proyecto de construir un nuevo estadio para el conjunto red cada día que pasa a sus seguidores se les hace más difícil imaginarse a su equipo en otro campo. Sin importarles que vaya a ser más grande, que estará apenas a 300 metros y que se intentará mantener el espíritu del actual. “This isn’t Anfield”, para empezar porque, no se sabe cuando, se llamará Estadio Stanley Park.

Pero los niños de Liverpool también tienen motivos para sentirse orgullosos. A pesar de que sólo 10 días atrás su equipo perdió en casa el derbi por antonomasia del fútbol inglés, sus padres y abuelos podrán contarles que el Primer Ministro David Cameron tuvo el valor de reabrir el caso de Hillsborough, que los 96 fallecidos que llevaban 23 años reclamando justicia fueron declarados inocentes y que Anfield les brindó uno de los homenajes más sobrecogedores que se recuerdan en el mundo del fútbol, precisamente ante el Manchester United. Podrán pensar que han visto sobre el césped a un Quijote llamado Gerrard y que, si trabajan duro y tienen confianza, acabarán llegando al primer equipo, igual que Rasheem Sterling.

Y lo más importante, aprenderán que, gane o pierda, en su casa o fuera de ella, el Liverpool nunca camina solo.

2/10/2012

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